CAPÍTULO 54
La boda que nadie esperaba
A la mañana siguiente, Marla despertó con una sonrisa.
Durante unos segundos permaneció acostada, recordando la conversación de la noche anterior.
«¿Te casarías conmigo otra vez?»
Había dicho que sí.
Pero ahora que había amanecido, la realidad comenzaba a caerle encima.
—Voy a casarme otra vez... —murmuró.
Adrián, todavía medio dormido, abrió un ojo.
—¿Te arrepentiste?
Marla lo miró.
—No.
—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?
—Porque no sé cómo se organiza una boda.
Adrián sonrió.
—Podemos aprender.
—¿Juntos?
—Juntos.
Marla se acercó y le dio un beso.
—Entonces empecemos.
Cuando anunciaron la noticia durante el desayuno, la reacción no fue precisamente tranquila.
—¿¡Qué!? —exclamó Isabella.
Samuel casi dejó caer la taza.
—¿Se van a casar otra vez?
Marla asintió.
—Sí.
Isabella se levantó emocionada.
—¡Voy a ser dama de honor!
Samuel levantó la mano.
—Yo quiero ser padrino.
Daniel comenzó a reír.
—Al menos esta vez nadie tendrá que firmar un contrato extraño.
Todos miraron a Adrián.
—No me miren así —dijo él—. Ya aprendí la lección.
Elena tomó la mano de Marla.
—¿Estás segura?
Marla sonrió.
—Nunca había estado tan segura de algo.
Durante los días siguientes, la casa se transformó.
Isabella quería encargarse de cada detalle.
Samuel discutía con ella por todo.
Daniel insistía en que la boda debía ser sencilla.
Elena quería que Marla tuviera el vestido que siempre había soñado.
Y Adrián...
Adrián solo quería verla feliz.
Una tarde, Marla salió de una tienda con varias bolsas.
—No puedo creer que estemos haciendo esto.
Adrián tomó algunas.
—¿Te estás divirtiendo?
—Muchísimo.
—Entonces vale la pena.
Marla lo miró.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Hace unos meses pensaba que mi vida estaba destruida.
Adrián se acercó.
—Y ahora.
Marla sonrió.
—Ahora estoy planeando mi boda con el hombre que amo, tengo una hermana, mi madre está conmigo y mi familia está intentando aprender a vivir sin secretos.
—No suena mal.
—No.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Suena perfecto.
Esa noche, Marla recibió una llamada.
Era Gabriel.
—¿Abuelo?
—Me enteré de la boda.
Marla sonrió.
—Las noticias vuelan.
—Quiero verte antes.
Ella se quedó seria.
—¿Para qué?
—Para entregarte algo que pertenece a tu madre.
—¿Qué cosa?
—No puedo explicártelo por teléfono.
Marla miró a Adrián.
—Está bien.
—Ven mañana.
—¿Dónde?
Gabriel le dio una dirección.
Marla la anotó.
Antes de despedirse, él añadió:
—Y trae a Isabella.
Marla frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque esto también le pertenece.
La llamada terminó.
Adrián la observó.
—¿Qué sucede?
Marla le mostró la dirección.
—Gabriel quiere vernos.
—Entonces iremos juntos.
Marla negó.
—Esta vez quiere que vayamos Isabella y yo.
Adrián asintió.
—Está bien.
Al día siguiente, las hermanas llegaron a la antigua propiedad de Gabriel.
Él las esperaba en el jardín.
Por primera vez, Marla lo vio diferente.
No como el hombre misterioso que había escondido secretos.
Sino como un anciano que había perdido demasiados años de su familia.
Gabriel abrió una pequeña caja.
Dentro había dos medallones.
Uno llevaba una M.
El otro, una I.
—Eran de ustedes cuando nacieron.
Isabella tomó el suyo.
—¿Por qué los guardaste?
Gabriel sonrió tristemente.
—Porque nunca dejé de esperar que algún día pudieran llevarlos juntas.
Marla tomó el suyo.
—Gracias.
Gabriel las miró.
—Hay algo más.
Sacó un sobre.