Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

38

Una elección imposible

El mensaje permanecía en la pantalla.

«Si quieren recuperar a Elena, vengan solos.»

Marla sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

—No podemos ir.

Adrián la miró.

—Tenemos que hacerlo.

—¡Es exactamente lo que quiere! —respondió ella—. Nos está llevando directamente a una trampa.

Samuel intervino:

—Tiene razón.

Si Alejandro realmente tiene a Elena, probablemente espera que cometamos algún error.

Adrián guardó silencio.

Después miró a Marla.

—Pero si no vamos, no sabremos dónde está.

—Y si vamos, podemos perderla para siempre.

Las palabras de Marla quedaron suspendidas en el aire.

Nadie tenía una respuesta.

Dos horas después, Adrián tomó una decisión.

—Voy solo.

Marla negó inmediatamente.

—No.

—Es lo que pidió.

—Y no pienso permitirlo.

Adrián se acercó.

—Marla, esto ya es demasiado peligroso.

—¿Y tú crees que voy a quedarme sentada mientras vas a encontrarte con el hombre que ha estado manipulando nuestras vidas?

—Precisamente porque me importas, no quiero que estés allí.

Marla se quedó callada.

Aquellas palabras dolieron más de lo que esperaba.

—¿Te importo?

Adrián sostuvo su mirada.

Durante unos segundos pareció buscar las palabras correctas.

—Más de lo que debería.

Marla sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Adrián...

Él tomó su mano.

—Lo que comenzó como un acuerdo dejó de serlo hace mucho tiempo.

No sé exactamente cuándo ocurrió.

Solo sé que ahora no puedo imaginar mi vida sin ti.

Marla sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Entonces no vayas solo.

Adrián sonrió débilmente.

—Sabía que dirías eso.

Al final decidieron seguir las instrucciones de Alejandro.

Pero no completamente.

Samuel preparó un dispositivo de rastreo y lo escondió dentro del vehículo.

Si algo salía mal, podrían localizarlo.

La dirección los llevó hasta una antigua fábrica abandonada a las afueras de la ciudad.

El lugar estaba completamente oscuro.

Adrián bajó primero.

Marla lo siguió.

Samuel permaneció cerca, aunque fuera de la vista.

—¿Alejandro? —llamó Adrián.

Nadie respondió.

Una luz se encendió al fondo.

Una silla apareció bajo ella.

Y sobre la silla...

Había una fotografía.

Marla se acercó.

Era una imagen de ella y Samuel cuando eran bebés.

Pero esta vez había algo escrito en la parte inferior.

«Uno de ustedes debía morir.»

Marla sintió un escalofrío.

—Adrián...

Una voz masculina salió de los altavoces.

—Finalmente llegaron.

Las puertas de la fábrica se cerraron de golpe.

Marla se giró.

—¡Estamos encerrados!

Adrián intentó abrirlas.

No se movieron.

La voz volvió a escucharse.

—Durante veintidós años todos creyeron que el secreto era la identidad de Marla.

Una pausa.

—Pero se equivocaron.

Las luces se encendieron una por una.

Al fondo de la fábrica apareció un hombre.

Alejandro Valverde.

Estaba vivo.

Y sonreía.

—El verdadero secreto...

es cuál de los dos hermanos estaba destinado a desaparecer.

Marla miró a Samuel.

Y en ese instante, una pantalla gigante se encendió detrás de Alejandro.

En ella apareció una fotografía de Elena.

Después otra.

Y otra.

Hasta que apareció una última imagen.

Una fotografía que ninguno de ellos había visto jamás.

Elena sosteniendo a los gemelos... mientras Eduardo Valverde firmaba un documento.

Marla se acercó a la pantalla.

—¿Qué firmó?

Alejandro sonrió.

—Su sentencia.

Continuará...




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