Mi secreto en los titulares.

8. Un mundo sin ruido.

El amanecer llegó silencioso.
No hubo alarmas.

No hubo teléfonos vibrando.
No hubo notificaciones ni titulares explotando en internet.
Solo el sonido suave del viento moviendo los árboles y el canto lejano de algunos pájaros.

Clara abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos no entendió dónde estaba.

El techo era de madera clara, con vigas visibles que cruzaban el cuarto. La ventana estaba abierta y por ella entraba un aire fresco que olía a tierra húmeda y a campo.

Nada que ver con el penthouse de vidrio y acero donde había pasado las últimas semanas.
Giró la cabeza.

Adrián estaba dormido a su lado.
Su cabello oscuro estaba despeinado y su respiración era tranquila. Por primera vez desde que ella lo conocía, su rostro no tenía esa tensión constante que traía consigo la fama.
Parecía... en paz.

Clara se levantó con cuidado para no despertarlo.

El suelo de madera crujió ligeramente bajo sus pies.

Se acercó a la ventana.
El paisaje la dejó sin palabras.
Campos verdes interminables.
Granjas dispersas.
Un camino de tierra que atravesaba la propiedad.

Y a lo lejos, una carreta tirada por caballos avanzando lentamente.
Ningún automóvil.
Ningún edificio.

Ningún ruido de ciudad.
Era como si el mundo moderno hubiera quedado a cientos de kilómetros.
En ese momento escuchó un sonido detrás de ella.

-¿Qué hora es?
La voz adormecida de Adrián la hizo sonreír.

-No tengo idea.
Él se sentó en la cama, frotándose el rostro.

-Mi teléfono...
Clara soltó una pequeña risa.

-Está descansando en el fondo de un inodoro.
Adrián la miró unos segundos.
Luego comenzó a reír.
Una risa genuina.
Libre.

-Eso fue increíble.
Clara volvió a mirar por la ventana.

-Esto también.
Adrián se levantó y caminó hacia ella.
Se quedó a su lado observando el paisaje.

-Hace años que no veía algo así.
Clara lo miró de reojo.

-¿Nunca has estado en un lugar sin cámaras?
Adrián negó.

-No desde que tenía dieciocho años.
Su voz tenía un matiz extraño.
Como si esa confesión pesara más de lo que parecía.
Clara apoyó su mano sobre la de él.

-Entonces supongo que esta es tu primera escapada real.
Adrián entrelazó sus dedos con los de ella.

-Nuestra primera escapada.
El silencio entre ellos era cómodo.
No necesitaban llenar el aire con palabras.
De repente se escucharon pasos en el pasillo.
Un golpe suave en la puerta.

-Buenos días.
La voz era femenina, tranquila.
Adrián abrió la puerta.
Una mujer de unos cuarenta años estaba allí con una bandeja de madera.

Llevaba un vestido largo azul oscuro y un pequeño gorro blanco sobre el cabello recogido.

Su expresión era amable.
-Mi nombre es Mary Yoder -dijo con una sonrisa tranquila-. Mi esposo Samuel y yo pensamos que quizá tendrían hambre.

La bandeja estaba llena de comida.
Pan casero.
Mantequilla fresca.
Huevos.
Y un jarro de leche.
Clara dio un paso adelante.

-Muchas gracias.
Mary dejó la bandeja sobre la mesa del cuarto.

-Aquí solemos levantarnos temprano.
Adrián miró el reloj antiguo en la pared.

-¿Qué tan temprano?
Mary sonrió.

-Las cinco.
Clara abrió los ojos.

-Eso debería ser ilegal.
Mary soltó una pequeña risa.

-Supongo que para ustedes es diferente.
Sus ojos observaron brevemente a Adrián.

No con reconocimiento.
Sino con simple curiosidad.

-Samuel estará en el establo si desean conocer el lugar.
Adrián asintió.

-Gracias por recibirnos.
Mary inclinó ligeramente la cabeza.
-Todos necesitamos descanso de vez en cuando.

Y salió del cuarto.
Cuando la puerta se cerró, Clara se dejó caer en la silla.

-No creo que haya oído hablar de Adrián Valente.
Adrián tomó un pedazo de pan.

-Eso es exactamente lo que necesitaba.
Clara probó la mantequilla.
Sus ojos se abrieron.

-Esto es lo más delicioso que he comido en meses.
Adrián rió.

-Tal vez la fama también arruina el gusto por la comida.
Después del desayuno, salieron de la casa.

El aire era fresco.
El cielo estaba despejado.
Samuel Yoder estaba en el establo cepillando un caballo.
Era un hombre alto, de barba espesa y expresión tranquila.
Levantó la vista cuando se acercaron.

-Buenos días.
Adrián extendió la mano.

-Adrián.
Samuel estrechó su mano con firmeza.

-Samuel.
Miró a Clara.

-¿Su esposa?
Clara casi se atragantó con el aire.
Adrián respondió antes de que ella pudiera hablar.




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