Mi secreto en los titulares.

10. Cuando la fama te alcanza.

La mañana en la comunidad comenzó con una neblina suave que cubría los campos como una manta ligera. El sol apenas se filtraba entre los árboles, pintando el paisaje con tonos dorados.
Clara caminaba por el sendero de tierra con una cesta apoyada en su cadera.
Sus pasos eran lentos.
Tranquilos.

Había empezado a acostumbrarse a ese ritmo de vida.

Las gallinas caminaban libremente cerca del gallinero y algunas picoteaban la tierra húmeda. Clara entró al pequeño edificio de madera y se agachó frente a los nidos.

—Buenos días, chicas —murmuró con una sonrisa mientras recogía los huevos tibios.

Tomó uno con cuidado.
Luego otro.
Los acomodó en la cesta como Mary le había enseñado.

El olor a paja y madera llenaba el aire.
Al salir del gallinero vio a Adrián cerca del granero.

Estaba tratando de mover un saco de alimento que parecía demasiado pesado para él.
Clara se apoyó en la cerca observándolo.

—¿Necesitas ayuda?
Adrián levantó la mirada.
Su camisa estaba manchada de polvo y su cabello estaba despeinado.

—No.
El saco se deslizó de sus manos y cayó al suelo con un golpe seco.
Clara levantó una ceja.

—Claramente sí.
Adrián soltó una risa.

—No estaba preparado para esta vida.
Samuel apareció desde el interior del granero.

—Es cuestión de costumbre.
Tomó el saco como si no pesara nada y lo acomodó en su lugar.
Adrián lo observó con respeto.

—Creo que usted podría levantar un automóvil.
Samuel sonrió apenas.

—El trabajo enseña fuerza.
Clara se acercó con la cesta de huevos.

—Mary me pidió estos para el desayuno.
Samuel asintió.

—Perfecto.

Adrián se sacudió el polvo de las manos.

—Creo que necesito agua.
Clara se rió.

—Necesitas un entrenamiento.

—Necesito un concierto.
Samuel levantó una ceja.

—¿Un concierto?
Adrián se dio cuenta de lo que había dicho y se quedó en silencio.
Clara intervino rápidamente.

—Quiso decir… música.
Samuel asintió sin insistir.

—La música también requiere disciplina.
Adrián sonrió ligeramente.

—Eso es cierto.
Caminaron de regreso a la casa.
En la cocina, Mary estaba preparando el desayuno.

El aroma de pan recién horneado llenaba el ambiente.
Clara dejó los huevos sobre la mesa.

—Aquí están.
Mary los tomó con cuidado.

—Perfectos.
Adrián se sentó en la mesa con un suspiro.

—Nunca pensé que recoger huevos sería tan agotador.

Clara se sentó frente a él.
—No hiciste nada.

—Supervisé.
Mary se rió suavemente.
El ambiente era cálido.
Familiar.

Y por un momento parecía que esa vida sencilla podría durar para siempre.

Pero no muy lejos de allí…
en la casa de Rebekah, la joven estaba sentada frente a la mesa con la revista abierta.

La fotografía de Adrián seguía mirándola desde la portada.
Rebekah comparó la imagen con el recuerdo que tenía de él trabajando en el granero.

Era el mismo rostro.
La misma mirada.
La misma voz que había escuchado cantar al atardecer.
Cerró la revista lentamente.

—¿Por qué alguien como tú querría esconderse aquí? —susurró.
Pero en el fondo ya lo entendía.
Había visto la forma en que Adrián miraba el campo.

La forma en que Clara respiraba profundamente como si por primera vez pudiera descansar.

Ellos no estaban allí por curiosidad.
Estaban allí porque necesitaban paz.
Rebekah decidió algo en ese momento.

Guardó la revista nuevamente en la caja.
Y la escondió.
Ese secreto no le pertenecía a nadie más.

Esa tarde, Clara estaba ayudando a Mary a preparar una gran olla de sopa.
El vapor llenaba la cocina.
Clara removía lentamente con una cuchara de madera.

—Nunca pensé que cocinar podría ser tan relajante —dijo.
Mary la observó con una sonrisa.

—Las manos ocupadas ayudan a calmar la mente.
Clara asintió.

—Creo que eso es verdad.
Mary la miró con atención.

—¿Te quedarás mucho tiempo?
Clara se quedó en silencio unos segundos.

—No lo sé.

—¿Depende de Adrián?
Clara negó.

—Depende del mundo.

Mary entendió inmediatamente.
—El mundo siempre llama tarde o temprano.

Clara miró por la ventana.
Adrián estaba afuera ayudando a Samuel a reparar una cerca.
El sol iluminaba su rostro mientras trabajaba.

—Ojalá no lo hiciera —susurró.
Muy lejos de ese lugar…
en la oficina de Ernesto Calderón, la investigación avanzaba.
Uno de los técnicos levantó la mirada de la pantalla.




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