El nombre que no debía pronunciarse
—¡ENTREGUEN A LUCÍA MONTENEGRO!
La voz atravesó la casa.
Marla sintió que el cuerpo se le paralizaba.
Nunca había escuchado su verdadero nombre pronunciado de aquella manera.
No sonaba como un nombre.
Sonaba como una sentencia.
Adrián se colocó delante de ella.
—Nadie va a entregarla.
Héctor lo miró con seriedad.
—Entonces prepárate para lo que viene.
Otro golpe sacudió la puerta.
Daniel tomó a Elena del brazo.
—Tenemos que salir por atrás.
—No —respondió Marla.
Todos la miraron.
—Estoy cansada de escapar.
Se limpió las lágrimas.
—Toda mi vida alguien decidió por mí. Me cambiaron el nombre, me separaron de mi hermano y me hicieron creer que mi madre me había abandonado.
Miró el documento de su abuelo.
—Ya no voy a esconderme.
Adrián se acercó.
—No tienes que enfrentarlos sola.
Marla sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Y por primera vez, sonrió.
—Porque ahora tengo una familia que está dispuesta a quedarse.
Samuel se colocó junto a ella.
—¿Eso incluye al hermano que acabas de descubrir?
Marla lo miró.
—Especialmente a él.
Samuel sonrió.
Durante unos segundos, todo pareció detenerse.
Pero entonces Héctor habló.
—Hay algo que todavía no saben.
Sacó otro documento.
—El testamento de tu abuelo tenía una condición.
Marla frunció el ceño.
—¿Cuál?
Héctor señaló una línea.
—Para recibir la herencia, Lucía Montenegro debe demostrar públicamente que sigue viva.
Marla sintió un escalofrío.
—¿Públicamente?
—Sí.
—Entonces tendrán que reconocerme.
Héctor negó.
—Ese es el problema.
La persona que falsificó tu muerte todavía controla los documentos legales de la familia Montenegro.
Y si anuncias que estás viva...
Te convertirás en su mayor amenaza.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación.
De repente, el teléfono de Marla vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Abrió la conversación.
Solo había una fotografía.
Era una imagen de su infancia.
Marla apareció sentada junto a una mujer que no reconocía.
Pero detrás de ellas había un hombre.
Su rostro estaba parcialmente oculto.
Debajo de la fotografía había una frase:
«Pregúntale a tu madre quién es el hombre de la fotografía.»
Marla levantó lentamente la mirada hacia Elena.
—Mamá...
Elena observó la imagen.
Su rostro perdió completamente el color.
—No...
—¿Lo conoces?
Elena comenzó a temblar.
—Sí.
Marla sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién es?
Elena cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, una lágrima recorrió su mejilla.
—Es el hombre que creí que había muerto la noche en que naciste.
Adrián miró la fotografía.
—¿Alejandro?
Elena negó.
—No.
Marla sintió que el mundo se detenía.
—Entonces... ¿quién?
Elena levantó la mirada.
—Tu abuelo.
Marla se quedó sin palabras.
Porque el hombre que figuraba como muerto antes de que ella pudiera siquiera recordarlo...
podía seguir vivo.
Continuará...