Mi secreto en los titulares.

Prólogo.

Aquella tarde Manhattan estaba cubierta por una lluvia fina que parecía no tener prisa por terminar. No era una tormenta fuerte, sino esa llovizna persistente que humedece las aceras, vuelve brillantes las calles y hace que la ciudad entera huela a asfalto mojado y café recién molido.

En una pequeña calle lateral, escondida entre dos edificios antiguos de ladrillo oscuro, había una cafetería que casi nadie notaba al pasar. El letrero de madera sobre la puerta estaba un poco desgastado por los años, y la ventana estaba empañada por el calor del interior.
No era un lugar turístico.

Ni moderno.
Ni ruidoso.

Era uno de esos lugares que parecían existir únicamente para quienes amaban el silencio.
Dentro, la iluminación era cálida y suave. Las lámparas colgaban bajas sobre las mesas de madera, y el aroma a café tostado se mezclaba con el olor de libros viejos que algunos clientes llevaban consigo. En una esquina sonaba un viejo disco de jazz, apenas audible, como un murmullo.

La lluvia golpeaba suavemente el vidrio de las ventanas.
Y junto a una de esas ventanas estaba Clara.
Sentada con la espalda recta, completamente absorta en el mundo de su libro.

Había dejado su abrigo doblado en la silla contigua y tenía el cabello ligeramente húmedo por la lluvia. Un mechón oscuro caía sobre su mejilla mientras leía con concentración.
Frente a ella descansaba una taza de café humeante, y el vapor subía lentamente formando pequeñas espirales en el aire.

Sus dedos sostenían el libro con cuidado, como si fuera algo valioso.
Para Clara, lo era.
Era una edición gruesa, de más de seiscientas páginas, con el lomo gastado por el uso. Había doblado una esquina del marcador de papel para no perder la página en la que estaba.
A su alrededor, la cafetería estaba tranquila.

Algunas personas escribían en sus laptops.
Un hombre mayor leía el periódico.
Una pareja hablaba en voz baja.

Era uno de esos raros momentos de calma que la ciudad a veces regalaba.
Y Clara estaba completamente en paz.
Tan sumergida en la historia que no escuchó cuando la puerta de la cafetería se abrió.
Una pequeña campanilla sonó.

Entró un hombre alto.
Llevaba una gorra oscura que proyectaba sombra sobre su rostro y unas gafas de sol que parecían demasiado grandes para el interior de una cafetería.
Intentaba pasar desapercibido.

Pero incluso así era difícil no notar su presencia.
Había algo en su forma de moverse.
En la seguridad de su postura.
Ese hombre era Adrián Valente.

Uno de los cantantes más famosos del mundo.
Pero Clara no levantó la vista.
Estaba demasiado concentrada en su libro.

Adrián caminó hacia el mostrador, agradecido de que nadie pareciera reconocerlo. La lluvia le había dado una excusa perfecta para ocultarse un rato del ruido del mundo.

—Un café americano —pidió.
La barista asintió.

Mientras esperaba, Adrián se quitó las gafas por un segundo y se frotó el puente de la nariz. Había pasado toda la mañana en entrevistas y necesitaba un momento de silencio.
La barista le entregó el vaso de café.

Adrián tomó el vaso, agradeció y se giró para buscar una mesa.
Y fue entonces cuando ocurrió.

En su giro, su codo chocó con una de las mesas.
La mesa donde estaba Clara.
Todo pasó en un segundo.
La taza de café de Clara se inclinó.
Luego cayó.

El líquido oscuro se derramó lentamente sobre la mesa.
Y después…

Sobre las páginas abiertas del libro.
El sonido del café cayendo sobre el papel fue suave, pero devastador.
Las páginas absorbieron el líquido inmediatamente, formando manchas marrones que se expandían como pequeñas nubes.
Silencio.

Adrián se quedó congelado.
Miró la taza caída.
Luego el libro empapado.

Y finalmente levantó la vista hacia la mujer frente a él.
Clara observaba el desastre.
Sus ojos recorrieron lentamente las páginas manchadas.
Después levantó la mirada.

Y por primera vez sus ojos se encontraron.
Los de Adrián eran oscuros, sorprendidos, llenos de culpa.
Los de Clara eran claros, tranquilos… y ligeramente indignados.

—Lo siento muchísimo —dijo Adrián rápidamente.
Clara volvió a mirar el libro.

Pasó una mano con cuidado por una página húmeda.
Luego habló con una calma que casi resultaba inquietante.

—Este libro tenía seiscientas páginas.
Adrián parpadeó.

No esperaba esa respuesta.
Clara levantó una de las páginas pegadas.

—Y ahora —continuó— las páginas doscientas catorce a doscientas treinta saben a café.
Adrián no pudo evitar soltar una pequeña risa nerviosa.
—Te compro otro.

Clara lo miró directamente a los ojos.
Por primera vez pareció estudiarlo.
La gorra.
Las gafas.

El rostro que ella había visto cientos de veces en revistas y pantallas.
Claro que sabía quién era.
Pero en ese momento eso no importaba.

—No es lo mismo —dijo finalmente.
Adrián frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Clara cerró el libro con cuidado, como si aún pudiera salvarlo.




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