Viviana Dawson
—Convivo con él todos los días desde hace semanas —musito, perdida en la pintura blanca del techo.
—¿Cuando dices que convives con él, a qué te refieres? ¿Qué significa? —indaga Maggie, con su bolígrafo negro listo para descifrar el sentido detrás de mis penas, aunque sean unas pocas palabras.
Se acomoda, inclinándose un poco hacia el lado contrario del asiento. Mantiene el contacto visual a pesar de lo esquivo que soy, más de lo que puedo contar en unos segundos del reloj silencioso de la pared. Muevo el rostro, dándole una mirada a la caja de pañuelos que reposa fuera del alcance de mi brazo. La necesitaré hoy, como en las demás sesiones. Solo los minutos serán los dictadores.
—Está en mi trabajo —trago saliva—. Él es...
Cierro los ojos un momento. Me cuesta respirar. Inhalo despacio en un intento no dar un espectáculo en plena sesión. Luego recomponerme apenas.
—Calma, Viviana, no te esfuerces.
Me atrevo a tomar la manta doblada sobre el respaldo del sillón. Me cubro del aire acondicionado.
—Desde que entraste te noté distinta, Viviana. Tu expresión me dice que traes algo importante. En las últimas sesiones también hemos avanzado mucho. No te esfuerces; noto que te está costando revelarme qué es. ¿Qué ha pasado desde la última vez?
—Maggie, me gustaría decirte lo que es. Solo te pido discreción.
—No quiero forzarte. ¿Estás segura?
Asiento, arropándome más con la manta. A pesar de su expresión neutra, siento que, a través de sus mínimos gestos, como cruzar las piernas y sentarse más derecha en la silla, me invita a abrirme.
—¿Por qué se encuentran ahora con tanta frecuencia en el trabajo?
—Es mi jefe.
El bolígrafo de Maggie se queda suspendido. El sonido seco al apoyarlo contra la hoja de papel hace que mi corazón dé un salto. Mi terapeuta ajusta sus lentes.
—¿Te sientes segura?
—No.
—¿Él sabe que tú lo reconociste?
—Tiene que.
—¿Qué es eso de "tiene que"? No estás segura de que te reconoció.
—Él finge no reconocerme, tal vez esperando el momento adecuado para cumplir su amenaza.
—Te reitero, ¿cómo estás segura de eso? ¿Lo has confrontado? ¿Has hablado con él?
—No tengo ganas de confrontarlo en la vida real. En mis pesadillas ha sido suficiente.
Ese jueves está sellado en mi memoria. Sin hablar de ese hombre me hago un poco más pequeña en mi asiento. El recuerdo de sus manos fétidas, sus palabras ásperas y su maldito olor me hacen sentir morir.
—¿Cómo te has sentido desde que él volvió a aparecer en tu vida?
—Más miserable. Mi mamá lo nota. Los ataques de ansiedad han vuelto. Lo peor de todo es que Samaira se da cuenta.
Las lágrimas aparecen y descienden hasta mi cuello. No hago el esfuerzo de limpiarlas.
—No sabes la mala madre que me siento al no poder controlar mis expresiones. No sabes el martirio que es vivir así, sin saber cuándo se va a desatar un ataque de ansiedad. Mi brazo, que antes eran normal, incluso aunque nunca fui ambidiestra, podía hacer cualquier cosa con el. Pero ahora tengo miedo hasta de tomar la simple perilla, por miedo a que se desate un dolor que sienta que me lo va a volver a quebrar. Pero lo peor es saber que Samaira lo nota. Mi hija no tiene que ver sufrir a su madre.
Mi estómago duele, se aprieta con saña con el pasar de los segundos.
—¿Qué más te contó tu madre de lo que sabe Samaira?
—No me atreví a preguntarle más. Tengo miedo de la respuesta y tampoco me he atrevido a hablar con mi hija. Solo he hecho el esfuerzo de aparentar una falsa normalidad. Llevo días durmiendo mal. Llevo días intentando que la ansiedad no me haga…
Omito mis últimas palabras.
Creo que ella sabe bien lo que quiero decir.
—Gracias por confiarme algo tan importante, por abrirte. Me imagino que no debe ser fácil lo que traes hoy. Vamos a ir paso a paso. Lo primero que quiero, Viviana, es que te sientas a salvo. No estás de vuelta en la universidad ni en esa noche. Estás en el presente, con personas que te aman y velan por ti.
Juego con el borde de la manta, callada. Mis pensamientos son una bola de estambre desordenada que en cualquier momento se va a tensar y va a estallar dentro de mí. Y todos los fragmentos no solo me van a dañar a mí, sino también a mis seres queridos. No sé qué hacer. Me siento tan encadenada, tan rota. Una completa extraña viviendo en un mundo con el que me obligaron a convivir. Esto no es lo que yo quería. Esta no fue mi expectativa de vida.
No soy culpable de lo que me pasó. Pero en cada amanecer me siento miserable.
—¿Qué fue lo primero que pensaste cuando lo viste?
Regreso mi atención a ella. Me lamo el labio seco. Me acerco a tomar un pañuelo, cubro un poco mi nariz y respiro para contener el exceso de lágrimas. Quiero desaparecer.
—¿Sabes qué es ver a tu pesadilla frente a ti? —inquiero en voz baja—. No es algo que querría volver a experimentar. Pensé que había quedado en el pasado después de que me rompió.
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Editado: 22.07.2026