Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

31

La mujer del medallón

Marla no podía respirar.

La mujer seguía de pie en la entrada de la capilla.

No avanzaba.

No decía nada.

Solo la observaba.

Como si tuviera miedo de acercarse demasiado.

Marla apretó el medallón contra su pecho.

—¿Quién eres?

La mujer cerró los ojos durante unos segundos.

Cuando volvió a abrirlos, las lágrimas recorrían sus mejillas.

—Me llamo Elena.

Marla sintió un extraño estremecimiento.

—¿Eres... mi madre?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Elena dio un pequeño paso hacia ella.

—Sí.

Una sola palabra.

Pero para Marla fue como si el mundo entero se hubiera detenido.

Veintidós años.

Veintidós años creyendo que la mujer que le había dado la vida había desaparecido para siempre.

Y ahora estaba frente a ella.

Viva.

—No... —susurró Marla.

Retrocedió un paso.

—No puede ser.

Elena se llevó una mano a la boca para contener el llanto.

—Sé que tienes muchas preguntas.

—¿Por qué me dejaste?

La voz de Marla se quebró.

—¿Por qué nunca regresaste?

Elena comenzó a llorar.

—Porque si regresaba, te encontraban.

—¿Quiénes?

La mujer miró hacia Adrián.

Su expresión cambió.

Por primera vez pareció asustada.

—Ellos.

Adrián frunció el ceño.

—¿Quiénes son ellos?

Elena negó con la cabeza.

—No aquí.

Sor Helena se acercó lentamente.

—Elena, ya no puedes seguir huyendo.

—Lo sé.

La mujer sacó de su bolso una fotografía antigua.

Se la entregó a Marla.

Era una imagen de ella siendo apenas una bebé.

Pero había algo diferente.

En el fondo aparecía un hombre.

Marla reconoció inmediatamente el rostro.

—Leonardo...

Elena asintió.

—Él me ayudó a salvarte.

Marla levantó la mirada.

—Entonces... ¿Leonardo no era mi enemigo?

—Nunca lo fue.

Adrián permaneció en silencio.

Todas las piezas comenzaban a encajar.

Leonardo había protegido a Elena.

Eduardo había intentado proteger a Adrián.

Y Marla había sido escondida para mantenerla con vida.

Pero todavía faltaba una pieza.

—¿Quién quería hacerme daño? —preguntó Marla.

Elena respiró profundamente.

—La persona que comenzó todo esto...

Es alguien que conoces.

Adrián dio un paso hacia ella.

—¿Quién?

Elena miró directamente a sus ojos.

—Tu familia, Adrián.

Él quedó completamente inmóvil.

—¿Mi familia?

Elena asintió.

—Tu padre no fue el responsable.

Pero alguien de tu familia sí lo fue.

Marla sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Quién?

Elena abrió la boca para responder.

Pero antes de pronunciar el nombre, un ruido ensordecedor sacudió el monasterio.

Las ventanas estallaron.

Sor Helena gritó.

Adrián empujó a Marla al suelo para protegerla.

Y cuando levantaron la mirada...

Elena había desaparecido.

Solo quedaba su medallón sobre las piedras.




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