Mi pequeña Samaira

SEIS

Samaira Dawson

Tarareo una canción mientras saco a pasear al señor Roco por la oficina de mami. Le doy un pequeño tour.

—Bueno, señor Roco, hemos hecho una parada en la estación de bebidas frías.

Saco un juguito de piña. Bebo hasta la mitad. Hay que dejar para el almuerzo. ¿Será que le puedo pedir a mami que compre pollito con papitas? Es que me va a consentir trayéndome algo dulce. Entonces, bueno con una ensaladita hacemos equilibrio.

¿Cómo es que le dice la gente que hace ejercicio en esas máquinas?

Creo que empieza con "f".

Ay.

Qué mala memoria de pollito tengo.

Saco mi libro de cuentos, acomodo al señor Roco con su mini mantita y empiezo a leer sentada como una mariposita, de esas que tanto le gustan a mami. Hace mucho que no vamos al zoológico a ver las mariposas. Sería bonito volver. Tan bonito como cuando mami se quedó muchos días en casa.

Ay, eso fue emocionante. Jugó conmigo. Me peinó. Me cantó canciones para dormir. Pasamos ratos en el jardín sembrando flores. Hicimos bizcochos con la abuela. Ojalá se repita. Bueno no tan pronto.

Mamá tiene responsabilidades de adulto. Lo mejor fue que durante esos días no la vi tan triste. Triste no es lo mismo que cansada. Tendré memoria de pollito, pero sé que esas dos cosas son diferentes. Cuando voy por la mitad del cuento, me atacan las ganas de ir al baño. Dejo al señor Roco a un lado.

Busco la sillita especial que mami tiene para mí y me subo para alcanzar la manija. La giro. No abre. Lo intento otra vez. Nada. Hago un puchero. Vuelvo a girarla varias veces. Sigue sin abrir.

Ay, Dios.

¿Y ahora qué hago?

Necesito ir al baño.

Si no voy, me puedo enfermar, como la señora Pattyson. Ay, no, que feo. Estoy muy chiquita para enfermarme. Pero mami me dijo que no saliera. Me bajo de la silla, me siento en el suelo y empiezo a rascarme la cabeza.

¿Y si salgo?

¿Y si no salgo?

No quiero que me castiguen. Además, no quiero perder mi racha de niña bien portada. Me gusta mucho cuando dicen cosas bonitas de mí. Empiezo a mover los piecitos de un lado a otro.

A ver, Samaira. Piensa. Piensa en un plan infalible. Creo que puedo darme una escapadita y volver enseguida. Mami ni se dará cuenta. Eso haré. Iré al baño y regresaré rapidito. Tengo que ir a buscar a Norah. Aunque, espérate. Tampoco quiero molestarla. Ella también está trabajando. Y siempre vengo aquí con la condición de no distraer a los adultos cuando hacen sus cosas. Yo puedo ir solita.

Sé dónde está el baño. No me voy a perder. Eso espero. No quiero darle otro dolor de cabeza a mi mami.

Abro la puerta despacito, como si estuviera a punto de descubrir un tesoro. Miro de aquí para allá como toda una espía profesional.

¡Genial!

No hay moros en la costa. Salgo de puntillas buscando el baño. Por suerte, logro encontrarlo. Tengo que dar unos saltitos para alcanzar la manija. Ay. Aunque ya no tengo tres años, sigo siendo un Oompa Loompa. No alcanzo bien las cosas. No me gusta ser tan chiquita.

Sigo saltando hasta que, por fin, la puerta se abre. Cuando termino, me lavo las manos subiéndome como puedo al lavamanos. Después salgo. Me quedo un momento con un dedito sobre la barbilla.

Intento recordar por dónde vine. También ayuda que dejé una que otra huellita con mis zapatos. Espero que nadie se dé cuenta. Traía un poquito de lodo y, sin querer queriendo, terminé haciendo un mapa explorador. Algunas personas pasan y me miran con curiosidad.

Otras me saludan porque me reconocen. Yo les sonrío a todos por igual. No importa si me miran bien o si me miran raro.

Todos merecen una sonrisa.

¿Quién sabe? Tal vez alguno está teniendo un día feo y la sonrisa de un angelito, como yo, lo anima un poquito. Antes de llegar a la oficina, un jarrón grandote llama mi atención.

¡Qué bonito!

¿Y a quién se le ocurrió ponerlo ahí? Espero que nadie venga distraído y se tropiece. Y hablando de distraídos.

¡Auch!

Choco con alguien y me doy un golpecito en la cabeza. Alzo la vista. Parpadeo. Creo que acabo de encontrar a un príncipe.

¡Guau!

Qué guapo.

Obvio que es un príncipe, es alto como uno, huele como príncipe, tiene traje brillante de príncipe y sus zapatos parecen espejos.

—Perdón, pequeña. —Se agacha a mi altura—. ¿Estás bien? ¿Te dolió?

—Poquito. —Sonrío—. A los ángeles casi no nos duele nada.

El príncipe se ríe.

—¿Y qué haces aquí solita? ¿Dónde están tus padres?

Me acerco como si fuera a contarle un secreto muy importante.

—Es que me escapé de mami porque quería ir al baño. No se lo digas, ¿sí?

Vuelve a reírse mientras me acaricia el cabello. Su mano se siente tan suave como un algodón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.