Mi secreto en los titulares.

24. El Exilio.

Esa noche la casa estaba en silencio.

Mateo dormía.

Clara estaba sentada en el balcón mirando el mar.

Adrián salió y se sentó junto a ella.

-No quería que tuvieras que vivir esto otra vez.

Clara lo miró.

-No me preocupa la fama.

Adrián levantó una ceja.

-¿Entonces qué?

Clara dijo en voz baja:

-Me preocupa perderte otra vez.

Adrián tomó su mano.

-Eso no va a pasar.

Clara apoyó la cabeza en su hombro.

-¿Y si te quitan todo?

Adrián miró la oscuridad del océano.

Luego respondió con calma.

-Entonces empezaré de nuevo.

Clara lo miró.

-¿Desde cero?

Adrián sonrió ligeramente.

-Tengo algo que nadie puede quitarme.

-¿Qué?

Adrián besó su frente.

-A ustedes.

Pero en ese mismo momento...

El teléfono de Ernesto vibró en la mesa del salón.

Un mensaje nuevo acababa de llegar.

Y lo que decía...

Cambiaría todo nuevamente.

La mañana del juicio amaneció gris.

Un cielo pesado cubría la ciudad como si presintiera lo que estaba por ocurrir.

Frente al tribunal federal, decenas de periodistas esperaban detrás de las vallas metálicas. Las cámaras estaban encendidas desde temprano. Los micrófonos se extendían como lanzas esperando la primera declaración.

En los titulares ya se repetía la misma frase:

"El juicio que podría destruir la carrera de Adrián Valente."

Dentro del vehículo negro que se acercaba al tribunal, el ambiente era completamente distinto.

Silencioso.

Tenso.

Adrián estaba sentado mirando por la ventana.

Sus manos estaban entrelazadas, pero Clara notaba cómo sus dedos se movían ligeramente, como si estuviera conteniendo una tormenta interior.

Mateo estaba con su abuela en casa. Clara había insistido en que no debía ver nada de aquello.

-Todo va a salir bien -susurró Clara.

Adrián no respondió de inmediato.

Finalmente murmuró:

-No lo sé.

El automóvil se detuvo.

En cuanto la puerta se abrió, el ruido estalló.

-¡Adrián!

-¡Mire hacia aquí!

-¿Tiene miedo de perder su catálogo?

Los flashes iluminaban el rostro de Adrián.

Caminó hacia la entrada con paso firme, aunque por dentro sabía que aquella batalla no sería fácil.

El dueño de la disquera.

Roberto Valverde.

La sala estaba llena.

Abogados.

Periodistas.

Ejecutivos de la industria.

El juez entró y todos se pusieron de pie.

Adrián tomó asiento junto a su abogado.

Del otro lado estaba Roberto Valverde.

Un hombre elegante, de traje oscuro perfectamente ajustado, que observaba todo con una sonrisa apenas visible.

Cuando el juicio comenzó, la estrategia de la disquera fue clara.

Destruir la imagen de Adrián.

El abogado de la compañía caminó por la sala con seguridad.

-Señoría, mi cliente invirtió millones en construir la carrera del señor Adrián Valente.

Mostró documentos.

Contratos.

Inversiones en marketing.

-Durante años la disquera financió su éxito.

Luego su tono cambió.

-Pero el señor Valente ha demostrado ser un artista inestable.

Las pantallas mostraron titulares.

Escándalos.

Conflictos con la prensa.

Demandas.

-Un artista que genera caos.

Clara apretó las manos sobre su regazo.

El abogado continuó.

-Y ahora pretende abandonar su contrato, conservar la música que fue producida con recursos de la compañía y destruir el acuerdo legal que firmó voluntariamente.

El juez observaba en silencio.

El abogado finalizó:

-Las canciones pertenecen a la disquera.




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