Mi pequeña Samaira

DOCE

Samaira Dawson

—Niño malo, suéltala. Deja a Stacy —sigo dándole con la lonchera—. Ella tiene quien la defienda. Suelta su muñeca o te echo agua.

—¡No te metas! —grita sin dejar de jalar la muñeca de mi amiguita.

—¡Me la vas a romper! ¡Déjame, Owen! —llora fuerte Stacy.

Gruño como un jaguar bebé con hambre. Le doy duro en la cabeza.

—¡Aush! Porque defiendes a esta huérfana.

—¡Qué te importa!

Mi mamá no se va a sentir orgullosa de mí. Pero ella me enseñó que hay que ser justa.

Le doy otra vez en la cabeza.

—¡Samaira! —suena mi voz favorita.

¡Es mamá!

Se queda un segundo mirándonos. Después me pone a un lado y me echa una mirada que me deja más quieta que una estatua. Luego le quita la muñeca al maleducado de Owen.

Stacy se abraza a ella. Se esconde detrás de mi mamá.

Yo me voy con ella y la abrazo.

—Señora, váyase, ¡es un asunto de niños! —grita feo a mi mamá, que abre los ojos más que un águila calva.

—¡A mi mami no le gritas! —le tiro mi zapato. ¡Atino!

Mami me agarra por mis brazitos cuando quiero ir hacia Owen a enseñarle una lección de karate.

—¡Samaira! ¡No! Eso no se hace. Las cosas no se resuelven así —me pone detrás de ella, vuelve a mirar al maleducado con seriedad—. Eres un niño grosero. Soy una adulta, háblame con respeto. No tienes derecho a gritarme. Mucho menos actuar como un bravucón con tus compañeras.

—Ella no tiene a nadie, se lo merece.

—Lo que ella tenga o no, es un asunto que no te incumbe, muchachito —sonrío, esa es mi madre, ella me enseñó a defender a los demás.

—Stacy me tiene a mí. Siempre la cuido. Como una hermanita. También a mi mamá, que también es la de ella. En tu casa no te debe querer por malo. No te dan abrazos ni besos ni te tienen en cuenta para dormir. Los niños que se portan mal no lo merecen —digo segura, elevo mi mentón en alto, me pongo derechita para parecer más grande.

—¡Cállate, Samaira! Le tienes pena —suelto como un orangután.

Le saco la lengua.

—Y tú, feo. Santa no te debe traer regalos, por eso tienes cara de pez globo.

—Hija, no le digas así. Yo me encargo, hablamos ahora —asiento, finjo ponerme un candado en la boca y abrazo más a mi amiga, que todavía llora.

Mami no dice nada. Agarra a Owen de la mano.

—¡Suélteme! ¡No me toque! —intenta soltarse, retorciéndose igual que un gusano de esos que crecen en el huerto de la abuelita.

—Niñas, regreso ahora.

Se lo lleva camino a la dirección.

Owen sigue gritando que lo suelte e intenta escapar, pero los agarres de mami son firmes sin lastimarlo.

Sin dejar de abrazar a mi amiguita, nos sentamos en un banco a esperar. Le acaricio el cabello y le canto una canción de cuna.

Stacy deja de llorar. Se une a cantar bajito conmigo.

Mami regresa al rato. Recoge mi zapato y me lo pone sin hablar. Se agacha frente a Stacy. Con las manos más suaves que el algodón de azúcar, levanta su carita triste. Le limpia los ojos con cariño.

—Hola, mi cielito. ¿Te llamas Stacy?

Asiente. Mamá le sonríe.

—Mi nombre es Viviana. ¿Cómo sigues?

—Triste —hago puchero por la tristeza de mi amiga. No es justo, ella es buenita—. Owen es malo. Me dice cosas feas que no se dicen. Me quería romper mi muñeca. Sin Fresita no puedo dormir. Es quien está conmigo siempre.

Mamá arruga la cara, extrañada.

—Nada de lo que te dijo es cierto. Eres una niña linda.

—No es verdad. Si fuera linda, mi tía no me dejaría sola. A los niños lindos les compran juguetes, les dicen que los quieren. A mí no. Solo me gritan y me dicen huérfana fea.

Mami la abraza fuerte. Me uno al abrazo de oso.

—Mami, ¿qué hiciste con el maloso de Owen? —pregunto, desapartándome del abrazo.

—Lo dejé en la dirección. La directora hablará con su padre. Me dijo que quería hablar con Stacy, pero le dije que no se sentía bien.

—Mami, ¿nos podemos llevar a Stacy a casa?

Mami arruga la nariz, confundida.

—Cariño, no podemos hacer eso. Como mucho, podemos esperar a que sus familiares vengan por ella.

—Es que, mami, ella no tiene familiares —digo, intentando que no suene mal. Espero que no. No quiero hacer sentir más mal a mi amiga. Es que a veces no encuentro las palabras decentes. Lo último que quiero es sonar a niña villana.

—¿A qué te refieres, cariño, con eso?

Inflo mi pecho y suspiro, como lo he visto en las películas.

Estoy chiquita, no sé muchas cosas, sí entiendo, pero recuerdo bien que en estos días mi amiga se quedaba solita y la maestra tenía que ir a acompañarla a casa. O a veces venía la dulce ancianita a buscarla, pero tengo entendido que ella está enferma, según lo que me dijo Stacy cuando estábamos en la clase de matemáticas.




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