La verdad que nadie quiso contarme
—Porque si tu padre hubiera descubierto que tú sobreviviste aquella noche...
Gabriel hizo una pausa.
—Te habría matado con sus propias manos.
Marla sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—Eso no puede ser verdad.
Gabriel permaneció frente a ella.
—Ojalá pudiera decirte que no lo es.
—Daniel jamás haría algo así.
—Daniel no es el hombre al que me refiero.
Marla frunció el ceño.
—Entonces, ¿de quién hablas?
Gabriel no respondió inmediatamente.
Se levantó y caminó hacia una pequeña mesa.
Sobre ella había varias fotografías.
Tomó una y se la entregó.
Marla la miró.
Era una fotografía de su madre embarazada.
A su lado estaba Daniel.
Pero detrás de ellos aparecía otro hombre.
Un hombre que Marla había visto antes.
En fotografías.
En documentos.
En los recuerdos de Elena.
El hombre que todos habían creído muerto.
Alejandro Valverde.
Marla levantó la mirada.
—¿Él?
Gabriel asintió.
—Alejandro no murió en aquel accidente.
—Ya lo sabía.
—No.
Gabriel negó lentamente.
—No sabes lo que realmente ocurrió.
Marla sintió que un escalofrío recorría su cuerpo.
—Entonces cuéntamelo.
Gabriel se sentó frente a ella.
—El día que naciste, tu madre tenía miedo.
Mucho miedo.
Había descubierto que Alejandro estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguir el control de ciertos negocios de tu familia.
—¿Y qué tenía que ver yo?
—Tú eras la heredera.
Marla bajó la mirada.
—Eso ya lo sé.
—No.
Todavía no lo entiendes.
Gabriel apoyó las manos sobre sus rodillas.
—Tu abuelo dejó una condición en su testamento. Cuando cumplieras veinticinco años, recibirías el control de todo el patrimonio Montenegro.
Marla abrió los ojos.
—¿Veinticinco?
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver eso con mi identidad?
—Si desaparecías antes de cumplir esa edad, alguien más podía administrar tus bienes.
Marla comenzó a comprender.
—Querían que desapareciera.
—Exactamente.
—¿Quién?
Gabriel guardó silencio.
—Dímelo.
—Alejandro no actuaba solo.
Marla sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Quién estaba con él?
Gabriel levantó la mirada.
—Alguien de la familia Valverde.
Marla pensó inmediatamente en Eduardo.
—¿El padre de Adrián?
Gabriel negó.
—No.
Marla se quedó confundida.
—Entonces, ¿quién?
Antes de que Gabriel pudiera responder, escucharon un ruido detrás de la puerta.
Gabriel se levantó.
—No tenemos mucho tiempo.
—¿Qué sucede?
—Te encontraron.
Marla sintió que el miedo volvía a apoderarse de ella.
—¿Quién?
Gabriel caminó hasta una pequeña ventana.
—Los mismos que llevan años buscando tu existencia.
En otra parte de la ciudad...
Adrián abrió los ojos.
Todo estaba oscuro.
Intentó moverse.
Tenía las manos atadas.
—¡Marla!
Nadie respondió.
—¡MARLA!
Un golpe en la puerta.
Adrián se quedó inmóvil.
—Si le hicieron algo...
Una voz masculina respondió desde el otro lado.
—Ella está viva.
Adrián respiró profundamente.
—¿Dónde está?
—Con Gabriel.
—¿Quién eres?
Silencio.
Adrián volvió a tirar de las cuerdas.
—¡Dime quién eres!
La puerta se abrió.
Un hombre entró.
Adrián lo reconoció.
Era el hombre que había entregado la carta.
—Tú.
—Sí.
—¿Dónde está Marla?
—Donde debe estar.
Adrián se puso furioso.
—Si le haces daño...
—No queremos hacerle daño.
—Entonces suéltame.
El hombre negó.
—Todavía no.
—¿Por qué?
El desconocido lo miró fijamente.
—Porque tú eres el mayor problema de todos.
Adrián frunció el ceño.