Viviana Dawson
Cuando cruzo el umbral de la puerta decmi casa todavía traigo el corazón pesado, a punto de reventarme por la garganta. A pesar del clic que hace la puerta al cerrarse, salto un poco en mi lugar. Tiemblo, mientras trago saliva con dificultad.
Recuesto mi espalda adolorida contra la madera. Cierro los ojos y me paso la mano por la cara unas tres veces.
Hoy fue el peor día de mi vida.
Encontrarme con el sujeto que me destrozó la existencia no se compara ni con los ataques de ansiedad ni con los dolores recurrentes en mi brazo fracturado. Tuve que pasar el día escondiéndome. Igual que una vil ladrona. En mi propio trabajo. En un espacio que consideraba seguro. Un lugar donde creía que podía caminar sin temor.
—¡Mami! ¡Al fin llegaste! —grita Sama alegre.
Me espabilo un poco y fuerzo una sonrisa para mi pequeña. Me agacho para recibirla. No me atrevo a alzarla. Es suficiente para que mi corazón duela. Hay días en los que ni siquiera consigo cargarla. Y ese es un peso que odio llevar.
No es suficiente con los recuerdos que me atosigan. También está el daño real que vive debajo de mi piel. Mis tendones fuera de su lugar. Las secuelas que me recuerdan que aquella noche existió incluso cuando intento olvidarla.
—Mi ángel —digo, dándole un pequeño beso en el cabello—. ¿Te portaste bien con la abuela?
—Sí, mamá. Como todos los días. Le puedes preguntar y no te va a dar ni una sola quejita mía —una sonrisa amenaza con escaparse de mis labios—. ¿Tú cómo estás? ¿Te fue bien en el trabajo importante?
No horrible
Vociferó por dentro
Me muerdo el labio inferior. Por dentro, las entrañas me arden. Aun así, me mantengo impasible. Aclaro mi garganta en un intento de que mi voz no salga débil.
—Sí, amor. Todo bien. Un poco cansada. ¿Ya cenaste?
—No. Te estaba esperando para que me dieras un baño.
Bajo la mirada.
Me tomo unos segundos para encontrar las palabras adecuadas.
—Cariño, ¿le puedes decir a tu abuela que te bañe? Lo que pasa es que mamá está un poco cansada hoy. Tuve mucho trabajo y todavía tengo que adelantar algunas cosas.
Veo el pequeño destello de tristeza en sus ojos azules. Me maldigo por dentro. Aun así, mi niña se recompone con su típica sonrisa.
—Claro que sí, mami. Igual los baños con la abuela son súper divertidos. Ella me canta o me cuenta historias de sirenas. Tú ve a descansar. Luego iré a hacerte compañía.
La abrazo un poco más fuerte.
—Dame unos minutos. Tú báñate con la abuela. Yo voy a preparar la cena.
—Que, por cierto, ¿dónde está?
—En el cuarto doblando ropa. El abuelito y Tasha están en su habitación haciendo cosas de adultos médicas.
Una risa cansada amenaza con escapárseme. Revuelvo su cabello.
—Ve, cariño. Avísale a la abuela que ya llegué y que saldré en un rato.
—Sí, mamá.
Antes de irse, regresa sobre sus pasos y me da un abrazo tan fuerte como sus pequeños brazos le permiten. Contengo el aliento. Mis ojos se precipitan de lágrimas. Esta vez no son por angustia. Ni por miedo. Ni dolor. Son por mi ángel. Por este pequeño instante de felicidad que siempre encuentra la forma de regalarme.
Cuando se retira, no pierdo tiempo en encerrarme en mi habitación. Todo está más oscuro que en cualquier otra parte de la casa.
Empiezo a caminar hasta mi habitación. Suelto la cartera en el suelo con un golpe pesado. Mis piernas se sienten como si estuvieran hechas de plomo. Poco a poco me derrumbo junto a la cama. Me aferro al colchón, arrugando las sábanas entre los dedos. Cierro los ojos e intento llenar mis pulmones.
Inspiro. Otra vez. Y otra. El aire no llega. Mientras más lo intento, más me ahogo. Me llevo una mano al pecho. Parece que algo dentro de mí se hubiera roto. Mi corazón azota tan fuerte que siento que en cualquier momento escapará de mi pecho.
Aprieto la cabeza con ambas manos. El aire se ha vuelto irrespirable. Intento hacer el menor ruido posible. No quiero llamar la atención. Mi familia no debe saberlo. Me repito un mantra una y otra vez.
No está pasando nada.
No estás en esa noche.
No está pasando nada.
No estás en esa noche.
No está pasando nada.
No estás en esa noche.
Quiero que esas palabras funcionen como un ansiolítico. Como una barrera. Como algo capaz de mantenerme a salvo. Pero no funciona. Mi habitación parece palpitar al ritmo de mi corazón. Las paredes se inclinan sobre mí.
Como si fueran a derrumbarse. Apoyo la cabeza sobre mi brazo lastimado. Cientos de voces llegan a mis oídos. Altas. Bajas. Desordenadas. Intento concentrarme en mi respiración. En algo.
En cualquier cosa. Miro la lámpara de mi cuarto. Por un instante parece moverse sola. Me voy a desmayar. Me va a dar un infarto. Aprieto los ojos con fuerza intentando contener el temblor. Tengo que aguantar. Tengo que hacerlo. No voy a morir. No ahora.
#38 en Novela contemporánea
#61 en Novela romántica
romance drama amor, madre soltera jefe empleada, niña tierna lazos de familia amor
Editado: 30.06.2026