Capítulo 36: Como arruinar una boda.
POV Sienna.
El aire en la suite del hotel huele a laca, perfume caro y desesperación.
—Llévate a ese animal a la habitación contigua, ahora mismo —ordena mi madre, Elizabeth, sin siquiera mirar a Mick—. Y tú, quédate ahí hasta que te llamemos. No queremos pelos de perro en el reportaje fotográfico.
Mick me mira, sus ojos buscando los míos con una advertencia silenciosa, pero Elizabeth me agarra del brazo con una fuerza sorprendente. Burbuja ladra, confundida, mientras Mick es escoltado fuera. Me quedo sola en el vestidor con los dos monstruos de la perfección: mi madre y mi hermana, Sara.
—A ver —dice Elizabeth, sacando la faja que parece un instrumento de tortura medieval—. Póntela. Y ni se te ocurra respirar profundo.
Siento el material apretarme hasta que las costillas me duelen. Elizabeth y Sara tiran del vestido de lino blanco, el que "debía" entrarme. Oigo un crujido. Luego otro. Y finalmente, el sonido seco de la tela rindiéndose. La cremallera ha estallado.
—¡Oh, por Dios! —grita Sara, mirándose en el espejo como si el desastre fuera suyo—. ¡Lo has roto! Siempre lo arruinas, Sienna. ¿No podías cerrar la boca y dejar de comer una semana? Ahora, ¿qué te vas a poner? Vas a salir en todas las fotos pareciendo un desastre.
—Sara tiene razón —sentencia mi madre, su voz fría como el acero—. Es imposible. Nunca te verás presentable, Sienna. Tienes la disciplina de un niño de cinco años.
Elizabeth camina hacia el armario y saca un vestido que solo puedo describir como un insulto textil: es rígido, de un color beige amarillento que me hace parecer enferma y con volantes que me ensanchan el triple.
—Ponte esto —me lo tira a la cara—. Da igual si pareces un florero, este es el momento de Sara. Intenta, al menos, no llamar la atención por lo gorda que estás.
Se van, cerrando la puerta con un golpe seco. Me quedo ahí, mirando los restos del vestido roto en el suelo. Lloro. Lloro de esa forma silenciosa que te quema la garganta, sintiéndome como la mancha de grasa en un mantel de seda.
(...)
Una hora después mi madre entró como un huracán.
—Ya deja el berrinche, Sienna. Es hora. Vamos.
Elizabeth abre la puerta. Ni siquiera me pregunta si estoy bien. Salgo al pasillo del hotel sintiéndome ridícula con ese vestido espantoso. A lo lejos veo a mi padre, el exsenador, repasando su discurso. Ni siquiera levanta la vista cuando paso por su lado; para él, soy parte del mobiliario de fondo.
Mis primas, encabezadas por Tiffany, me esperan cerca de la salida.
—Vaya —dice Tiffany, tapándose la boca con una mano—, ¿el código de vestimenta era "cortina de hotel de los años 80" y no me enteré?
Aguanto las ganas de salir corriendo hacia el mar y no volver. Pero entonces, sucede.
—Ignóralas.
Esa voz. Ese trueno de seda. Me giro y ahí está Mick. Mi madre, en un intento desesperado por "mejorar el panorama", le ha dado un traje a medida de Tom Ford. Negro, impecable, resaltando su porte de instructor fitness. Está tan guapo que las burlas de mis primas se mueren en sus gargantas.
Él me ofrece el brazo. Me mira de arriba abajo, pero no ve el vestido horrible. Ve mis ojos rojos. Ve mi miedo.
—¿Lista para el sacrificio, Bitters?
—Mick, parezco un florero —susurro con la voz rota.
—Te miran porque yo te estoy mirando a ti —me dice, apretando mi brazo contra su costado—. Y yo tengo un gusto exquisito. Vamos a darles algo de lo que hablar de verdad.
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POV Mick
Llegamos a la ceremonia. El ambiente es gélido. Escucho los murmullos: "¿Esa es la hermana? Es el patito feo de la familia". Siento a Sienna encogerse a mi lado. Baja la cabeza, dejando que su pelo cubra su rostro.
Me hierve la sangre. Miro a Elizabeth, tan orgullosa de su evento perfecto, y a la Miss Universo que camina hacia el altar ignorando que acaba de humillar a su propia hermana.
—Sienna, mírame —le ordeno—. No bajes la cabeza. Si lo haces, cantaré aquí mismo.
—No te atreverías —dice ella, sin creerme—. Mamá te mataría.
—Pruébame.
Sienna vuelve a bajar la mirada, escondiéndose. Me pongo de pie.
En ese momento, la marcha nupcial empieza a sonar. Sara aparece, radiante. El silencio es total. Y yo lo rompo.
Empiezo a cantar a capella, con toda la potencia de mis pulmones, "Can't Help Falling in Love". Mi voz retumba contra las olas, cruda y profesional. Sara se detiene en seco. Elizabeth se pone púrpura, llevándose la mano al pecho. Los fotógrafos, olvidando a la novia, giran sus cámaras hacia nosotros.
Sienna levanta la cabeza, con los ojos como platos. Sigo cantando mientras camino hacia el pasillo, mirando solo a ella, ignorando a la Miss Universo congelada.
"Toma mi mano, toma mi vida entera también..."
Sienna se tapa la boca, pero sus ojos brillan con una alegría salvaje. Está viendo a su madre al borde del colapso y a su hermana perdiendo el control, y todo porque yo decidí que ella era la única reina en ese jardín.
Me detengo al terminar la estrofa, le guiño un ojo y me vuelvo a sentar. El silencio es sepulcral.
—Te van a deportar de Hawái —me susurra Sienna, temblando de risa contenida.
—Valió la pena —le respondo—. Ahora mantén la cabeza alta, Bitters. Eres la mujer del cantante.
Ella endereza la espalda, ignora el vestido beige y mira al frente con una sonrisa que eclipsa cualquier corona. Por fin, ya no es el patito feo. Es mi mujer, ahora falta que me ponga la etiqueta, porque no me conformó con que lo nuestro sea una monogamia sin etiqueta, quiero todo con ella.
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Editado: 01.03.2026