Mi secreto en los titulares.

15. Dos mundos diferentes.

La primavera había llegado finalmente a Pensilvania.

La nieve desapareció de los campos y fue reemplazada por un verde intenso que parecía cubrirlo todo. Las flores silvestres comenzaban a crecer junto a los caminos de tierra y el canto de los pájaros llenaba las mañanas de la comunidad.

Para Clara, los días tenían ahora un ritmo completamente diferente.

Un ritmo marcado por un pequeño ser que dependía completamente de ella.

Mateo ya tenía casi cinco meses.

Cada mañana comenzaba de la misma forma.

El sol apenas asomaba entre los árboles cuando el bebé comenzaba a moverse en su pequeña cuna de madera.

Primero eran pequeños sonidos.

Un murmullo suave.

Luego un pequeño quejido.

Y finalmente un llanto que anunciaba que estaba despierto.

Clara siempre despertaba antes de que el llanto se volviera fuerte.

Se levantaba rápidamente y caminaba hasta la cuna.

—Buenos días, mi pequeño —susurraba.

Mateo abría los ojos lentamente.

Eran ojos grandes y oscuros.

Exactamente iguales a los de Adrián.

Cada vez que Clara los veía, sentía una mezcla de amor profundo y una pequeña punzada en el corazón.

Lo levantaba con cuidado.

El bebé se acomodaba contra su pecho inmediatamente.

Sus pequeñas manos se aferraban a la tela del vestido de Clara.

A veces Clara caminaba hasta la ventana con él en brazos.

Los campos se extendían frente a ellos.

Caballos caminando lentamente.

Graneros rojos iluminados por el sol de la mañana.

—Este será tu hogar por ahora —le decía.

Mateo respondía con pequeños sonidos felices.

Durante el día, Clara ayudaba a Mary en la cocina.

Mateo estaba casi siempre con ellas.

A veces dormía en una pequeña cesta cerca de la mesa.

Otras veces Mary lo cargaba mientras Clara amasaba pan.

—Este niño tiene mucha energía —decía Mary riendo cuando Mateo comenzaba a moverse sin parar.

Samuel también había desarrollado un cariño especial por el bebé.

Cada tarde, cuando regresaba del campo, siempre se acercaba primero a la cuna.

—Hola, pequeño granjero —decía con una sonrisa.

Mateo respondía agitando sus pequeñas piernas.

A Clara le gustaba observar esos momentos.

La tranquilidad de aquella vida.

La ausencia total de cámaras.

De rumores.

De titulares.

Pero a veces...

La realidad de su pasado regresaba de formas inesperadas.

Una tarde, Rebekah llegó a la granja con algunas telas que había comprado en el pueblo.

Se sentaron juntas en el porche de la casa.

Mateo estaba en una manta en el suelo, moviendo sus manos mientras intentaba agarrar el borde de la tela.

Rebekah sacó algo de su bolsa.

—Esto estaba en la tienda —dijo.

Era una revista.

Clara sintió una ligera tensión en el pecho.

Rebekah la colocó sobre la mesa.

La portada mostraba nuevamente a Adrián.

El titular decía:

—La gira mundial de Adrián Valente arrasó en Asia y Europa.

Clara evitó mirar.

Pero Rebekah continuó leyendo en voz baja.

—Dice que los conciertos están completamente agotados.

Clara acariciaba suavemente la cabeza de Mateo.

Rebekah pasó la página.

—También hablan de una modelo...

Clara levantó la mirada.

—¿Modelo? Si verdad la modelo, de los titulares.

Rebekah leyó el nombre.

—Isabella Laurent.

El estómago de Clara se tensó.

Rebekah continuó leyendo.

—Dicen que lo ha acompañado en varias ciudades durante la gira.

Las fotografías mostraban a Adrián y a la modelo saliendo de restaurantes en ciudades como París, Milán y Tokio.

En algunas imágenes caminaban muy cerca.

En otras parecían reír juntos.

Rebekah levantó la mirada hacia Clara.

Rebekah guardó silencio.

—Debe ser difícil ver esto.

Clara observó a su hijo.




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