Mi pequeña Samaira

DOS

Viviana Dawson

La cabeza me pesa una tonelada. Un zumbido molesto me acompaña cuando intento abrir los ojos. Parpadeo varias veces; todo sigue borroso. Intento distinguir los rostros que me rodean. Las figuras altas a mi alrededor aparecen y desaparecen. Hago el esfuerzo de enfocar los rostros que me rodean, pero la visión se niega a cooperar. Intento recordar lo que ocurrió. Esa voz, ese rostro, esos ojos verdes. El aire abandona mis pulmones. No puede ser.

Cuando mi vista termina de enfocarse, reconozco el rostro fruncido de preocupación de Norah.

—Viviana. ¿Me escuchas? —indaga mi compañera angustiada.

Trago saliva audible. Obligó a mi cuerpo a enderezarse.

—Sí —miento en un susurro.

—Señorita Dawson, ¿estaba usted enferma o no se sentía bien cuando venía hacia la empresa? —pregunta genuinamente preocupado el señor Emmanuel.

Me detengo unos segundos antes de contestar.

Las mentiras nacen en mi garganta. El mismo discurso lo he dicho mil veces, hasta que yo misma me convenzo. Cuando alguien más allá de mi familia muestra preocupación, siempre recurro a él.

Estaba dentro de lo que sabía. Desperté con mi hija a mi lado. Con las risas de mi familia. Con las expectativas de la nueva era que se presentaría en Atlas.

Ahora, con este nuevo escenario, siento que estoy nadando en medio de un abismo. El pecho tenso. El aire no llega a mis pulmones.

Apoyo mis palmas temblorosas sobre mis rodillas. Hago un esfuerzo por sonar sincera.

—Está bien, señor. No se preocupe. Tal vez haya sido una baja de azúcar —digo sin levantar la vista.

Espero que nadie más allá de Norah me hubiera tocado.

—Lo mejor es que se vaya a casa —sugiere mi jefe.

—Gracias, señor Kavanaugh, pero puedo continuar trabajando.

Lo último que quiero es llegar a casa y dar explicaciones.

—Su salud es más importante que cualquier informe financiero —insiste.

—Dele espacio —pide Norah, dándome un leve masaje en los hombros—. Ella estará bien.

—¿La señorita necesita ayuda? —pregunta una tercera voz. Ese sonido me atraviesa como un cristal roto.

La reconozco donde sea.

Mi estómago se aprieta. Suelto un jadeo. Salto en mi silla y agarro la mano de Norah. Incluso le clavo las uñas en el brazo. Este hombre está aquí. Toda la pesadez se transforma en terror.

Me pesa el corazón. Alzó la vista del suelo. Lo veo detallándome con cautela. No carga esa mirada maliciosa que me persiguió durante un año en la universidad. Me llevo mi mano libre al cuello. Mis labios tiemblan. Aparto mi rostro a la pared.

¿Por qué está aquí? ¿No le es suficiente con atormentarme en mis pesadillas? ¿Se está burlando de mí con su falsa preocupación?

Una mano de Norah acaricia mi brazo.

—Señores, Kavanaugh, por favor, denos unos minutos.

Mi jefe asiente comprensivo.

—No duden en avisar cualquier cosa. Y, señorita, si decide retirarse o llamar a alguien para que venga a buscarla, no dude en hacerlo. Estaremos al pendiente.

—Señorita, estoy a su disposición. No dude en acudir a mí si necesita algo —dice mi destructor.

Cierro los ojos a la espera de que se vayan. No quiero verlo. Ese monstruo.

Al escuchar el pesado clic de la puerta al cerrarse, me desplomo en la silla.

—Viviana, ¿qué te sucede? ¿Quieres hablar?

—No, por favor. No me pasa nada. Tal vez fue un bajón de azúcar o estrés acumulado. Otras veces me ha pasado.

—Mira, no quiero presionarte, pero tú nunca habías reaccionado de esa manera.

Me paso una mano por el cabello hasta llegar al rostro.

Reconozco que estoy en una de las oficinas vacías. No me había detenido a verificar el lugar donde estoy. Es un espacio totalmente desamueblado. Intento que mis pulmones vuelvan a funcionar.

—Viviana, disculpa que me esté metiendo tanto, pero deberías hacerle caso al señor e irte a casa. ¿Quieres que llame a tu madre o a la enfermera de tu abuelo?

—Repito que no es necesario. Solo necesito unos minutos y volveré a mi trabajo. Tengo mucho que hacer y adelantar. Lo que me tumbó no fue nada. Por favor, no te preocupes tanto.

No pasó nada.

No tiene que preocuparse tanto por mí.

—Si me quieres ayudar, espérame en lo que voy al baño.

Sin esperar su respuesta. Me levanto despacio. Mis piernas me obedecen y entro al pequeño baño.

Cierro con seguro.

Azoto mi espalda contra la puerta.

Cierro la puerta y parpadeo en un intento destinado al fracaso de contener mis lágrimas.

El recuerdo de su olor hace que me lleve la mano a la boca y rompa a sollozar, permitiendo que las lágrimas que estaban presas abandonen mis ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.