CAPÍTULO 57
primera mañana
La casa estaba en silencio.
Después de tantos meses de caos, aquella tranquilidad parecía casi irreal.
Marla abrió los ojos lentamente.
La primera cosa que vio fue el anillo en su mano.
Sonrió.
—Es verdad...
Adrián, todavía dormido a su lado, abrió los ojos.
—¿Qué cosa?
Marla levantó la mano.
—Que nos casamos.
Adrián sonrió.
—Otra vez.
—Esta vez de verdad.
Él tomó su mano y besó el anillo.
—Esta vez para siempre.
Marla se acercó y lo abrazó.
—Buenos días, esposo.
—Buenos días, esposa.
Los dos comenzaron a reír.
No había prisas.
No había amenazas.
Solo aquella mañana.
Cuando bajaron a desayunar, encontraron a toda la familia reunida.
Isabella miró a Marla y sonrió.
—Buenos días, señora Montenegro.
Marla puso los ojos en blanco.
—No empieces.
Samuel intervino:
—Yo creo que ahora necesitamos una fiesta para celebrar que sobrevivimos a la boda.
Daniel soltó una carcajada.
—¿Otra fiesta?
—Claro.
Isabella negó con la cabeza.
—Este hombre piensa que toda ocasión necesita comida.
—Porque toda ocasión necesita comida.
Marla comenzó a reír.
Elena la observó desde el otro lado de la mesa.
Había una felicidad diferente en sus ojos.
—¿Qué? —preguntó Marla.
Elena negó con la cabeza.
—Nada.
Solo estaba pensando en lo mucho que has cambiado.
Marla sonrió.
—Yo también.
Después del desayuno, Marla salió al jardín.
Encontró a Isabella sentada bajo un árbol.
—¿Puedo?
—Claro.
Marla se sentó junto a ella.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
—¿Has pensado alguna vez cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos crecido juntas? —preguntó Isabella.
Marla miró al cielo.
—Muchas veces.
—Yo también.
—Quizás habríamos sido inseparables.
Isabella sonrió.
—Probablemente.
—O quizás nos habríamos peleado todos los días.
—Eso también es probable.
Ambas rieron.
Isabella apoyó la cabeza sobre el hombro de Marla.
—No podemos recuperar los años que perdimos.
—No.
—Pero podemos aprovechar los que nos quedan.
Marla tomó su mano.
—Eso sí.
Aquella tarde, Gabriel llegó.
Marla lo recibió en el jardín.
—¿Qué haces aquí?
—Quería felicitarte.
Gabriel miró su anillo.
—Me alegra verte feliz.
Marla sonrió.
—Lo estoy.
Gabriel permaneció unos segundos en silencio.
—Hay algo que todavía debes saber.
Marla dejó de sonreír.
—¿Otra verdad?
—La última.
Ella suspiró.
—Espero que realmente sea la última.
Gabriel sacó un documento.
—Cuando recuperaste tu identidad, también recuperaste tus derechos sobre la familia Montenegro.
Marla lo miró.
—¿Y?
—Hay empresas, propiedades y decisiones que ahora están bajo tu nombre.
Marla negó.
—No quiero vivir como una heredera.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces, ¿qué hago?
Gabriel sonrió.
—Lo que quieras.
Marla miró el documento.
Por primera vez, aquello no parecía una carga.
Parecía una oportunidad.
—Quiero utilizarlo para ayudar.
—¿Ayudar a quién?
—A personas que no tuvieron las oportunidades que yo tuve.
Gabriel sonrió.
—Eso habría hecho feliz a tu abuela.
Marla levantó la mirada.
—¿Qué sabes de ella?
Gabriel abrió la boca para responder.
Pero se detuvo.
—Te contaré otro día.
Marla suspiró.
—Abuelo...
Gabriel sonrió.
—Prometo que no es un secreto peligroso.
Ella se rio.
—Espero que no.
Esa noche, Adrián encontró a Marla trabajando en su nueva habitación.
Había papeles por todas partes.
—¿Qué haces?
—Intentando entender todo esto.
—¿Quieres que te ayude?