Mi pequeña Samaira

SIETE

Viviana Dawson

La imagen de Samaira junto a ese hombre sigue nítida dentro de mi mente, a pesar de que han pasado varios días. La inquietud y la sospecha de que pueda creer que ella es su hija continúan martillándome con una insistencia feroz.

La parte más consciente de mí sigue gritándome que eso es imposible. Si un hombre de su calaña hubiera sospechado algo, ya habría hecho cualquier movimiento para hacérmelo saber.

Samaira es demasiado habladora. Me habría contado cualquier cosa extraña sobre la conversación que tuvo con ese sujeto. Al contrario, solo habló de la gentileza con la que la trató. Una que no me creería ni en mil años.

Mis paranoias siguen haciéndome eco, manteniéndome en un estado de alerta constante, vigilando cada detalle. Y más ahora que sabe de la existencia de Samaira. Si antes no la conocía, ahora no sé de qué sería capaz.

No debí llevarla.

Aunque tampoco tenía otra opción.

Lo mejor será que no vuelva a Atlas.

Lo peor es que sé que eso también es inevitable.

Mi abuelo pasa horas en consultas médicas, y mi madre debe atender la pastelería. No confío en niñeras. Mi hija solo será cuidada por mí, por mi familia o por alguien de mi absoluta confianza.

Nadie más tiene derecho a quedarse a solas con ella.

—Vivi, ¿te sientes bien? —La voz de Tasha me arranca de mis pensamientos—. Llevo un buen rato hablando te de Gael y ni siquiera me has respondido.

Bajo la vista. La lata de refresco, ya tibia, sigue reposando entre mis manos, todavía sellada. Ni siquiera recuerdo en qué momento dejé de prestarle atención a todo lo que ocurría a mi alrededor.

—¿Qué me decías de tu novio? —pregunto, dándole una rápida vista a mi hija y a mi abuelo, que juegan en medio del parque al que hemos venido.

Es mi parque favorito.

El azul del cielo se funde con las copas de los árboles. El olor a césped recién cortado, que el ayuntamiento siempre mantiene impecable, se mezcla con el perfume de las flores silvestres sembradas por unas dulces ancianitas de la iglesia vecina. Algunos niños vuelan cometas mientras varias madres conversan sentadas en los bancos pintados de negro.

Mi abuelo finge ser un dragón que persigue a Samaira. Ella corre entre risas abrazando a su amado conejito, el señor Mancha.

—Mejor olvídalo. Mejor dime qué te pasa —afirma—. Y cuidado con decirme que nada. Conozco la diferencia entre el estrés del trabajo y el de algo personal. No me mientas.

Dejo la lata de refresco a un lado y recuesto la espalda contra el banco. Trago saliva mientras mi pie izquierdo no deja de moverse de arriba abajo.

¿Qué me pasa?

Es difícil resumirlo en unas cuantas palabras. Siento que me perdí. Aunque jamás se lo diría en voz alta a mi amiga.

—No es nada, Tasha. Cosas mías.

—Viviana, ya puedes dejar de ser tan terca y hablar de lo que sientes. Ocultarte no te hace bien. No ganas nada cargando todo tú sola.

—Lo que quiero es que dejes de preguntar. Sabiendo que tendrás dos posibles respuestas —la veo fruncir el ceño—. Puedo decirte que estoy bien. También puedo decirte que no lo estoy. ¿Hace alguna diferencia? Digamos que sigo viva.

Doy una rápida la mirada hacia Samaira, que continúa riendo mientras escapa de mi abuelo. Es suficiente para mantener mi corazón tranquilo.

—Y es por mi ángel.

Escucha mi amiga suspirar fuerte.

—Amiga, conmigo no funciona ese tonito. Te recuerdo que soy enfermera y lidio con personas mucho más difíciles que tú. Y más por mis tatuajes, ya lo sabes bien. Podemos quedarnos aquí todo el día. Tu hija y el señor Adrián están muy entretenidos. Y, por si acaso, no soy la señora Elena.

Mi estómago empieza a palpitar.

—No tengo ganas de hablar.

—Sí tienes. Lo que no tienes son ganas de admitir lo que te está pasando.

Enfoco mi atención en ella. Su expresión es seria, aunque sus ojos siguen siendo cálidos. No puedo suavizarla con una broma que no hago hace años, ni cambiar el rumbo de la conversación. Todos parecen empeñados en encontrar una grieta por donde entrar. Y yo no quiero abrir ninguna.

—Respeta mi decisión.

—Viviana, yo respeto tus decisiones. Tú eres la que no se está respetando a sí misma guardándose todo. Tienes muchas personas que te queremos ayudar. Y no me salgas con esa basura de que no quieres dar lástima. Te conozco demasiado bien.

Por eso muchas veces no me gusta hablar de estos temas con ella. No entiendo cómo descifra tan rápido a las personas. Supongo que será ese ojo clínico que le dieron tantos años de estudio. O tal vez me conocía mejor que yo.

Esta última me da miedo.

Me quedo suspendida en un silencio largo. No quiero hablar. A veces me gusta fingir que lo que me pasó no es una realidad. Decirlo en voz alta es volver a vivirlo. A pesar del silencio, sigo percibiendo las risas de mi niña. Ríe con una felicidad que ya no recuerdo cómo se siente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.