La chica de la fotografía
Marla no podía apartar los ojos de la dirección.
La conocía.
Demasiado bien.
Había recorrido aquellos pasillos durante años.
Había estudiado allí, había reído allí, había llorado allí.
Y ahora alguien acababa de decirle que su hermana también había estado allí.
—No puede ser —susurró.
Adrián tomó el teléfono.
—¿Estás segura de que es este lugar?
—Sí.
—Entonces vamos.
Marla negó.
—No.
Adrián la miró sorprendido.
—¿No quieres encontrarla?
—Sí.
Marla apretó la fotografía.
—Pero quiero hacerlo sola.
Adrián guardó silencio.
—No porque no confíe en ti —añadió ella—. Necesito saber quién es antes de que aparezcas en medio de todo esto.
Él asintió.
—Entonces te esperaré afuera.
Marla sonrió débilmente.
—Gracias.
Al día siguiente, Marla regresó a la universidad.
Todo parecía normal.
Estudiantes caminando.
Profesores entrando a sus aulas.
Personas riendo en los pasillos.
Nadie sabía que una mujer había regresado allí buscando a la persona que llevaba veintidós años sin saber que existía.
Marla sacó la fotografía.
Isabella Montenegro.
Ese era el nombre.
Pero no sabía qué apellido utilizaba actualmente.
Comenzó a caminar.
Pasó frente a la biblioteca.
Nada.
Luego llegó al edificio administrativo.
Un tablero mostraba fotografías de estudiantes destacados.
Marla se detuvo.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Había una fotografía.
Una chica de cabello oscuro.
La misma mirada.
El mismo pequeño lunar cerca de la ceja.
Marla acercó el rostro.
Debajo de la fotografía había un nombre.
Isabella Morales.
Marla dejó de respirar.
—No...
Era ella.
Su hermana.
Había estado allí.
Todo ese tiempo.
—¿Puedo ayudarte?
Marla se giró.
Una joven estaba detrás de ella.
—Perdona.
—Te vi mirando la fotografía.
Marla señaló el tablero.
—¿La conoces?
La joven sonrió.
—Claro. Isabella es bastante conocida aquí.
Marla sintió un nudo en el estómago.
—¿Sabes dónde puedo encontrarla?
—Probablemente en la cafetería.
Marla agradeció y comenzó a caminar.
Cada paso le resultaba más difícil que el anterior.
No sabía qué decir.
Hola, soy tu hermana.
No.
Era demasiado.
Creo que somos familia.
Tampoco.
¿Cómo se presenta una persona ante alguien que ha vivido toda su vida sin saber que tú existes?
La encontró sentada junto a una ventana.
Sola.
Tenía un libro abierto frente a ella.
Marla se quedó observándola desde lejos.
Había algo extraño.
Una sensación imposible de explicar.
Como si una parte de ella reconociera a aquella persona.
Isabella levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Durante unos segundos ninguna apartó la mirada.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
Marla sintió que el corazón se le aceleraba.
Entonces Isabella cerró el libro.
—¿Nos conocemos?
Marla no pudo responder.
—Perdón —dijo Isabella—. ¿Te conozco?
Marla respiró profundamente.
—No exactamente.
Isabella sonrió.
—Entonces, ¿por qué me miras como si estuvieras intentando recordar algo?
Marla se sentó frente a ella.
—Porque tengo una fotografía tuya.
Isabella dejó de sonreír.
—¿Mía?
Marla sacó la fotografía.
Isabella la tomó.
Su rostro cambió inmediatamente.
—¿De dónde sacaste esto?
—Me la dieron.
—¿Quién?
Marla dudó.
—Una persona que conoce a tu familia.
Isabella observó nuevamente la fotografía.
—Yo no tengo muchas fotografías de cuando era pequeña.
Marla tragó saliva.
—¿Sabes quiénes fueron tus padres?
Isabella levantó la mirada.
—Me dijeron que mi madre murió cuando era bebé.