Mi secreto en los titulares.

16. Pequeño Adrián de 7 años

El tiempo no se detuvo para nadie.

Siete años habían pasado.

Siete años desde que Clara había desaparecido del mundo de Adrián.

Siete años desde que Mateo nació en aquella tranquila granja de Pensilvania.

El paisaje de la comunidad Amish apenas había cambiado.

Los campos seguían extendiéndose verdes hasta el horizonte.

Las carretas tiradas por caballos seguían recorriendo los caminos de tierra.

Las mañanas seguían comenzando con el canto de los gallos.

Pero dentro de la casa de Samuel y Mary, una pequeña vida había crecido.

Mateo ya no era un bebé.

Era un niño de siete años.

Y cualquiera que lo conociera podía notar algo especial en él.

Aquella mañana, Clara salió al porche de la casa con una taza de café caliente entre las manos.

El aire de primavera era fresco.

El sol apenas comenzaba a iluminar los campos.

Desde el granero se escuchaban risas.

Mateo estaba allí.

El niño corría detrás de varias gallinas mientras Samuel lo observaba con los brazos cruzados.

—¡Te dije que no puedes atraparlas así! —decía Samuel riendo.

Mateo tenía el cabello oscuro.

Espeso.

Sus ojos también eran oscuros y expresivos.

Exactamente iguales a los de Adrián.

Pero su carácter era tranquilo.

Observador.

Un niño curioso que hacía preguntas sobre todo.

—Samuel —preguntó Mateo mientras intentaba cargar un pequeño cubo de maíz—, ¿por qué las gallinas corren cuando me acerco?

Samuel sonrió.

—Porque creen que quieres comértelas.

Mateo frunció el ceño.

—Pero yo no quiero comérmelas.

Samuel soltó una carcajada.

—Explícales eso a ellas.

Clara observaba desde el porche.

Una sonrisa suave apareció en su rostro.

La vida allí había sido simple.

Pero también había sido buena.

Mateo había crecido rodeado de personas que lo querían.

Había aprendido a respetar la naturaleza.

A trabajar en el campo.

A leer.

Porque Clara le enseñaba cada tarde.

Mateo era un niño extremadamente inteligente.

Leía libros mucho más avanzados para su edad.

Hacía preguntas sobre todo.

—¿Por qué el cielo cambia de color al atardecer?

—¿Por qué las estrellas brillan?

—¿Por qué los pájaros migran?

Clara siempre hacía lo posible por responder.

Aunque a veces Mateo hacía preguntas que ella no podía contestar.

Como aquella tarde.

Estaban sentados bajo un árbol.

Mateo estaba dibujando en un cuaderno.

De pronto levantó la mirada.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Yo tengo papá?

Clara se quedó en silencio.

Aquella pregunta siempre llegaría algún día.

Respiró profundamente.

—Sí.

Mateo inclinó la cabeza.

—¿Dónde está?

Clara acarició su cabello.

—Muy lejos.

El niño volvió a mirar su dibujo.

—¿Es bueno?

Clara sintió una presión en el pecho.

—Sí.

—¿Me quiere?

Clara sonrió suavemente.

—Estoy segura de que sí.

Mateo asintió satisfecho.

Y continuó dibujando.

Pero Clara se quedó mirando el horizonte durante un largo momento.

Porque aunque habían pasado siete años...

Adrián nunca había desaparecido completamente de sus pensamientos.

Mientras tanto...

La vida de Adrián Valente había seguido un camino completamente diferente.

Durante esos siete años su carrera había explotado aún más.

Sus álbumes se habían convertido en éxitos mundiales.

Había llenado estadios en ciudades como:

Londres

Tokio

Los Ángeles

Buenos Aires

Millones de fans.

Portadas de revistas.

Premios internacionales.

Adrián Valente era ahora una de las estrellas más grandes de la música.

Pero su vida personal...

Era muy diferente.

Durante esos años los medios lo habían relacionado con varias mujeres.

Actrices.

Modelos.

Cantantes.

Entre ellas la famosa modelo Isabella Laurent.

Pero ninguna relación duraba demasiado.

Porque Adrián se había vuelto un hombre distante.

Frío.

Reservado.

Una noche en su apartamento de Nueva York, Ernesto estaba revisando la agenda del próximo tour.

—Tenemos confirmadas veinte fechas para la gira mundial.

Adrián estaba sentado frente al piano.

Sus dedos tocaban suavemente una melodía.

—Haz lo que quieras —respondió.

Ernesto lo observó.

—¿Sabes qué dicen los periodistas?

Adrián levantó la mirada.

—No me interesa.

—Dicen que te convertiste en una máquina de trabajo.

Adrián volvió a mirar el piano.

—Tal vez lo soy.

Ernesto suspiró.

—Han pasado siete años, Adrián.

El cantante no respondió.

Pero sabía exactamente a qué se refería.

A Clara.

El único nombre que nadie mencionaba.

Pero que seguía presente.

Esa noche, cuando Ernesto se fue, Adrián se quedó solo en el apartamento.

Caminó hacia la ventana.

Las luces de Nueva York iluminaban la ciudad.

Sacó algo de un pequeño cajón.

El anillo de compromiso.

El mismo anillo que Clara había dejado antes de irse.

Adrián lo observó en silencio.

Siete años.

Y aún no había podido olvidarla.

Muy lejos de allí...

En la tranquila granja de Pensilvania...

Mateo corría por el campo con un libro bajo el brazo.

—¡Mamá! —gritó.

Clara levantó la mirada desde el porche.

—¿Qué pasa?

Mateo llegó corriendo.

—Samuel dice que hoy iremos al pueblo.

Los ojos del niño brillaban de emoción.

—¿Puedo ir contigo?

Clara sonrió.

—Claro.

Mateo levantó el libro.

—Quiero buscar más libros.

Clara rió suavemente.

—Eres igual a mí.

Mateo inclinó la cabeza.

—¿Y a papá?

Clara lo miró durante un segundo.

Y respondió con suavidad.




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