Mi pequeña Samaira

NUEVE

Viviana Dawson

Pasado

Muero por un café. Entre trabajos, exposiciones y tareas hace semanas que no duermo como debería. Cruzo la calle con cuidado y entro a la cafetería del señor Samuel. Es un hombre muy amable y prepara el mejor café de toda la zona. El de la universidad sabe tan mal que prefiero caminar unos minutos más antes que volver a probarlo.

Empujo la puerta de cristal y me adentro en el pequeño local, pintado de color crema. A esa hora apenas hay clientes. El olor a café recién hecho y pan dulce consigue relajarme un poco.

—Buenas tardes, Samuel.

—Buenas tardes, señorita Vivi —responde con la sonrisa cálida que siempre lo caracteriza—. ¿Lo de costumbre?

Asiento.

—Sí, por favor.

Mientras espero, la puerta vuelve a abrirse. No necesito mirar enseguida. Primero escucho unos pasos firmes acercándose y, después, el aroma de una colonia elegante invade el ambiente.

—Tú. Un café sin azúcar. Rápido. No tengo todo el díam—señala grosero al señor Samuel.

Esa voz. Levanto apenas la vista. No es la primera vez que veo ese rostro. Me lo he cruzado varias veces por los pasillos de la universidad. Siempre de lejos. Nunca intercambiamos una palabra. Ni siquiera sé si es estudiante, profesor, algún investigador o simplemente alguien que trabaja aquí. Lo único que tengo claro es que, más de una vez, al alzar la cabeza, me lo he encontrado observándome.

Nunca le di demasiada importancia. Al fin y al cabo, la universidad está llena de personas que uno termina reconociendo de tanto cruzárselas. Sin embargo, verlo tan cerca resulta distinto.

No aparenta muchos años más que yo. Lleva un traje gris impecable, demasiado formal para el ambiente universitario. Pero no es su ropa lo que llama mi atención.

Son sus ojos. No logro leer absolutamente nada en ellos. No hay molestia. No hay impaciencia. No hay una emoción que me permita interpretar lo que piensa. Eso me inquieta. Aparto la vista hacia la vitrina de los pasteles.

—Lo siento, señor —dice Samuel con evidente incomodidad.

—¿Es sordo? Muévase con mi pedido.

Me encojo en mi lugar.

—Disculpe, señor. La joven llegó primero.

—¿Y eso qué me importa?

Qué desagradable. Ni que fuera una celebridad para creer que todos deben atenderlo antes que a los demás.

—Señor Samuel, mientras prepara mi café —digo con propiedad ignorando a ese maleducado—, ¿me puede buscar una dona de chocolate?

—Tengo que ponerle el glaseado, nena —le dedico mi mejor cara de cachorro—. Está bien, espéreme un momento, por favor.

—No puedo esperar. Vaya de una vez —así rl desconocido golpeando el mostrador.

La paciencia se me termina. Lo encaro, siento que el corazón me late con una fuerza anormal.

—Mire usted, desesperado de pacotilla. Espere su turno como cualquier persona. Si dejó carne en el fuego, no debió venir. Y si el rey no puede esperar, siempre puede ir a otro lugar. Pero, sobre todo, respete al señor Samuel.

Por primera vez consigue que lo mire de frente. No responde. Simplemente me observa. Con demasiada atención. Una que vuelve a provocarme la misma sensación que cada vez que me lo cruzo en la universidad. Como si intentara descifrarme. Nunca me ha gustado que la gente me mire de esa forma.

Me preparo para recibir un insulto. En cambio, habla con la misma calma de antes.

—Atienda primero a la señorita.

Parpadeo. No era la respuesta que esperaba. Samuel me dedica una sonrisa agradecida antes de desaparecer hacia la cocina. Mientras aguardo mi pedido, noto de reojo que ese hombre continúa allí. No habla. No protesta. No hace absolutamente nada.

Solo permanece de pie. Mirándome. No sé explicar por qué, pero deseo que Samuel vuelva cuanto antes con mi café. Al cabo de un minuto regresa con la bebida y la dona.

—Aquí tiene, mi niña. Que lo disfrute.

—Muchas gracias —busco el dinero en el bolsillo interior del bolso.

—Yo lo pago.

Levanto la vista hacia el desconocido.

El gesto podría parecer amable.

Pero la forma en que lo dice hace que suene más como una orden que como un ofrecimiento.

—Gracias, pero puedo pagar mis cosas —dejo el dinero sobre el mostrador.

—Le dije que lo pagaré —suena más a una orden, que a una gratitud genuina.

Toma los billetes y me los extiende.

¿Qué problema tiene este hombre con aceptar un "no"?

Respiro hondo antes de volverme hacia Samuel.

—Señor Samuel, por favor, asegúrese de cobrarme a mí. Si hoy no puede hacerlo, mañana regreso y le pago.




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