El hombre que debía estar muerto
—¿Tu tío? —preguntó Marla.
Adrián seguía mirando la fotografía.
No podía apartar los ojos de aquel rostro.
—Se llamaba Alejandro Valverde.
Samuel tomó la imagen.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Adrián señaló la esquina inferior.
—Recuerdo haber visto fotografías suyas cuando era niño. Mi padre hablaba de él como si hubiera sido la vergüenza de la familia.
Marla frunció el ceño.
—Pero acabas de decir que murió.
Adrián asintió.
—Eso fue lo que me dijeron.
Samuel examinó la fotografía con atención.
—Aquí aparece junto a Elena y los bebés el mismo día en que ustedes nacieron.
Marla sintió un escalofrío.
—Entonces estaba allí.
—Sí —respondió Adrián—. Y si murió ese mismo día...
Se detuvo.
—Alguien tuvo que falsificar algo.
Regresaron a la mansión Valverde esa misma noche.
Adrián sabía que había un lugar donde su padre guardaba documentos antiguos.
Un despacho al que nadie podía entrar sin permiso.
Forzó el viejo cajón del escritorio.
Dentro encontró varias carpetas.
Una de ellas llevaba escrito:
ALEJANDRO VALVERDE — CONFIDENCIAL
Adrián la abrió.
El primer documento era un certificado de defunción.
Fecha de fallecimiento: 17 de octubre de 2004.
Marla sintió que el corazón se le aceleraba.
—La misma fecha...
Samuel continuó leyendo.
—Pero mira la hora.
Adrián acercó el documento a la luz.
23:45.
Samuel levantó la cabeza.
—Los registros del hospital indican que tú y Marla nacieron antes de las ocho de la mañana.
—Entonces Alejandro estaba vivo durante todo ese día —dijo Adrián.
Marla sintió un escalofrío.
—¿Y después murió?
Samuel negó.
—Eso dice el documento.
Pero alguien pudo haber utilizado su identidad.
Adrián pasó la página.
Había una fotografía del supuesto accidente que había provocado la muerte de Alejandro.
Un automóvil completamente destruido.
Pero la fotografía era demasiado antigua para distinguir el rostro de la víctima.
—No hay cuerpo identificado —dijo Samuel.
Adrián sintió que una terrible posibilidad comenzaba a tomar forma.
—Entonces mi tío pudo haber sobrevivido.
Marla miró la fotografía de nuevo.
El hombre que aparecía junto a su madre.
El mismo hombre que supuestamente había muerto.
Todo estaba conectado.
De repente, un ruido proveniente del pasillo los hizo callar.
Alguien estaba caminando por la casa.
Adrián apagó la luz.
Los pasos se acercaron.
Uno.
Dos.
Tres.
La puerta del despacho comenzó a abrirse.
Samuel preparó su arma.
Marla contuvo la respiración.
La puerta se abrió por completo.
Pero no había nadie.
Solo una pequeña grabadora sobre el suelo.
Adrián se acercó.
La encendió.
La voz de su padre llenó la habitación.
—Si han encontrado el expediente de Alejandro...
Significa que ya saben demasiado.
Marla sintió que se le erizaba la piel.
Eduardo continuó:
—No confíen en la historia de su muerte.
Alejandro no murió aquella noche.
Yo mismo lo ayudé a desaparecer.
Adrián quedó paralizado.
—¿Por qué? —susurró.
La grabación continuó.
—Lo hice porque él era el único que podía proteger a los niños.
Pero cometí un error.
Confié en la persona equivocada.
La grabación terminó.
Silencio.
Marla miró a Samuel.
—¿Quién era esa persona?
Antes de que alguien pudiera responder, el teléfono de Adrián vibró.
Un mensaje.
"Ahora ya saben que estoy vivo."
Debajo había una fotografía reciente.
Un hombre mayor estaba sentado frente a una ventana.
Su cabello había encanecido.
Pero su rostro era inconfundible.
Alejandro Valverde.
Marla sintió que la sangre se le helaba.
Y entonces llegó otro mensaje.
"Si quieren recuperar a Elena, vengan solos."
Continuará...