Durante dos días seguidos. Alya no se levantó de la cama, acurrucada bajo las cobijas, sintiendo cómo el estómago se le estrechaba por las náuseas y el llanto silencioso. La traición de Abner escocía más que la propia incertidumbre sobre su futuro; la idea de haber entregado su confianza a alguien que la creyó capaz de una bajeza semejante la mantenía sumida en un estado de estupor.
Meridian, su única familia y compañera de piso, no la dejó sola ni un solo momento. Le preparó tés que Alya apenas probó, le cambió las compresas frías de la frente y escuchó con una rabia contenida el relato desgarrador de lo ocurrido en la oficina.
Al tercer día, la luz matutina se filtró por la persiana a media altura. Alya se sentó en el borde del colchón, con la mirada perdida en las maderas desgastadas del piso. Meridian entró al cuarto, ya vestida con el uniforme formal para su turno en el departamento de Recursos Humanos de la misma empresa.
—No voy a ir —sentenció Meridian, cruzándose de brazos frente a la puerta—. Me pido el día por enfermedad. No pienso dejarte aquí sola dando vueltas a la cabeza.
Alya alzó la vista. Tenía las ojeras marcadas y los ojos hinchados, pero algo en su expresión había cambiado. La vulnerabilidad del primer impacto comenzaba a asentarse en una determinación fría.
—Tienes que ir, Meri —dijo Alya con la voz rasposa—. No vas a arriesgar tu puesto por mi culpa. Tú necesitas ese trabajo.
—Me importa un carajo el puesto si tú estás hecha pedazos, Alya. Ese maldito y su apellido de oro no van a destruirte, y yo no voy a actuar como si nada pasara caminando por sus pasillos.
—Estaré bien, de verdad —insistió Alya, poniéndose de pie con lentitud para tomar la mano de su amiga—. Necesito este día en silencio para pensar qué voy a hacer. Por favor, ve a trabajar. Hazlo por mí. No le des el gusto a nadie de ver que esto nos desestabiliza a las dos.
Meridian la observó largo rato, buscando cualquier atisbo de duda en los ojos de sangre árabe y francesa de su amiga. Finalmente, dejó escapar un resoplido de frustración y asintió.
—Está bien. Pero si me necesitas, me llamas e invento una emergencia para salir corriendo. ¿Entendido?
—Entendido. Ve.
El vestíbulo principal de la torre Bonneville Enterprises hervía con el ajetreo habitual de las ocho de la mañana. Los empleados cruzaban los torniquetes marcando sus tarjetas de acceso, ajenos a la tensión que se respiraba cerca de la batería de ascensores ejecutivos.
Meridian avanzaba con paso firme, sujetando con fuerza la correa de su bolso. Trataba de mantener la vista al frente para no cruzarse con nadie, pero el destino parecía tener otros planes. Al aproximarse al ascensor que llevaba al área administrativa y a Recursos Humanos, dos figuras masculinas le cortaron involuntariamente el paso al salir de la cafetería privada del edificio.
Abner Bonneville vestía un traje a la medida que no lograba disimular el cansancio en sus facciones. A su lado caminaba Agustín, su amigo de la infancia y confidente de juergas, un donjuán de idéntica calaña que observaba el entorno con ligereza habitual.
Al divisar a Meridian, Abner se detuvo en seco. Los dos días de ausencia de Alya lo habían tenido al borde de un ataque de nervios, aunque intentaba disfrazarlo de simple fastidio operativo. Se adelantó dos pasos, interceptando a la joven.
—Meridian —la llamó Abner, con la voz cargada de una autoridad impostada que delataba su impaciencia—. ¿Dónde está Alya? Lleva dos días sin presentarse a su puesto de pasantía sin justificación formal.
Meridian se frenó en seco. Sintió un ramalazo de calor subirle por el cuello. Miró a Abner de arriba abajo, deteniéndose en la frialdad distante de sus ojos azules, los mismos que habían calumniado a su mejor amiga.
—No te interesa dónde está —respondió Meridian, con una voz tan cortante que hizo que Agustín alzara una ceja, sorprendido por el atrevimiento de una empleada junior.
Abner apretó la mandíbula, dando un paso más hacia ella.
—No juegues conmigo. Sé que viven juntas. Necesito saber si va a regresar o si simplemente decidió abandonar la pasantía.
Agustín soltó una risita burlona, dando un trago a su vaso de café de cartón antes de intervenir.
—Vamos, muchacha, déjate de rabietas dramáticas y dinos dónde se mete. Ni que Abner le hubiera pedido la luna. Solo es trabajo, dinos de una vez y nos ahorramos el numerito en el vestíbulo.
Las palabras de Agustín sonaron tan vacías, tan llenas de ese elitismo rancio que caracterizaba a los dos amigos, que a Meridian se le heló la sangre. Miró las puertas del ascensor de Recursos Humanos, que justo en ese instante se abrieron con un chasquido metálico.
Sin decir una sola palabra más, Meridian dio un paso atrás y entró al ascensor. Se giró para quedar de frente a ellos mientras presionaba el botón para cerrar las puertas.
Abner intentó dar un paso adelante para detener el cierre de la cabina.
—¡Meridian, responde!
Antes de que las hojas de metal se unieran por completo, Meridian levantó ambas manos con una lentitud calculada y les dedicó un dedo medio explícito y firme a cada uno. Su rostro permaneció completamente inexpresivo mientras la rendija de luz desaparecía, dejándolos plantados en medio del vestíbulo.
Agustín se quedó congelado con la sonrisa a medio borrar, parpadeando con incredulidad.
—Vaya... —murmuró Agustín, acomodándose el saco—. Esa amiga suya tiene un carácter de perros. ¿Qué demonios le hiciste a la pasante para que su entorno te trate así, Abner?
Abner se pasó la mano por la nuca, apretando los dientes con una frustración que amenazaba con desbordarse. El gesto de Meridian solo confirmaba que Alya le había contado todo a su amiga, y que la situación se le estaba escapando completamente de las manos.
—Tengo que encontrarla —soltó Abner en un murmullo denso, mirando fijamente la pantalla digital que marcaba el ascenso del elevador.
Editado: 31.08.2026