Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

45

Una vida por otra

—¡Mamá!

Marla salió corriendo por el pasillo.

—¡Elena!

Nadie respondió.

La clínica parecía haberse quedado en silencio, como si todo el edificio hubiera desaparecido alrededor de ella.

Adrián la alcanzó.

—Marla, espera.

—¡No! ¡Ella estaba aquí!

—La encontraremos.

—¡No sabes eso!

Marla abrió una puerta tras otra.

Habitaciones vacías.

Pasillos vacíos.

Nada.

Hasta que vio algo en el suelo.

El medallón.

El que Elena llevaba alrededor del cuello.

Marla se arrodilló y lo recogió.

Estaba manchado de sangre.

—No...

Adrián se acercó.

—No significa que esté herida.

Marla lo miró con lágrimas en los ojos.

—Entonces ¿por qué hay sangre?

Ninguno pudo responder.

Dentro del quirófano, los médicos continuaban intentando estabilizar a Daniel.

El monitor emitía un sonido irregular.

—¡Otra vez!

El desfibrilador volvió a descargarse.

El cuerpo de Daniel se estremeció.

Nada.

—¡Vamos!

Otra descarga.

Silencio.

El médico miró el monitor.

Por un instante, la línea permaneció completamente recta.

Marla, desde el otro lado del cristal, dejó de respirar.

—No...

Adrián la sostuvo.

—Marla...

—¡No!

Pero entonces...

Un pequeño sonido.

Después otro.

El monitor volvió a mostrar actividad.

—¡Tenemos pulso!

El médico respiró aliviado.

—¡Estabilícenlo!

Marla comenzó a llorar.

No sabía si eran lágrimas de alivio o de miedo.

Su padre seguía vivo.

Por ahora.

Héctor apareció corriendo por el pasillo.

—¡Marla!

Ella se giró.

—¿Dónde estabas?

—Intentaba encontrar a Elena.

—¿La viste?

Héctor negó.

—No.

Pero encontré esto.

Le entregó un teléfono.

La pantalla mostraba una grabación.

Marla presionó reproducir.

Apareció Elena.

Estaba sentada en una habitación oscura.

Tenía el rostro pálido.

Pero estaba viva.

—Marla, si estás viendo esto, significa que ya me llevaron.

No intentes buscarme sola.

Por favor.

La grabación se interrumpió unos segundos.

Después Elena volvió a aparecer.

Esta vez estaba llorando.

—Hay algo que nunca te conté.

Tu abuelo no desapareció.

Él se escondió para protegerte.

Y yo fui quien le pidió que lo hiciera.




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