Maverick Kavanaugh
—Le voy a pedir que no vuelva entrar a mi oficina de ese modo, señor. Ahí está mi secretaria, puede dejar cualquier recado con ella —espeta, dándose la vuelta hacia su escritorio.
La noto pálida, con rastros de lágrimas frescas. El cuerpo tenso, por la manera en que aprieta la mandíbula. No me da ni una mirada mientras saca unas toallas húmedas, con las que disimula limpiar su rostro cuando, en verdad, son sus mejillas y ojos con líneas rojizas.
—Le reitero mis disculpas, señorita Dawson. No fue mi intención que me hallara en su oficina de este modo. Lo siento. Lo que tengo que tratar raya en lo personal —justifico, sin atreverme a tomar asiento—. Necesito saber qué fue lo que le hice. Hay que arreglar cualquier inconveniente aquí y ahora.
—No tengo nada de qué hablar con usted, de algo que conoce a la perfección —tira la toalla húmeda que antes usa y empieza a teclear en su computadora rápidamente.
Me acerco un poco. Lo suficiente para que entienda que no pretendo irme de aquí sin arreglar lo que sea que está pasando. La otra parte es para que entienda que no soy una amenaza invasiva.
—Señorita, no entiendo, desconozco de qué me acusa.
—Hacerse el desentendido no le queda, señor —dice sin mirarme todavía. Sus dedos se mueven más rápido sobre el teclado—. Retírese de mi oficina, por favor. Tengo trabajo.
Suspiro. No me gusta recurrir a estas técnicas, a cierto abuso de poder. No queda de otra. Es una mujer obstinada.
—Le ordeno que deje lo que está haciendo. Póngame atención. Responda a mi pregunta.
De golpe, su mano cae sobre el teclado. El impacto hace que el portalapiceros caiga y termine en el suelo, junto con un portarretrato y el gafete que dice su nombre. Veo cómo arrastra las manos y cómo sus uñas se clavan sobre la madera mientras su cuerpo se sacude en temblores. Cuando intento acercarme, levanta la vista. Sus iris tienen un tono lagrimoso y dilatado, dándome a entender que no me atreva a dar un paso más. Levanto las manos en señal de que no le voy a hacer nada.
—Usted no puede obligarme —balbucea—, haciendo uso de que es el presidente. Así como lo hizo... —se calla de golpe, llevándose una mano a la frente mientras niega.
—¿Cómo? ¿Qué hice? Hable, aquí no hay nadie. Necesito que me explique y entenderla.
—Lo único que necesita entender usted, es que me deje tranquila. Déjeme hacer mi trabajo —suena más a una súplica que a una petición—. Señor, salga de aquí —dice e intenta controlar sus temblores—. No tengo nada que hablar con usted de algo que ya sabe. ¿Para qué?
¿Acaso tuve un accidente donde perdí la memoria? ¿Alguna vez la vi durante mi juventud? Es imposible que no pueda recordar a alguien como ella. A no ser que... ¿Michael? Sacudo la cabeza. Es probable que lo esté confundiendo conmigo.
No sería la primera vez que mi hermano se hace pasar por mí. De niño, rompió un comedero de aves con su pelota y dijo que fui yo. Cuando tiene unos quince años, empujó a la carretera a una de nuestras vecinas mayores. Tomaba ropa de mi clóset y se ponía mi colonia para culparme. Hay varios casos en los que se hace pasar por mí. Por eso, papá lo envió con un nombre falso a aquella universidad, para que no se pase de listo. Aunque, pensándolo bien, cuando estuve en Edimburgo, me faltaba uno de mis perfumes favoritos. Creo que es él quien se lo llevo.
No me atrevo a preguntarle si conoce a mi hermano. Mi gemelo es un tema difícil que mantenemos a raya en la familia. Apenas nos estamos conociendo. También siento que no me creería si le cuento mi parentesco.
—¿Qué hace todavía aquí? Entiendo mi lugar, mi posición. Usted está por encima de mí por ser el dueño de Atlas. No voy a hablar de lo sucedido. Me voy a olvidar de ello. ¿Contento?
—¿De qué habla? Dígame qué pasó. No me evada. Dígame a la cara qué hice.
—¿Quiere burlarse? —pregunta con amargura—. Por eso quiere que lo repita. No lo voy a hacer. No le voy a volver a dar el gusto.
—¿Burlarme? Vengo a aclarar las cosas con usted. No podemos estar en esta situación, trabajando con esta tensión. No le va a servir ni a usted ni a mí. Los empleados lo van a notar. Mejor dicho, ya lo están notando. Si esto no se aclara, aquí todo va a empeorar, y es lo que quiero evitar. Sea más sincera, no le haré nada. No la voy a despedir —declaro en un intento de persuadirla.
No es justo ser acusado de algo que no recuerdo, menos si no lo hice. Y ella está tan cerrada, ha levantado un muro tan elevado entre nosotros que es difícil ver la mínima grieta. No puedo descifrarla más allá de su nerviosismo, sus palabras entrecortadas y sus ojos, que cuando no destellan enojo, reflejan odio o miedo.
Juro que no estoy intentando manipularla. Es curiosidad por saber cómo defenderme.
—Señor Kavanaugh, si usted se quiere hacer el desentendido, el de la vista ciega o el amnésico, son sus problemas, no los míos. ¿Por qué tengo yo que recordarle el monstruo que es usted cuando sabe bien lo que hizo? Lo único que le estoy pidiendo es que me deje hacer mi trabajo. Olvídese de mí, hay más empleados. Yo cumpliré, como siempre lo hago, en Atlas. Esta situación ya se me está haciendo difícil, sabiendo que está usted aquí, que tengo que verle la cara todos los días. No me atosigue. Consiguió lo que quería. ¿Acaso no le fue suficiente?
Paso la mano por mi rostro. Un malestar se acrecienta dentro de mi pecho. Empiezo a caminar de aquí para allá, en un intento de que los engranes de mi cabeza se alineen. ¿Un monstruo? No doy crédito. Para ella soy la personificación de una bestia sin escrúpulos. ¿Pero por qué? Los pensamientos empiezan a direccionarse a mí gemelo.
—¿Pero de qué habla? ¿Fue mi novia y le rompí el corazón? ¿Le fui infiel? ¿La obligué a hacer algo que no quería?
Aparta la cara. Aspira una bocanada profunda de aire, pero los temblores vuelven a apoderarse de su cuerpo con más intensidad.
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Editado: 22.07.2026