Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

60

CAPÍTULO 60

Una oportunidad inesperada

Marla permaneció mirando la pantalla.

El apellido seguía allí.

Montenegro.

—No puede ser una coincidencia —murmuró.

Adrián tomó asiento a su lado.

—¿Quieres que cancelemos la reunión?

Marla negó.

—No.

—¿Estás segura?

Ella cerró la computadora.

—Toda mi vida otros han tomado decisiones por mí. Esta vez no.

Adrián sonrió.

—Entonces iremos.

—No. —Marla lo miró—. Esta reunión es sobre mi proyecto. Quiero entrar sola.

—¿Quieres que te espere afuera?

—Sí.

Adrián tomó su mano.

—Como quieras.

La reunión fue dos días después.

Marla llegó al edificio con su carpeta contra el pecho.

Respiró profundamente antes de entrar.

—Tú puedes.

Subió al último piso.

Una secretaria la recibió.

—¿Señorita Montenegro?

Marla se quedó quieta.

—Sí.

—La están esperando.

La puerta se abrió.

Y allí estaba él.

Un hombre de unos cincuenta años, elegante, serio.

Marla lo reconoció inmediatamente.

—¿Alejandro?

Él sonrió.

—Sabía que vendrías.

Marla dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Esta empresa es tuya?

—Una de ellas.

—¿Y por qué estás interesado en mi proyecto?

Alejandro se sentó.

—Porque tienes una visión que podría convertirse en algo enorme.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Una sociedad.

Marla negó.

—No.

Alejandro arqueó una ceja.

—Ni siquiera has escuchado la propuesta.

—No necesito hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que mi proyecto dependa de mi familia.

Alejandro permaneció callado.

Después dijo:

—Precisamente por eso te hice venir.

Marla frunció el ceño.

—Explícate.

Alejandro colocó una carpeta frente a ella.

—No quiero controlar tu proyecto.

Marla abrió la carpeta.

Había estudios de mercado, proyecciones y posibles inversiones.

—Quiero financiarlo.

Marla levantó la mirada.

—¿Sin condiciones?

—Con una.

—¿Cuál?

—Que tú seas la directora.

Marla se quedó sorprendida.

—¿Yo?

—Tú creaste la idea.

—Pero no tengo experiencia dirigiendo una empresa.

Alejandro sonrió.

—Todavía.

Cuando salió del edificio, Adrián la esperaba.

—¿Cómo fue?

Marla caminó hacia él.

—No sé.

—Eso no suena bien.

—Me ofrecieron financiación.

—¿Y?

—También quieren que sea directora.

Adrián sonrió.

—Eso suena bastante bien.

—Pero es Alejandro.

—Eso no significa que tengas que confiar en él.

Marla asintió.

—Exactamente.

—Entonces revisaremos todo antes de aceptar.

Ella lo miró.

—¿Revisaremos?

—Sí.

—¿No vas a decirme qué hacer?

—No.

Adrián sonrió.

—Solo voy a ayudarte a decidir.

Marla lo abrazó.

—Por eso te amo.

Esa noche reunió a su familia.

Isabella fue la primera en hablar.

—Yo no confiaría en Alejandro.

Samuel asintió.

—Yo tampoco.

Daniel permaneció pensativo.

—Pero la propuesta podría ser legítima.

Elena miró a Marla.

—La decisión es tuya.

Marla respiró profundamente.

—Quiero hacerlo.

Todos la miraron.

—Pero con mis propias reglas.

Isabella sonrió.

—Esa es mi hermana.

Marla levantó la carpeta.

—Voy a aceptar la reunión de negociación.

—¿Y si intenta manipularte? —preguntó Samuel.

Marla sonrió.

—Entonces descubrirá que ya no soy la misma chica que conoció.

Al día siguiente, Marla volvió a reunirse con Alejandro.

Esta vez no estaba nerviosa.

Se sentó frente a él.

—He leído la propuesta.

—¿Y?

—Aceptaré la inversión.

Alejandro sonrió.




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