Mi pequeña Samaira

UNO

“El amor a primera vista es la melodía que resuena en el silencio de dos corazones que se reconocen sin haberse cruzado antes”.

—Atticus Poetry

Viviana Dawson

Unas caricias cariñosas me sacan de mi sueño tranquilo. Con lentitud, abro los ojos y bostezo. Vislumbro el motivo de mi despertar. Una sonrisa delinea mi cara adormilada.

—Buenos días, mami —dice mi pequeñita. Acaricio con dulzura su cabello, réplica exacta del mío.

—Mi ángel de cabellos rojizos, buenos días.

Abandono la suavidad de las sábanas y abrazo a mi pequeña. Dejo un beso en su cabello y nos quedamos abrazadas en un silencio perfecto. Cierro los ojos y saboreo este momento. Mi corazón late despacio; esta pequeña es mi refugio sereno. Sin ella, sucumbiría a un tornado de dolor sin tregua. Mi Samaira, mi todo.

Ella no estaba en mis planes, pero se convirtió en el renacimiento de mi alma.

—Mami, ¿cómo amaneciste?

—Mucho mejor ahora que te veo.

—Mami, quiero que me peines —rompo el contacto despacio y dejo un sonoro beso en su frente.

—Mamá te dejará bellísima…

Trenzo su cabello hasta la mitad y dejo una parte suelta de sus rizos rojos. Añado una cinta color crema entre sus dos coletas medio trenzadas. Mi princesita aplaude y me envía un beso a través del espejo. Río con encanto. Tocan la puerta.

—¡Pase! —grito.

La presencia de Tasha hace que Samaira salga corriendo.

—¡Pequeña de fuego!

—¡Tasha! ¡Tasha! —grita con felicidad mi ángel. Es muy apegada a Tasha, la enfermera de mi abuelo y mi tocaya pelirroja.

—Vengo por ti, Sama. Tu abuelito se niega a desayunar sin ti —dice mi tocaya de pelo, poniendo los ojos en blanco con dramatismo antes de reír—. No puedo con el señor Adrien.

—Ya voy, pero debemos esperar a mami también —comenta mi pequeña.

—Bien —Tasha enfoca su atención en mí—. Viviana Dawson, te agradecería que movieses ese trasero rápido. No voy a recalentar el desayuno frío…

Suelto una pequeña risa.

Dejo un beso en la frente de Samaira.

—Ve con Tasha, mi ángel. Mamá irá en un momento. —Samaira me da un besito en la barbilla y asiente con energía.

—No tardes, mami.

Le da la mano a Tasha, moviendo sus coletas de un lado a otro mientras parlotea emocionada sobre lo bonito que quedó su peinado.

Expulso el aire lentamente y me permito cerrar los ojos un segundo más. El pitido familiar de la alarma me obliga a abrirlos. Siento la ansiedad palpitar en mi estómago. Es hora de mi medicación, el ritual diario de pastillas para mantener a raya todas las secuelas de aquel maldito día.

“Es hora de ser feliz”, parpadea la alarma de mi reloj digital.

Una lágrima solitaria rueda hasta mis labios. “Feliz”. Esas cinco letras suenan como un cruel engaño en mi vida. No hay cabida para ellas. Sin embargo, mi pequeña Samaira es un punto y aparte. A su lado siento un calor distinto, aunque no me atreva a llamarlo felicidad. Suspiro, me acerco a la mesita de noche y saco la serie de pastillas.

—Puedes hacerlo —me susurro.

Las tomo una a una con un gran sorbo de agua y resoplo, agotada. Odio depender de estos fármacos para conseguir unas horas de tranquilidad. Dejo la botella en su lugar y me voy a asear.

Minutos después salgo a la cocina. Mi madre está entretenida frente al lavaplatos. Me acerco por detrás, la rodeo con mis brazos y le lleno la mejilla de besos.

—Mi preciosa, buenos días —me saluda con dulzura.

—Buenos días, mamá. Te amo —le susurro. No puedo dejar de recordarle cuánto la quiero, a la persona que ha sido mi soporte incondicional.

—Estos huevos tienen pimientos rojos, yo quería verdes —se queja mi abuelo con dramatismo desde el comedor.

—La próxima vez que pare, los hace usted —lo reta Tasha en un gruñido.

Mamá y yo cruzamos una mirada y reímos. Son las mismas “peleas” de siempre entre mi abuelito y su enfermera.

—Suficiente con usted, váyase con su nieta, que es la única que lo aguanta —dice Tasha.

—Abue, no molestes tanto a la pobre de mi tocaya pelirroja —bromeo, y le beso la mejilla arrugada varias veces al llegar a su lado.

—Padre Adrien es un poco exagerado, mi amor. De paso, te recomiendo no meterte en esas peleas —comenta mamá entre risas.

Toma asiento junto a mí y acaricia mi brazo. Por ahora no duele.

—Abuelito, los pimientos rojos son buenos porque tienen el color de mi cabello, como mi cabello. ¿Cómo no te van a gustar? Si los comes te vas a poner fuerte —sacude la cabeza, provocando que sus coletas bailen.

Mamá y Tasha se le quedan viendo enternecidas.

—Como diga mi fueguito —dice mi abuelo, pellizcándole la mejilla a su bisnieta—. No es por ti, Tasha. Te doy menos cinco estrellas. Que conste que estoy siendo generoso.




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