Porque hasta en su luna de miel, Marla seguía siendo Marla.
La luna de miel había comenzado hacía apenas unos días y Adrián ya había descubierto una verdad importante:
Viajar con Marla requería paciencia. Muchísima paciencia.
—Adrián.
—¿Sí?
—Tengo hambre.
Él miró el reloj.
—Marla, acabamos de desayunar.
—Lo sé.
—Hace veinte minutos.
—Exactamente.
Adrián soltó una carcajada.
—¿Cómo puedes tener hambre otra vez?
Marla se encogió de hombros.
—Estoy de vacaciones.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—No sé. Pero suena como una buena excusa.
Él negó con la cabeza.
—¿Qué quieres comer?
Marla abrió los ojos.
—¡Eso es lo que quería escuchar!
—No me digas que tienes un plan.
—Por supuesto.
—¿Cuál?
—Probar todo lo que parezca rico.
Adrián se quedó mirándola.
—Vamos a regresar de esta luna de miel rodando.
—Habla por ti.
—¿Tú no?
—Yo camino rápido.
Adrián comenzó a reír.
—Eres increíble.
—Lo sé.
Salieron del hotel tomados de la mano.
Marla caminaba mirando absolutamente todo.
Una tienda.
Una cafetería.
Una calle.
Una flor.
Un perro.
Un edificio.
Todo le parecía digno de una fotografía.
—Espera.
Adrián se detuvo.
—¿Qué pasó?
Marla señaló una pequeña cafetería.
—Mira eso.
—¿Qué?
—Ese postre.
Adrián miró el escaparate.
—Marla...
—Solo uno.
—Hace diez minutos dijiste que querías caminar.
—Puedo caminar después.
—¿Y si compramos uno para compartir?
Marla lo miró seriamente.
—¿Compartir?
—Sí.
—Adrián.
—¿Qué?
—Estamos casados.
—Precisamente.
—Entonces deberías saber que mi postre no se comparte.
Él levantó las manos.
—Entendido.
—Gracias.
Entraron.
Media hora después, Marla salió con un postre en una mano y un café en la otra.
Adrián llevaba otra bolsa.
—¿Qué compraste tú?
—Nada.
—¿Entonces qué hay en esa bolsa?
—Tu segundo postre.
Marla se quedó en silencio.
—¿Me compraste otro?
—Sí.
Ella sonrió.
—Te amo.
—¿Solo por eso?
—No.
Marla se acercó y le dio un beso.
—Pero ayuda.
Adrián sonrió.
—Ahora sí me siento valorado.
Continuaron caminando.
Hasta que Marla vio una tienda de recuerdos.
—¡Adrián!
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a pedir.
—Conozco esa voz.
—Solo quiero mirar.
—Eso dijiste hace una hora.
—Y cumplí.
—Compraste cuatro cosas.
—Pequeñas.
—Una era una estatua.
—Era preciosa.
Adrián suspiró.
—Cinco minutos.
—¡Diez!
—Cinco.
—Ocho.
—Seis.
—Trato hecho.
Entraron.
Seis minutos después...
—¿Marla?
Silencio.
—¿Marla?
Ella apareció detrás de una estantería.
—Mira.
Tenía un sombrero enorme.
Adrián comenzó a reír.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Me queda bonito.
—Parece que vas a dirigir un safari.
Marla se miró al espejo.
—Pues un safari elegante.
—No voy a discutir contigo.
—Entonces cómpramelo.
—¡Eso era una trampa!
Marla sonrió.
—Funcionó.
Al regresar al hotel, Marla dejó las bolsas sobre la cama.
—Estoy cansada.
Adrián la miró.
—¿Quién quería caminar todo el día?
—Yo.
—¿Quién compró cinco recuerdos?
—Yo.
—¿Quién comió dos postres?
Marla levantó un dedo.
—Objeción.
—¿Cuál?
—El segundo me lo compraste tú.
Adrián sonrió.
—Tienes razón.
Marla se dejó caer sobre la cama.
—Ven.
—¿Qué?
—Aquí.
Adrián se acostó junto a ella.
Marla apoyó la cabeza sobre su pecho.
Durante unos segundos no dijeron nada.
—¿Sabes qué? —susurró ella.
—¿Qué?
—Me gusta esto.
—¿La luna de miel?
—No solamente.
Levantó la mirada.
—Esto. Estar contigo sin tener que preocuparme por nada.
Adrián acarició su cabello.
—Yo también.
Marla sonrió.
—Antes pensaba que nunca tendría algo así.
—¿Una luna de miel?
—No.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Alguien con quien pudiera sentirme completamente tranquila.
Adrián la besó en la frente.
—Entonces quédate tranquila.
—¿Por qué?
—Porque pienso quedarme.
Marla sonrió.
—¿Promesa?
—Promesa.
Ella levantó el rostro y lo besó.
Fue un beso dulce y tranquilo.
Sin prisas.
Sin necesidad de decir nada.
Cuando se separaron, Marla volvió a acomodarse sobre su pecho.
—Adrián.
—¿Sí?
—Tengo otra pregunta.
—Dime.
—¿Qué vamos a cenar?
Adrián cerró los ojos.
—No puede ser.
Marla comenzó a reír.
—¿Qué?
—Acabamos de hablar de un momento romántico.
—Y fue precioso.
—¿Y lo primero que piensas después es en comida?
—Sí.
Adrián comenzó a reír.
—Eres imposible.
—Pero me amas.
Él la miró.
—Demasiado.
Marla sonrió satisfecha.
—Entonces vamos a cenar.
—¿Qué quieres?
Ella pensó unos segundos.
—Algo rico.
—Eso no es específico.
—Algo que nunca haya probado.
—Perfecto.
Adrián se levantó.
—Vamos.
Marla lo siguió.
Pero antes de salir, regresó rápidamente.
—¡Espera!
—¿Ahora qué?
Ella tomó el sombrero enorme.
—Me lo llevo.
Adrián se quedó mirándola.
—¿En serio?
Marla se lo puso.
—Por supuesto.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que voy a necesitar unas vacaciones después de estas vacaciones.
Marla lo tomó de la mano.
—Pues te puedes ir de vacaciones conmigo.
Adrián sonrió.
—Eso suena peligroso.