Entre la vida y la muerte
La fotografía temblaba entre los dedos de Marla.
—Mi abuelo... —susurró.
Elena no respondió.
Su rostro había perdido todo el color.
—¿Dónde está? —preguntó Marla.
—No lo sé.
—Mamá, necesito la verdad.
Elena cerró los ojos.
—Yo también creí que estaba muerto.
Un estruendo sacudió la casa.
Todos se sobresaltaron.
La puerta principal comenzó a ceder.
—¡Tenemos que salir! —gritó Samuel.
Héctor desenfundó su arma.
—Por la parte trasera.
Adrián tomó a Marla de la mano.
—No te separes de mí.
—No pienso hacerlo.
Corrieron por el pasillo.
Otro golpe.
La puerta se abrió parcialmente.
Varios hombres entraron en la casa.
Los disparos comenzaron casi inmediatamente.
El sonido fue ensordecedor.
—¡Al suelo! —gritó Adrián.
Marla cayó junto a él mientras los cristales de una ventana explotaban sobre sus cabezas.
Samuel respondió desde el otro extremo del salón.
Héctor cubrió la retirada de Elena y Daniel.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Gritos.
Pasos.
Disparos.
Cristales rotos.
Y sangre.
Una mancha roja comenzó a extenderse por el suelo.
Marla no supo de quién era.
—¡Adrián!
Él seguía a su lado.
—Estoy bien.
Pero entonces otro disparo atravesó la pared.
Una bala alcanzó el brazo de Samuel.
—¡Samuel! —gritó Marla.
Él cayó de rodillas.
La sangre comenzó a empapar su camisa.
—No es nada —dijo entre dientes.
—¡Estás sangrando!
—¡Marla, corre!
Ella quiso ayudarlo.
Adrián la tomó por la cintura.
—Samuel puede moverse.
Tenemos que salir.
—¡Pero es mi hermano!
—Y precisamente por eso él quiere que vivas.
La frase la hizo reaccionar.
Siguieron corriendo.
Llegaron al patio trasero.
La lluvia había comenzado a caer con fuerza.
Por un momento pareció que habían conseguido escapar.
Entonces un vehículo apareció al final de la calle.
Los faros iluminaron el patio.
Héctor gritó:
—¡Agáchense!
Una ráfaga de disparos atravesó la oscuridad.
Daniel cayó al suelo.
—¡Papá! —gritó Marla.
Elena corrió hacia él.
—¡Daniel!
Había sangre sobre su camisa.
—Estoy bien —murmuró él.
Pero la herida era profunda.
Héctor abrió la puerta de un automóvil.
—¡Suban!
Marla ayudó a Daniel.
Elena entró detrás.
Samuel, con el brazo ensangrentado, se sentó en el asiento delantero.