Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

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CAPÍTULO 56

El día que elegimos amarnos

El sol apenas comenzaba a iluminar las ventanas cuando Marla abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció quieta.

Después recordó.

Hoy era el día.

No había contrato.

No había amenazas.

No había secretos esperando destruirlo todo.

Hoy iba a casarse con Adrián porque ambos lo habían elegido.

Marla sonrió.

—Hoy...

Isabella apareció de repente en la habitación.

—¡ARRIBA!

Marla dio un pequeño salto.

—¡Isabella!

—¡Es tu boda!

—Lo sé.

—Pues no parece.

Isabella abrió las cortinas.

La luz llenó la habitación.

—Hoy tienes prohibido estar triste.

Marla soltó una carcajada.

—¿Y si lloro?

—Puedes llorar.

—¿Y si me pongo nerviosa?

—También.

—¿Y si quiero salir corriendo?

Isabella la señaló.

—Eso sí está prohibido.

Marla comenzó a reír.

—Ven aquí.

Las dos hermanas se abrazaron.

—Gracias por estar conmigo —susurró Marla.

—Siempre.

Horas después, la casa estaba llena.

Elena ayudaba con los últimos detalles.

Samuel caminaba de un lado a otro intentando resolver problemas que nadie le había pedido resolver.

Daniel observaba todo desde una silla, sonriendo.

Marla apareció finalmente con su vestido.

Todos quedaron en silencio.

Isabella se llevó una mano al pecho.

—Estás preciosa.

Samuel sonrió.

—Adrián va a olvidarse de cómo hablar.

Daniel se levantó lentamente.

Marla lo miró.

—¿Papá?

Él extendió la mano.

—¿Me permites acompañarte?

Marla sintió lágrimas en los ojos.

—Claro.

La ceremonia comenzó.

Adrián estaba frente al altar.

Cuando las puertas se abrieron y Marla apareció junto a Daniel, todo pareció detenerse.

Adrián la miró.

No vio a la chica que había conocido bajo un contrato.

No vio a la heredera que todos querían proteger.

Vio a Marla.

La mujer que amaba.

Ella caminó hacia él.

Paso a paso.

Cuando llegó frente a él, Daniel tomó su mano y se la entregó.

—Cuídense —dijo.

Adrián respondió:

—Lo haremos.

Marla sonrió.

El sacerdote comenzó la ceremonia.

Pero cuando llegó el momento de los votos, Adrián negó suavemente con la cabeza.

—Quiero decir algo diferente.

Marla lo miró sorprendida.

Él tomó sus manos.

—La primera vez que estuvimos juntos, había un contrato entre nosotros.

Hoy no hay ninguno.

Solo estás tú.

Y estoy yo.

Y aun así...

Te elegiría otra vez.

Marla sintió las lágrimas.

—No puedo prometerte que nunca tendremos problemas.

No puedo prometerte que nunca tendremos miedo.

Pero sí puedo prometerte que, cuando la vida se vuelva difícil, no voy a correr.

Voy a quedarme.

Marla lloró.

Después llegó su turno.

Ella respiró profundamente.

—Yo tampoco puedo prometerte una vida perfecta.

Pero puedo prometerte que voy a ser sincera contigo.

Que voy a luchar por nosotros.

Y que nunca volveré a confundir amor con obligación.

Marla apretó sus manos.

—Te elijo.

Adrián sonrió.

—Y yo te elijo.

—Pueden besarse.

Adrián acercó lentamente su rostro.

Marla sonrió.

—Esta vez no hay contrato.

—No lo necesito.

Sus labios se encontraron.

La familia aplaudió.

Isabella lloraba.

Samuel gritaba:

—¡POR FIN!

Todos comenzaron a reír.

Marla y Adrián se separaron.

Ella apoyó la frente contra la suya.

—Somos oficialmente nosotros.

—Siempre fuimos nosotros.

La celebración continuó durante horas.

Música.

Comida.

Risas.

Fotografías.

Baile.

Marla bailó con Isabella.

Después con Samuel.

Luego con su padre.

Finalmente, Adrián apareció frente a ella.




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