Mi príncipe de Año Nuevo

12.

La joven salió de la habitación con un increíble vestido celeste que le sentaba de maravilla. No importaba que no llevara zapatitos de cristal en los pies; Sofía se sentía como una auténtica princesa. Artur había acertado con la talla.

— ¡Estás increíble! —la elogió el chico—. Quiero invitarte a bailar. ¿Me lo permites?

A Sofía le daba curiosidad saber cómo actuaría el príncipe en esa situación. No iba a encender un reproductor o poner música en el móvil, ¿verdad? Aunque ni siquiera eso habría arruinado la magia del momento. Pero Sofía se equivocaba. Después de aceptar y de que Artur la llevara al centro de la sala, aparecieron unos músicos en un rincón: un violinista, un violonchelista y un flautista. ¡Guau! Música en vivo. Ese fue otro punto positivo en su colección de impresiones agradables. La música empezó a sonar y se quedaron mirándose el uno al otro, hechizados. Tras unos instantes, Artur puso una mano en la cintura de la joven, colocó una mano de ella sobre su hombro y tomó la otra entre su palma. Aunque no se podía llamar a aquello un baile de cuento —era más bien un balanceo en el sitio—, para la pareja fue suficiente.

En un momento dado, la habitación se quedó a oscuras. Solo brillaban las velas del árbol.

— ¡Vaya por Dios! ¡Se fue la luz en el momento más interesante! ¡No alcancé a grabarlo! —se quejó Tymur indignado.

Sofía lo oyó y sonrió. Era tan sincero y había tanta desesperación en las palabras del paje, que no pudo pasar desapercibido.

— ¡Cállate! —le siseó la reina al chico.

— ¿Y yo qué? —refunfuñó el pequeño.

— Mejor trae velas —dijo el rey.

— ¿Y por qué yo? ¿Soy vuestro sirviente o qué? —siguió quejándose Tymur, pero bajo la mirada severa del rey, cambió el tono—. ¿Dónde están?

— En la cocina, en el armario de arriba —dijo la reina—. Y trae los candelabros.

— Escucho y obedezco —respondió el paje con fingida sumisión y desapareció tras la puerta.

— Tienes una familia increíble —susurró Sofía al oído del príncipe—. Gracias por este cuento.

La música seguía sonando y la luz de las velas se reflejaba en sus ojos. Aquella noche Sofía aún no sabía que ese baile duraría toda la vida…

— Y así es como conocimos a vuestra mamá —continuó papá su relato—. Ella recuerda a menudo cómo el paje, vuestro tío, encendía las velas con cerillas y se quemó, tanto que se le oía desde la cocina en toda la casa.

— ¿Y el tío Tymur vendrá mañana? —preguntó Mariyka quedándose dormida.

— Claro que vendrá. Ya saben que siempre en las fiestas se viste de príncipe para saludar a todos —dijo Sofía.

— No se le ocurre nada original en busca de su princesa —murmuró Artur a su esposa en voz baja.

— Buenas noches —les dijo Sofía a las niñas e hizo un gesto a su marido para salir de la habitación, pues sus hijas se habían dormido.

— Es que no tiene suerte, porque la princesa encantadora ya está ocupada —dijo Artur al salir del cuarto, y besó a su esposa en la coronilla—. ¿Bailas conmigo, mi increíble princesa?

— Con mucho gusto —respondió Sofía, y la pareja bajó al primer piso de la casa donde, en el mismo lugar que entonces, se alzaba un árbol hasta el techo brillando con luces coloridas.

— Gracias —dijo Sofía en voz baja, bailando sin música con su marido. No necesitaban música, porque esta sonaba en sus cabezas: la misma melodía que los músicos tocaron aquella vez.

— Soy yo quien te da las gracias por aceptar ser la princesa de una oruga-salchicha —dijo Artur sonriendo.

— Acepté porque eres mi príncipe de Año Nuevo, que no solo me regaló un cuento cuando te entregué aquel paquete, sino que convertiste toda mi vida en un cuento —respondió Sofía.

En la acogedora casa parpadeaban las luces, anunciando que en ese hogar ocurriría más de un milagro de Año Nuevo, porque allí habita el amor verdadero y eterno.




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