La noticia del compromiso se había vuelto viral en cuestión de horas.
Las pantallas de televisión repetían una y otra vez la escena del aeropuerto: Adrián arrodillado, el anillo brillando bajo las luces, Clara completamente sorprendida.
En redes sociales, el nombre de Adrián Valente era tendencia mundial.
Pero no todos estaban celebrando.
En un elegante apartamento del centro de la ciudad, una televisión permanecía encendida.
En la pantalla aparecía la imagen congelada del momento exacto en que Clara decía "sí".
Sentada en el sofá, con una copa de vino en la mano, Valeria Montes observaba la escena con una expresión que no tenía nada de tranquila.
Su mirada era fría.
Sus labios estaban tensos.
El presentador del programa de espectáculos hablaba emocionado:
-El cantante Adrián Valente ha sorprendido al mundo anunciando su compromiso con Clara Ríos después de semanas de rumores sobre su desaparición...
Valeria soltó una pequeña risa amarga.
-Claro que sí...
Bebió un sorbo de vino.
En la pantalla apareció otra imagen.
Clara caminando tomada de la mano con Adrián.
Natural.
Sonriente.
Feliz.
Valeria dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
-No tienes idea en qué te estás metiendo... murmuró mirando la pantalla.
Tomó su teléfono.
Y comenzó a escribir un mensaje.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, la realidad de Adrián era muy distinta al romanticismo que mostraban las noticias.
El lanzamiento de su nuevo álbum había sido... un desastre.
Semanas de silencio mediático habían afectado las ventas.
Los ejecutivos de la disquera estaban furiosos.
En una sala de reuniones llena de pantallas y gráficos, Adrián escuchaba en silencio mientras varios productores hablaban al mismo tiempo.
-Las cifras del primer día fueron bajas.
-Las entrevistas canceladas afectaron la promoción.
-El público está confundido.
Uno de los ejecutivos señaló la pantalla.
-Necesitamos que vuelvas a estar en todas partes.
Ernesto cruzó los brazos.
-Por eso estamos organizando una gira mundial.
Otro productor intervino.
-Pero primero necesitamos recuperar la atención del público.
Adrián se pasó una mano por el rostro.
Estaba cansado.
Muy cansado.
-¿Qué quieren que haga?
El ejecutivo respondió sin dudar:
-Promoción.
Entrevistas.
Ensayos.
Eventos.
Todo.
Ernesto lo miró.
-Durante los próximos meses vas a estar ocupado todos los días.
Adrián asintió lentamente.
Porque sabía que era verdad.
Mientras tanto...
Clara estaba en otro lugar completamente distinto.
El taxi se detuvo frente a un edificio pequeño de ladrillos donde había vivido durante años.
Un lugar sencillo.
Familiar.
El tipo de lugar que nadie fotografiaba.
Clara bajó del coche.
El anillo en su dedo brilló bajo la luz del sol.
Miró el edificio durante unos segundos.
Era extraño estar de vuelta.
Subió las escaleras lentamente.
El sonido de sus pasos resonaba en el pasillo.
Todo estaba igual.
La puerta de su antiguo apartamento seguía siendo la misma.
El buzón con su nombre.
Las paredes gastadas.
Clara respiró profundamente.
Por un momento...
parecía que nada había cambiado.
Pero cuando miró su mano y vio el anillo...
recordó que todo era distinto ahora.
Decidió caminar.
Sus pies la llevaron instintivamente a un lugar que conocía muy bien.
La pequeña librería donde había trabajado durante años.
El letrero seguía colgado sobre la puerta.
Las mismas letras.
El mismo escaparate lleno de novelas.
Clara empujó la puerta.
Una pequeña campanilla sonó.
El olor a papel y madera la envolvió inmediatamente.
Ese olor siempre le había encantado.
Detrás del mostrador estaba Marta, la dueña de la librería.
Cuando levantó la vista y vio a Clara...
sus ojos se abrieron de par en par.
-¡Clara!
Clara sonrió.
-Hola, Marta.
Marta salió rápidamente del mostrador.
-¡Dios mío!
La abrazó con fuerza.
-¡He visto tu cara en todas las noticias!
Clara rió nerviosamente.
-Sí... ha sido una semana extraña.
Marta la miró de arriba abajo.
-¿Estás bien?
Clara asintió.
-Creo que sí.
Marta señaló su mano.
-¿Ese es...?
Clara miró el anillo.
-Sí.
Marta sonrió.
-Entonces es verdad.
Clara caminó lentamente por la librería.
Sus dedos pasaban suavemente por los lomos de los libros.
Recordaba cada rincón.
Cada estantería.
Cada tarde tranquila atendiendo clientes.
Marta la observaba.
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Editado: 16.05.2026