Antes de que Sofía pudiera responder, Artur ya estaba a su lado para ayudarla a retirar la silla. El príncipe la condujo hacia el árbol, donde los esperaba un hombre vestido de mago. ¡Se veía increíble!
— ¡Y ahora, bella dama, comienza la magia! —dijo el mago. Sofía cerró los ojos un instante, deseando con todas sus fuerzas creer en aquel cuento. El hombre le entregó una caja con cerillas largas, de esas que ella nunca había visto antes. Solo entonces se fijó en que el árbol no tenía las luces habituales, sino velas de verdad. De una vela a otra, como una telaraña, se extendían unos hilos finísimos.
— Que el árbol se encienda —sentenció el mago—. No temas. Con valor, jovencita.
Sofía raspó la cerilla contra la caja y acercó la llama a una vela. Sus ojos se abrieron de par en par al ver cómo diminutas chispas corrían por todo el árbol y, una a una, las velas se encendían.
— ¡Guau! Esto es tan... ¡tan inusual y asombroso! —exclamó Sofía entusiasmada. Nunca había visto unas guirnaldas tan antiguas. Era un verdadero milagro.
— Sé predecir el destino —dijo el hombre del disfraz de mago—. Estoy seguro de que el próximo año será inolvidable e increíble, lleno de buenas impresiones y nuevos encuentros.
— Es una predicción hermosa. Gracias —respondió Sofía.
— Hay un regalo más para ti aquí —dijo Artur con calidez, señalando la caja más grande con un lazo enorme.
— ¿Es para mí? —Sofía no ocultaba su sorpresa.
— Sí —respondió Artur sonriendo.
Sofía abrió la tapa y vio que dentro yacía un vestido increíble de color azul, igual al de la Cenicienta de su película favorita. Artur había recorrido varias tiendas desde temprano para conseguirlo. No sabía la talla y lo compró por intuición, pero estaba seguro de que a Sofía le encantaría.
— ¡Es maravilloso! —dijo la joven, sacando el vestido de la caja y probándoselo por encima de su ropa frente al espejo.
— Si quieres, puedes probártelo de verdad —dijo la reina, sonriendo y alegrándose de que su hijo fuera tan romántico.
— Sí, quiero —aceptó Sofía de inmediato, temiendo que aquel sueño se desvaneciera en cualquier momento.
La reina la condujo a una habitación decorada al estilo victoriano: cuadros hermosos, estatuillas, muebles de época. Mientras Sofía se miraba al espejo, oyó desde el pasillo el familiar pitido de un teléfono y la voz del paje.
— ¡Hola! No, no puedo. Mi hermano mayor decidió crear un ambiente romántico para el amor de su vida. Te llamo más tarde... —escuchó Sofía.
La joven se quedó pensativa. Comprendió claramente que no era ninguna "viajera" en un mundo mágico, pero aquellas palabras sobre el "amor de su vida" le reconfortaron el alma. No podía decir que muchos chicos la hubieran cortejado antes, y una situación tan romántica no la habría podido ni imaginar. Sofía decidió aceptar el juego del cuento de hadas y esperó con ilusión lo que vendría a continuación.