Mi pequeña Samaira

TRES

Maverick Kavanaugh

¿Soy el presidente?

Cuando me marché de Edimburgo tenía una meta clara: dirigir Atlas. Nunca me escudé tras el poder de mi padre. Estudié y trabajé para demostrar que podía dirigir el imperio que formaron mis bisabuelos. Jamás alardeé de mi apellido. Durante mis años de estudio siempre esperé que me vieran por quien era. No quería vivir del nepotismo. A mi hermano. Michael encontraba una nueva forma de meterse en problemas cada semana. Por eso mi padre lo había enviado a una universidad bajo un nombre falso.

Mi hermano siempre ha visto a Atlas como una herencia.

Yo veía un legado que quería conservar con el mismo prestigio incluso veinte años después.

Mi padre me había enseñado desde niño, mientras me ayudaba a ordenar las colecciones de carritos que me compraba, que cada automóvil era una familia. Que aquí dentro dependían cientos de personas y que detrás de cada vehículo había historias. Padres llevando a sus hijos a la escuela, familias viajando juntas o personas socorriendo a un ser querido en una emergencia.

Me enseñó a verlo desde esa perspectiva. Por eso, para mí, la calidad siempre debía estar por encima del precio. Así que me ocupé de inmediato de los presupuestos, las estrategias y de organizar las reuniones de la semana.

Quería fusionar la empresa con nuevos socios tecnológicos para ampliar el área de producción sin reemplazar el trabajo humano. Abrir nuevas líneas de producción, mejorar las condiciones laborales y salariales, y también abrir una nueva sucursal en la ciudad donde estudié.

Mi padre llevaba años esperando el lanzamiento del próximo modelo: el Atlas OXI 2033.

Un automóvil moderno que combinaba tecnología de última generación con un sistema híbrido más amigable con el medio ambiente. Era uno de los proyectos en los que más ilusión había depositado.

Reviso mi agenda digital de la semana por tercera vez. La imagen de esa pelirroja deslomándose a mi llegada ocupaba mis pensamientos. La gerente financiera. ¿Qué le pasó?

Esa mirada que me dio antes de caer. Sus ojos parecían querer salirse de su delicado rostro. El terror que reflejaban seguía clavado en mi memoria. Suelo preocuparme por las personas, pero aquella mujer se había instalado en mis pensamientos de una forma extraña.

Cada vez que recordaba sus temblores, la forma en que se aferró a la mano de la subgerente o cómo cerró los ojos esperando que mi padre y yo abandonáramos la oficina, algo en mi pecho se tensaba.

No lograba sacármela de la cabeza. No dejaba de darle vueltas al asunto. Cada teoría que formulaba me parecía más absurda que la anterior.

¿Por qué me inquietaba tanto? No me debía ninguna explicación. Quizá tuvo una mala impresión. Quizá me confundió con alguien más. ¿O acaso la conocía de algún lugar y no lo recordaba? Lo dudaba. Siempre tuve buena memoria. Y estaba seguro de que jamás había visto a esa mujer en mi vida.

Espero que esté bien.

No.

Le deseo que esté bien.

Despego los ojos de la tableta, aprieto los labios y dirijo la vista hacia la panorámica de mi oficina.

Me quedo estático más tiempo del debido.

Salgo de mi ensimismamiento cuando tocan la puerta de caoba de mi oficina.

—Pase —ordeno con suavidad.

La figura de Susan, vestida con un traje beige impecable, entra al despacho. Fue asistente de papá. Ahora será mía. Quiero conservarla. Es eficiente en su trabajo.

—Buenos días, señor Kavanaugh. Tuve un inconveniente familiar, por eso no pude recibirlo antes, pero supongo que su padre ya le informó.

—Sí, Susan. No te preocupes. Espero que el asunto con tu sobrina esté bien.

—Claro que sí, señor —asiente junto a una leve sonrisa—. Gracias por preguntar.

Se acerca a mi escritorio con una carpeta y una tableta en las manos. Le hago una señal para que tome asiento.

—Vengo a traerle la agenda de la semana. Su padre también dejó dicho que reprogramara la reunión con los gerentes, pero que primero hablaría con los directores generales.

—No te preocupes. Mejor, cancélala. Me reuniré personalmente con cada uno de ellos.

Susan arquea ligeramente las cejas.

—¿Personalmente, señor?

—Sí. Quiero conocerlos de forma individual. Me parece mejor que una reunión general. Los iré llamando uno por uno.

—De acuerdo, señor. Si así lo prefiere, le enviaré por correo los informes, los balances financieros, su agenda y las próximas reuniones —informa.

Asiento. Tomo los documentos que me facilita. Los dejo ordenados cerca de mi tableta.

—Perfecto. Muchas gracias.

—Dentro de media hora tiene programada una reunión con el equipo encargado de la reestructuración del nuevo modelo —me comunica mientras teclea algo en su tableta.

Nos ponemos de acuerdo con la agenda de la semana. Iba a empezar de inmediato con las conversaciones individuales con los directores y los gerentes. Y la primera en mi lista era ella. Es casi automático. No he dejado de pensar en la pelirroja. No está bien de mi parte. Solo que hay algo en ella que no logro definir. ¿Intrigante?




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