Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

46

La habitación bajo la escalera

Marla permaneció inmóvil frente a la cama de Daniel.

Las últimas palabras de su padre no dejaban de repetirse en su cabeza.

«Si encuentras a tu abuelo... no confíes en él.»

No entendía nada.

Su abuelo estaba muerto.

O eso había creído durante toda su vida.

Su madre había desaparecido.

Su padre acababa de sobrevivir por poco a una hemorragia.

Su hermano estaba herido.

Y ahora había una habitación secreta debajo de la escalera de una casa que, aparentemente, había pertenecido a su familia.

Demasiadas verdades.

Demasiadas mentiras.

Y demasiado poco tiempo.

Marla salió de la habitación.

Adrián estaba esperándola en el pasillo.

—¿Qué te dijo?

Ella levantó la mirada.

—Que no confíe en mi abuelo.

Adrián permaneció en silencio.

—¿Y tú qué piensas?

Marla respiró profundamente.

—Pienso que estoy cansada de tener miedo.

—Eso no significa que tengas que enfrentarte a todo sola.

Ella se acercó.

—¿Todavía estás conmigo?

Adrián tomó su mano.

—No he pensado irme.

Marla entrelazó sus dedos con los de él.

—Entonces vamos a buscar a mi madre.

Samuel apareció unos minutos después.

Llevaba el brazo vendado y una expresión de cansancio.

—¿Están listos?

Marla asintió.

—Vamos a la casa.

Samuel la miró.

—¿Estás segura?

—No.

Pero tengo que hacerlo.

Héctor apareció detrás de él.

—No irán solos.

Marla lo miró con desconfianza.

—Después de todo lo que ha ocurrido, ya no sé en quién confiar.

Héctor asintió.

—Eso es precisamente lo que deberían sentir.

Adrián tomó las llaves.

—Entonces nos movemos rápido.

La antigua casa de Elena estaba exactamente como la habían dejado.

La puerta chirrió cuando entraron.

Marla sintió un extraño escalofrío.

Era diferente regresar ahora.

La primera vez había entrado buscando respuestas.

Ahora sabía que aquella casa guardaba secretos que podían destruir todo lo que creía conocer.

Elena había dicho que debajo de la escalera había una habitación.

Marla caminó hasta allí.

Pasó los dedos por la pared.

Nada.

—Debe haber algún mecanismo —dijo Samuel.

Adrián revisó los muebles cercanos.

Héctor examinó las fotografías.

—Aquí.

Señaló una vieja fotografía familiar.

Estaba torcida.

Adrián la retiró.

Detrás había una pequeña ranura.

—Una llave —dijo.

Marla miró a Samuel.

—¿Dónde encontramos una llave para esto?

Samuel recordó algo.

—El medallón.

Marla sacó el medallón que había encontrado en la clínica.

Lo observó.

Tenía una pequeña abertura en uno de sus lados.

—No puede ser...

Lo introdujo en la ranura.

Se escuchó un clic.

La pared comenzó a moverse.

Una puerta estrecha apareció lentamente.

Detrás había una escalera que descendía hacia la oscuridad.

Marla tragó saliva.

—¿Qué clase de casa tenía mi familia?

Héctor encendió una linterna.

—Una casa construida para esconder secretos.

Bajaron.

La habitación era pequeña.

Había cajas.

Documentos.

Fotografías.

Un escritorio.

Y una enorme cantidad de carpetas.

Marla comenzó a revisar las cajas.

Una contenía fotografías de ella y Samuel cuando eran bebés.

Otra tenía documentos de su madre.

Otra estaba marcada con una palabra:

MONTENEGRO.

Marla la abrió.

Dentro había contratos, escrituras y documentos financieros.

Pero debajo de todo encontró una carpeta roja.

En la portada estaba escrito:

LUCÍA — PROTOCOLO DE PROTECCIÓN.

Marla sintió un nudo en el estómago.

—Este es mi nombre.

Adrián se colocó a su lado.

—Ábrela.

La primera página contenía una fotografía.

Marla bebé.

La segunda mostraba a Samuel.

La tercera era una fotografía de Elena.

Y la cuarta...

Daniel.




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