Mi secreto en los titulares.

14. Algo Se Rompió.

El verano había llegado lentamente a Pensilvania.

Los campos verdes se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El aire era tibio, cargado con el aroma de la tierra húmeda y el heno recién cortado. Las mañanas comenzaban con el canto de los gallos y el sonido de los caballos moviéndose en los establos.

Clara Ríos se despertaba cada día antes de que el sol terminara de salir.

Al principio, cuando había regresado a la comunidad Amish, todo le parecía extraño otra vez. El silencio, la ausencia de teléfonos, de noticias, de música en la radio... incluso la forma pausada en que la gente vivía.

Pero poco a poco, aquella vida comenzó a envolverla.

A calmarla.

Y con el paso de los meses, también comenzó a cambiar su cuerpo.

El embarazo avanzaba.

Al principio apenas se notaba.

Solo un leve cansancio, un sueño constante que la obligaba a sentarse de vez en cuando en el pequeño banco de madera frente a la casa de Samuel y Mary.

Mary fue la primera en notarlo.

Una mañana, mientras Clara amasaba pan en la cocina, Mary la observó en silencio.

Clara estaba concentrada, con las manos llenas de harina, cuando de pronto se llevó la mano al vientre con un gesto inconsciente.

Mary dejó el tazón que sostenía.

—Clara...

Clara levantó la mirada.

—¿Sí?

Mary se acercó con una sonrisa suave.

—Vas a tener un bebé.

Clara se quedó inmóvil.

Por un momento pensó en negarlo.

Pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

Mary no hizo preguntas.

Simplemente la abrazó.

En aquella comunidad, el juicio no tenía lugar.

Solo la ayuda.

Desde ese día, todo cambió.

Samuel comenzó a encargarse de los trabajos más pesados en la granja.

—Nada de cargar sacos de grano —le decía cada vez que Clara intentaba ayudar.

Rebekah, que se había convertido en su amiga más cercana, la acompañaba casi todos los días.

Caminaban juntas por los campos.

Rebekah le enseñaba a coser pequeñas prendas para el bebé.

Camisas diminutas.

Pequeños gorritos de lana.

Una tarde, sentadas bajo la sombra de un viejo árbol, Rebekah miró el vientre de Clara, que ya comenzaba a notarse.

—Ese bebé será muy amado —dijo.

Clara sonrió.

Su mano descansaba sobre su barriga.

—Eso espero.

Clara guardó silencio.

El viento movía suavemente el trigo en los campos.

—No —respondió finalmente.

Rebekah no preguntó más.

Los meses pasaron.

El otoño llegó lentamente.

Las hojas de los árboles comenzaron a tornarse doradas y rojizas.

El vientre de Clara creció.

Cada mañana sentía los pequeños movimientos del bebé.

Las primeras pataditas.

Los pequeños giros dentro de ella.

La primera vez que sucedió, estaba en el establo ayudando a Samuel a alimentar a las vacas.

De pronto se detuvo.

Su mano se llevó al vientre.

Samuel la miró preocupado.

—¿Todo bien?

Clara sonrió emocionada.

—Se movió.

Samuel soltó una pequeña risa.

—Entonces es fuerte.

Clara cerró los ojos por un momento.

En ese instante pensó en Adrián.

En cómo habría reaccionado si estuviera allí.

Imaginó su rostro.

Su sorpresa.

Su sonrisa.

Pero ese pensamiento siempre terminaba de la misma forma.

Con un suspiro.

Y con la decisión de seguir adelante sola.

Mientras tanto, en otra parte del mundo...

La vida de Adrián Valente seguía avanzando.

Pero no como antes.

Los primeros meses después de la desaparición de Clara fueron una pesadilla.

La buscó en todas partes.

En Nueva York.

En Los Ángeles.

Incluso volvió a Pensilvania sin encontrar absolutamente nada.

Cada pista terminaba en un callejón sin salida.

Cada intento lo dejaba más frustrado.

Más agotado.

Una noche, después de un concierto en Lima, lanzó una botella contra la pared del camerino.

—¡Basta!

Ernesto estaba allí.

En silencio.

—No puedo seguir así —dijo Adrián con la respiración agitada.

Se dejó caer en una silla.

—No quiere que la encuentre.

Fue la primera vez que lo dijo en voz alta.

Y también fue la primera vez que lo aceptó.

Después de esa noche, Adrián dejó de buscar.

Se concentró completamente en su carrera.

La gira mundial continuó.

Ciudades nuevas.

Escenarios gigantes.

Miles de fans cantando sus canciones.

Pero algo en él había cambiado.

Se había vuelto más frío.

Más distante.

El invierno llegó a Pensilvania.

La nieve cubría los campos.

Las noches eran largas y silenciosas.

El embarazo de Clara estaba en sus últimas semanas.

Mary había preparado una habitación pequeña para el bebé.

Una cuna de madera.

Una manta tejida a mano.

Clara pasaba las tardes sentada cerca de la ventana.

Sus manos descansaban sobre su vientre.

—Pronto te conoceré —susurraba.

Esa misma noche...

Al otro lado del mundo...

Adrián estaba en un hotel de lujo en Tokio.

La gira asiática acababa de comenzar.

El concierto había terminado hacía unas horas.

Adrián estaba agotado.

Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre una silla.

Luego se dejó caer en la cama.

La ciudad brillaba detrás de las enormes ventanas.

Cerró los ojos.

Y el sueño lo venció rápidamente.

Pero en mitad de la noche...

Algo lo despertó.

Un sonido.

Un grito.

Un bebé llorando.

Adrián abrió los ojos de golpe.

Se sentó en la cama.

El llanto era claro.

Agudo.

Real.

—¿Qué...?

Miró alrededor de la habitación.

Todo estaba en silencio.

El sonido había desaparecido.

Frunció el ceño.

Se levantó y caminó hacia la puerta.

Abrió.

El pasillo del hotel estaba completamente vacío.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.