CAPÍTULO 51
Dos hermanas
Marla todavía tenía la mano de Isabella entre las suyas.
Ninguna de las dos sabía exactamente qué hacer.
Habían pasado veintidós años separadas.
Y ahora estaban sentadas frente a frente intentando comprender cómo era posible que dos vidas completamente diferentes hubieran comenzado de la misma manera.
Isabella volvió a mirar los documentos.
—Entonces mi verdadero apellido es Montenegro.
—Sí.
—Y tú eres mi hermana.
Marla sonrió tímidamente.
—Sí.
Isabella soltó una pequeña risa.
—Esto es demasiado extraño.
—Para mí también.
—¿Tienes recuerdos de nuestra madre?
Marla negó.
—Muy pocos.
—Yo tampoco.
Isabella bajó la mirada.
—Siempre pensé que algo faltaba en mi vida.
Marla apretó suavemente su mano.
—A mí también me pasaba.
Por primera vez, ambas comprendieron que quizá habían sentido la ausencia de la otra sin siquiera saber por qué.
Adrián se acercó.
—¿Están bien?
Isabella lo miró.
—¿Tú eres Adrián?
Él arqueó una ceja.
—Sí.
—He escuchado hablar de ti.
Marla lo miró sorprendida.
—¿De verdad?
Isabella sonrió.
—La universidad es pequeña.
Marla soltó una risa.
Por primera vez en días, aquella risa no estaba acompañada de miedo.
Salieron de la cafetería juntas.
Isabella caminaba junto a Marla.
Era extraño.
Sus pasos parecían sincronizarse naturalmente.
—¿Siempre eres tan seria? —preguntó Isabella.
Marla la miró.
—¿Yo?
—Sí.
—No.
—Pues tienes cara de que estás pensando demasiado.
Marla soltó una carcajada.
—Eso sí es verdad.
Isabella sonrió.
—Entonces sí somos hermanas.
—¿Por qué?
—Porque yo también pienso demasiado.
Adrián caminaba detrás de ellas.
Las observaba en silencio.
Había visto a Marla atravesar miedo, dolor, traiciones y secretos.
Pero nunca la había visto así.
Ligera.
Feliz.
Como si una parte de ella acabara de regresar a casa.
Cuando llegaron al automóvil, Isabella se detuvo.
—¿A dónde vamos?
Marla respondió:
—A ver a nuestra madre.
Isabella abrió los ojos.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En un lugar seguro.
Isabella respiró profundamente.
—Tengo miedo.
Marla tomó su mano.
—Yo también.
—¿Y si no me reconoce?
—Te reconocerá.
—¿Cómo estás tan segura?
Marla sonrió.
—Porque una madre nunca olvida a sus hijos.
Horas después llegaron a la clínica.
Daniel seguía dormido.
Samuel estaba sentado en una silla con el brazo vendado.
Cuando vio a Marla entrar acompañada de Isabella, se puso de pie.
—¿Quién es ella?
Marla sonrió.
—Samuel...
Isabella lo miró.
—Hola.
Samuel frunció el ceño.
—¿Nos conocemos?
Marla respiró profundamente.
—Es nuestra hermana.
Samuel quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
Isabella levantó una mano.
—Hola, hermano.
Samuel abrió la boca, pero no consiguió decir nada.
Después comenzó a reír.
—Esto tiene que ser una broma.
Marla negó.
—No lo es.
Samuel se acercó lentamente.
Observó a Isabella.
Luego a Marla.
—¿Tenemos otra hermana?
—Sí.
Samuel soltó una risa incrédula.
—Nuestra familia necesita urgentemente dejar de guardar secretos.
Las tres personas comenzaron a reír.
Y por unos segundos, todo pareció normal.
Una familia.
Una familia que finalmente estaba completa.
Pero todavía faltaba alguien.
Elena.
Marla tomó la mano de Isabella.
—Vamos.
Entraron en la habitación.
Elena estaba sentada junto a la ventana.
Cuando levantó la mirada y vio a Isabella...
Se quedó completamente inmóvil.