Mi secreto en los titulares.

20. Acordes y Promesas.

La mañana en Miami amaneció con un sol fuerte que entraba por los ventanales de la casa.

Pero dentro de la casa de Adrián Valente nadie parecía notar el clima.

Las cortinas estaban medio cerradas.

La televisión estaba encendida en silencio.

Y afuera... la calle seguía llena de cámaras.

Casi diez vehículos de prensa estaban estacionados frente a la residencia. Periodistas caminaban de un lado a otro, sosteniendo micrófonos, esperando cualquier movimiento.

Cada vez que alguien se acercaba al portón, las cámaras se levantaban.

Esperaban una imagen.

Una palabra.

Un gesto.

Algo.

Dentro de la casa, sin embargo, todo estaba quieto.

En la sala, Mateo estaba sentado en el suelo frente al televisor gigante, viendo uno de los conciertos antiguos de su padre.

En la pantalla, miles de luces se movían en un estadio enorme.

Adrián cantaba.

La multitud gritaba su nombre.

Mateo tenía los ojos abiertos de asombro.

-Mamá... -dijo con voz baja.

Desde la cocina, Clara Ríos respondió:

-¿Sí?

-¿Toda esa gente estaba ahí por papá?

Clara apareció en la puerta con una taza de té en la mano.

Miró la pantalla.

Luego a su hijo.

-Sí.

Mateo sonrió.

-Es como un superhéroe.

Clara sintió algo extraño en el pecho.

Orgullo.

Miedo.

Las dos cosas al mismo tiempo.

En ese momento, Adrián entró a la sala.

Su rostro estaba serio.

Había pasado gran parte de la noche sin dormir.

Había leído titulares.

Había visto fotos.

Había escuchado a su hijo respirar dormido desde el pasillo.

Y había tomado una decisión.

Mateo lo vio y sonrió inmediatamente.

-¡Papá!

Adrián se acercó y revolvió su cabello.

-¿Te gusta el concierto?

-¡Mucho! -dijo el niño-. ¿De verdad cantaste ahí frente a toda esa gente?

Adrián miró la pantalla unos segundos.

-Sí.

Mateo lo observó con admiración.

-Yo quiero ir a uno contigo.

Adrián no respondió de inmediato.

Su mirada se desvió hacia Clara.

Ella entendió que algo pasaba.

-Mateo -dijo Adrián suavemente-, ¿puedes ir a jugar al jardín un rato?

-¿Con la abuela?

-Sí.

El niño asintió y salió corriendo hacia la cocina donde estaba la madre de Adrián.

Cuando la sala quedó en silencio, Clara habló.

-¿Qué pasa?

Adrián respiró hondo.

Luego dijo algo que Clara jamás esperó escuchar.

-Voy a cancelar la gira.

El silencio cayó como una piedra en el centro de la habitación.

-¿Qué?

Adrián continuó:

-No solo la gira. Todas las entrevistas. Todos los compromisos. Todo.

Clara lo miraba como si no hubiera entendido.

-Adrián... eso no es posible.

-Sí lo es.

-Tu contrato...

-No me importa.

Clara dejó la taza sobre la mesa.

-Eso es tu carrera.

Adrián dio un paso hacia ella.

-Mi carrera no vale más que mi familia.

Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.

Clara sintió que algo dentro de ella se movía.

Algo profundo.

Algo que llevaba años esperando escuchar.

Pero antes de que pudiera responder...

El sonido de un automóvil entrando en el patio rompió el momento.

Ambos miraron por la ventana.

Un vehículo negro.

Elegante.

Clara frunció el ceño.

-¿Quién es?

Adrián no necesitó mirar mucho para saberlo.

-Problemas.

La puerta principal se abrió unos segundos después.

La empleada de la casa apareció nerviosa.

-Señor... hay un hombre que dice venir de la disquera.

Adrián cerró los ojos un segundo.

-Déjalo pasar.

Minutos después, un hombre entró a la sala.

Traje gris impecable.

Portafolio negro.

Expresión fría.

-Adrián -dijo con una sonrisa falsa.

-Ramírez -respondió Adrián.

El ejecutivo de la disquera observó la habitación... y luego sus ojos se detuvieron en Clara.

-Ah... así que esta es Clara Ríos.

Clara sintió inmediatamente el peso de su mirada.

No era amable.

Era calculadora.

-Encantado -dijo él sin realmente estarlo.

Luego volvió a Adrián.

-Tenemos que hablar.

Adrián cruzó los brazos.

-Habla.

El hombre abrió su portafolio.

Sacó varios documentos.

-La gira está programada para continuar en Los Ángeles dentro de cinco días.

-No voy a ir.

El ejecutivo levantó lentamente la mirada.

-Perdón... ¿qué?

Adrián no repitió.

El silencio se volvió tenso.

Ramírez dejó los papeles sobre la mesa.

-Adrián, tal vez no estás entendiendo la magnitud del problema.

Adrián respondió con calma.

-La entiendo perfectamente.

-Hay patrocinadores.

-Contratos internacionales.

-Cientos de millones invertidos.

Adrián no se movió.

-No voy a ir.

La voz del ejecutivo perdió la amabilidad.

-No puedes desaparecer cada vez que tu vida personal se complica.

Clara sintió que el aire en la sala se volvía más pesado.

Adrián habló más firme.

-No estoy desapareciendo.

-Estoy eligiendo.

El hombre dio un paso adelante.

-Si cancelas la gira, la disquera puede demandarte.

-Puede congelar tu carrera.

-Puede destruir todo lo que has construido.

Clara miró a Adrián con preocupación.

Pero él no dudó.

-Entonces háganlo.

Ramírez lo miró con incredulidad.

-¿Estás dispuesto a arriesgarlo todo... por esto?

Su mirada se movió hacia Clara.

Y luego hacia la puerta del jardín donde Mateo jugaba.

El silencio fue largo.

Muy largo.

Entonces Adrián respondió con una calma absoluta:

-No estoy arriesgándolo todo.

Miró hacia su hijo.

Y luego a Clara.

-Estoy salvando lo único que realmente importa.

El ejecutivo cerró lentamente el portafolio.




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