Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

48

El contrato que nunca terminó

1...

El contador llegó a cero.

Marla dejó de respirar.

La puerta terminó de abrirse.

Adrián estaba allí.

De pie.

Sin una sola herida visible.

Y en su mano sostenía el contrato que había cambiado sus vidas.

El mismo documento que había firmado meses atrás.

El mismo que, según ambos, ya no significaba nada.

Marla lo miró sin comprender.

—Adrián...

Él no respondió.

Gabriel se interpuso entre ambos.

—No te acerques.

Adrián levantó la mirada.

—No vine a hacerle daño.

—Entonces suelta ese contrato.

Adrián bajó la vista hacia las hojas.

—No puedo.

Marla sintió que el pecho comenzaba a dolerle.

—¿Por qué?

Él finalmente la miró.

Y en sus ojos había algo que ella jamás había visto.

Miedo.

—Porque si lo suelto, la matan.

Marla se quedó inmóvil.

—¿A quién?

Adrián tragó saliva.

—A tu madre.

El silencio fue absoluto.

—Entonces era verdad —susurró Marla—. Tú estás involucrado.

Adrián negó inmediatamente.

—No como crees.

—¿Entonces explícame qué haces con nuestro contrato?

—Intento mantenerte viva.

Marla soltó una risa amarga.

—Todos dicen lo mismo.

Se acercó.

—Mi abuelo dice que me protege.

Mi padre dice que me protege.

Mi madre desaparece para protegerme.

Tú firmas contratos para protegerme.

¿Sabes qué?

Estoy cansada de que todos decidan qué necesito.

Adrián apretó el documento.

—Lo sé.

—¡No! ¡No lo sabes!

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

—Porque si lo supieras, entenderías que lo único que quiero es que alguien me diga la verdad.

Adrián cerró los ojos.

—Entonces escucha.

Levantó lentamente el contrato.

—Este documento nunca fue solamente un matrimonio por conveniencia.

Marla sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Adrián se acercó.

—Cuando tu padre me buscó...

—¿Mi padre?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Meses antes de conocerte.

Marla negó.

—Eso es imposible.

—Daniel sabía que alguien estaba siguiendo tus movimientos.

Sabía que tarde o temprano iban a encontrarte.

Y necesitaba a alguien que pudiera estar cerca de ti sin despertar sospechas.

Marla lo miró fijamente.

—¿Y ese alguien eras tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Adrián bajó la mirada.

—Porque mi familia tenía una relación con la familia Montenegro desde hacía años.

Marla sintió que las piezas comenzaban a encajar.

—Entonces cuando me hiciste aquella propuesta...

—Ya sabía quién eras.

Ella retrocedió.

—¿Sabías que yo era Lucía?

Adrián tardó demasiado en responder.

Marla sintió que esa demora era una respuesta.

—Sí.

Ella se llevó una mano al pecho.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

El dolor en el rostro de Marla fue inmediato.

—Entonces todo fue una mentira.

—No.

—¡Sí!

—No, Marla.

Adrián se acercó.

—El contrato fue una mentira.

Pero lo que sentí por ti no lo fue.

Ella negó con la cabeza.

—¿Cómo puedo creerte?

Adrián sacó una hoja del contrato.

La última página.

—Porque nunca firmé esto.

Marla frunció el ceño.

—¿Qué?

Él le mostró el documento.

Había una cláusula adicional escrita a mano.

«Si Lucía Montenegro recupera su identidad, el contrato queda automáticamente anulado.»

Marla leyó la frase varias veces.

—Entonces...

—Desde el momento en que descubriste quién eres, ya no existe ningún acuerdo.

Adrián dejó caer el contrato.

—Podría irme ahora mismo.

No hay ninguna cláusula que me obligue a quedarme.

Marla sintió que el corazón se le aceleraba.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

Adrián la miró.

—Porque te amo.

Las lágrimas de Marla cayeron con más fuerza.




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