Maverick Kavanaugh
Cierro la puerta con el pie, traigo ambas manos ocupadas, con carpetas y mi maletín que dejo junto al recibidor. El silencio del chalet está relajante después del bullicio de Atlas. Dejo reposar las carpetas sobre la mesita de cristal y aflojo el nudo de mi corbata mientras camino hacia la cocina. La luz escálida cae directamente sobre mí mientras voy a la nevera a sacar una pequeña botellita de agua mineral.
El aroma a café y a madera flota en el aire, relajándome los nudos de tensión que me ha dejado todos estos días de trabajo. Me acerco al enorme ventanal de fondo para contemplar el jardín unos minutos, mientras va entrando la noche.
Viviana.
Ese nombre sigue flotando en mi cabeza, como un recuerdo agradable de hace siglos. Paso una mano por mi cabello, desordenándolo todavía más. Todo en esa mujer me grita que debo acercarme, conocerla un poco más.
Solo que sus ojos azules, cargados de un miedo que no alcanzo a comprender, también me están diciendo que me mantenga lejos. Y esa contradicción me tiene completamente confundido. Me descubro en la oficina releyendo el mismo documento por tercera vez. Mi mente divaga una y otra vez, intentando encontrar una explicación a sus reacciones.
No la encuentro.
Si hubiéramos compartido algo en el pasado, lo recordaría. Estoy seguro de ello.
Es la primera vez que veo a esa mujer en mi vida.
Y también la primera vez, después de tantas relaciones fallidas, que alguien consigue despertar un interés tan genuino en mí. Quizá sea demasiado pronto para llegar a esa conclusión. Pero hay algo en ella. Algo que consigue colarse en mis pensamientos sin pedirlo.
Quisiera entenderla. Sin embargo, dudo que una mujer que me mira con tanto temor quiera abrirme una sola puerta de su vida. Y lo último que deseo es convertirme en un invasor. Su espacio le pertenece. Yo no tengo derecho a irrumpir en él con acercamientos que ella jamás me ha pedido.
Quisiera entender, de verdad, qué es lo que hay de malo en mí o qué le hice para pedirle disculpas.
El sonido del timbre me saca de mis pensamientos.
Me acerco y veo por el videoportero que es papá. Sonrío antes de abrirle.
—Papá, qué sorpresa verte por aquí —digo, dándole un abrazo.
—Pensé que podrías comer un poco de pasta italiana con tu viejo, si no te molesta.
—¿Qué cosas dices, papá? Por supuesto que nunca molestas. Pasa —me hago a un lado para dejarlo entrar—. Adelante, ponte cómodo si gustas podemos ver un partido de la NBA.
Me quito el saco para estar más cómodo.
El delicioso olor a pasta inunda la sala. No puedo evitar que mi estómago ruja. Papá recuerda muy bien de qué restaurante era que más me gustaba la comida italiana.
—Siento que no he estado muy disponible, hijo. Sabes que con el asunto de transferirte la presidencia y resolver algunos asuntos en casa, se me ha hecho complicado —dice mientras empieza a servir para ambos.
—No entiendo, papá. No pasa nada. Además, has estado muy pendiente por medio de tu antigua secretaria. Debes descansar. ¿Ya te estás encargando de tu jardín?
Mi padre sonríe. Las patas de gallo se le marcan alrededor de los ojos.
—Por supuesto, hijo mío. Sabes que era una de las cosas que más quería: retirarme para concentrarme en mi jardín, leer mis libros y ver cuándo puedo darme unas merecidas vacaciones. No recuerdo la última vez que lo hice.
—Por favor, hazlo. Sabes que es una de las cosas que más te he pedido y nunca me haces caso.
Niego divertido.
—En unos días iré a ayudarte, si no te molesta, a sembrar esas gardenias que sé que tanto te gustan.
—No es necesario, hijo. Tienes que atender muchos asuntos en Atlas. Además, conociéndote, sé que no vas a tomarte un descanso en todo este tiempo. Por esas carpetas —las señala—, sé que te estás trayendo el trabajo a casa. Recuerda que también tienes que descansar.
—Ahora no puedo enfocarme en descansar, papá. Asumí un cargo y mi deber es dar el todo por el todo. Quizá, dentro de un tiempo, pueda darme ese descanso del que hablas. Además, no me molesta ayudarte. Serán unas cuantas horas. Así también me distraigo.
Seguimos comiendo.
Busco el control para poner el partido de la NBA que dejé grabado.
—Por cierto, hijo —dice papá mientras se limpia con una servilleta—, ¿has tenido algún inconveniente en la empresa? ¿Todo bien con los empleados? Sabes que puedes decírmelo.
—De momento sí. He tenido un recibimiento grato. Sé que todos estaban a la expectativa, más por los rumores de mi llegada. Pero no te preocupes, no he tenido inconvenientes con nadie. Todos han sido muy profesionales. Si surge alguna queja, te lo haré saber, aunque prefiero resolverla yo mismo.
De inmediato, la cabellera roja de la gerente financiera invade mis pensamientos. No voy a comentarle eso a papá. Sonaría imprudente. Sé que esa empleada es una de sus protegidas y, si la saco en cada conversación que tengamos, voy a parecer invasivo.
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Editado: 22.07.2026