Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

53

CAPÍTULO 53

Una promesa sin contrato

El día amaneció tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Marla despertó con la cabeza apoyada sobre el pecho de Adrián y durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Después sonrió.

La casa.

Su casa.

Su hogar.

Adrián abrió lentamente los ojos.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Dormiste bien?

—Por primera vez en mucho tiempo.

Él sonrió.

—Me alegra.

Marla levantó la cabeza.

—Adrián...

—¿Sí?

—Quiero hacerte una pregunta.

—Hazla.

—Si pudieras cambiar una sola cosa de todo lo que pasó entre nosotros, ¿qué cambiarías?

Adrián pensó unos segundos.

—No habría secretos.

Marla lo observó.

—¿Ni siquiera el contrato?

—No.

—¿Por qué?

—Porque habría preferido conocerte sin mentiras.

Ella sonrió.

—Yo también.

Adrián tomó su mano.

—Pero no cambiaría haberte conocido.

Marla se acercó y lo besó suavemente.

—Eso sí tampoco lo cambiaría.

Más tarde, toda la familia se reunió para desayunar.

Isabella estaba sentada junto a Samuel.

Elena hablaba con Daniel.

Marla observaba la escena desde la cocina.

Nunca había tenido algo así.

Una mesa llena.

Personas hablando.

Risas.

Discusiones tontas.

Una familia.

Isabella levantó la mirada.

—¿Por qué nos estás mirando?

Marla sonrió.

—Porque todavía me cuesta creer que seas mi hermana.

—A mí también.

Samuel intervino:

—Pues acostúmbrense porque ahora tienen que soportarme a mí también.

Isabella lo miró.

—Eso sí será difícil.

Todos comenzaron a reír.

Daniel levantó su taza.

—Por los nuevos comienzos.

Elena añadió:

—Y por una familia que finalmente vuelve a estar junta.

Marla levantó su taza.

—Por nosotros.

Las tazas chocaron.

Y por un momento no existieron secretos.

Después del desayuno, Marla salió al jardín.

Isabella la siguió.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Cómo era tu vida antes de saber que yo existía?

Marla pensó.

—Complicada.

—¿Y ahora?

Marla miró hacia la casa.

—Todavía es complicada.

Isabella rió.

—Entonces no cambió mucho.

—No.

Marla sonrió.

—Pero ahora tengo una hermana.

Isabella la abrazó.

—Y yo tengo una.

Permanecieron así unos segundos.

—Prométeme algo —dijo Isabella.

—¿Qué?

—Que no vamos a dejar que nadie vuelva a separarnos.

Marla cerró los ojos.

—Te lo prometo.

Al caer la tarde, Adrián llevó a Marla al jardín.

Había preparado una pequeña cena.

Luces cálidas.

Música suave.

Una mesa para dos.

Marla lo miró sorprendida.

—¿Qué hiciste?

—Una cena.

—¿Por qué?

—Porque quiero celebrar.

—¿Qué?

Adrián tomó su mano.

—Que ya no somos esposos por contrato.

Marla sonrió.

—¿Y qué somos?

Él la miró.

—Lo que nosotros decidamos.

Marla se acercó.

—Entonces quiero ser tu esposa.

Adrián sonrió.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Sin contrato.

—Sin contrato.

—Sin obligaciones.

—Sin obligaciones.

—Solo porque quieres.

Marla sostuvo su mirada.

—Porque te amo.

Adrián la besó.

Esta vez el beso fue diferente.

No tenía miedo.

No tenía dudas.

Era una promesa.

Una que ninguno necesitaba escribir.

Después de cenar, se quedaron sentados bajo las estrellas.

Marla apoyó la cabeza sobre el hombro de Adrián.

—¿Sabes qué quiero?

—¿Qué?

—Quiero viajar.

—¿A dónde?

—A muchos lugares.




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