CAPÍTULO 37 —
POV Sienna
Mick termina de cantar y el silencio que sigue es eléctrico, hasta que un aplauso espontáneo de los invitados —confundidos pero deslumbrados por el espectáculo— rompe la tensión. La boda de Sara comienza, pero el aura de perfección de los Blake-Harrison se ha agrietado para siempre.
Yo sigo riéndome bajito, con los hombros temblando de pura liberación, mientras Elizabeth me lanza dagas con los ojos desde la primera fila.
Mick se inclina hacia mí, su aliento rozándome la oreja. —¿Quieres quedarte a escuchar el discurso de tu hermana o nos vamos a la playa antes de que tu madre contrate a un sicario?
—La playa suena a un plan infinitamente mejor —respondo sin dudarlo.
Nos escabullimos entre las palmeras, dejando atrás el champán caro y las miradas de desprecio. Corremos por la arena tibia, yo con los tacones en la mano y el vestido beige de "florero" ondeando al viento, y él desabotonándose la chaqueta de Tom Ford. Se ve impecable bajo la luna; su piel limpia, su mandíbula marcada y ese porte de instructor fitness que me vuelve loca.
Nos sentamos cerca de la orilla. El Pacífico ruge frente a nosotros, ahogando cualquier rastro de la fiesta. Mick me mira con una intensidad que me corta la respiración.
—¿Merezco un acto performativo o todavía no? —pregunta con voz juguetona, acercándose a mi rostro.
Mi corazón da un vuelco, pero pongo una mano en su pecho. El aire entre nosotros necesita ser limpiado de secretos. —Quiero la historia, Mick. La de Jane. La de John. La de verdad. Sin omisiones.
Mick suspira. La sonrisa se le borra de golpe, reemplazada por esa sombra antigua que siempre intentaba esconder. Se pasa una mano por el pelo y mira hacia el horizonte oscuro. —Sabía que esta parte llegaría —dice con voz pesada.
—No quiero presionarte, pero necesito entender quién eres cuando no estás conmigo —le digo con suavidad.
Mick asiente, se abraza las rodillas y empieza a hablar.
—John y Marlon eran mis mejores amigos. Crecimos juntos, éramos hermanos de sangre y de calle —comienza—. Jane era la hermana menor de John. Siempre estuvo ahí, siempre fue "la pequeña".
Trago saliva, escuchando el dolor real en su tono y no se si estoy preparada para escucharle...
Para entender quién soy —comienzo con la voz quebrada—, tienes que entender que llevo seis años viviendo en el funeral de otra persona.
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POV de Mick
La brisa de Hawái es cálida, pero mis manos están heladas. Sienna me mira con una quietud expectante, y el peso de mi secreto se vuelve una marea alta que amenaza con ahogarme. Suspiro, y el aire sale de mis pulmones cargado de un cansancio de siglos.
—Para entender quién soy —comienzo con la voz quebrada—, tienes que entender que llevo seis años viviendo en el funeral de otra persona.
Cierro los ojos, y el sonido de las olas se transforma en el rugido de una tormenta irlandesa.
Inicio del Flasback
La lluvia en Dublín no cae, te golpea. El aire esa noche estaba saturado de un olor metálico, una mezcla de ozono y presagio. En el salón de la casa, la música retumbaba, pero para mí todo se volvió silencioso cuando Jane me acorraló contra la pared.
No fue un beso de amor; fue un grito de auxilio de una niña perdida. Y entonces, la puerta se abrió.
La mirada de John no fue de rabia. Fue algo peor. Fue el sonido de un cristal fino rompiéndose en mil pedazos. Él no vio a su mejor amigo; vio la traición encarnada en el hombre en el que más confiaba.
—John, espera… —mi voz fue un susurro inútil contra el trueno.
Él no gritó. Solo me miró con una decepción tan pura que me heló la sangre. Agarró las llaves de su moto, y en sus ojos vi que ya se había despedido de mí.
—Para mí, Mick, ya estás bajo tierra —dijo.
Salió a la noche. El rugido de la motocicleta fue un lamento que se alejó a toda velocidad. Corrí tras él, con el agua calándome hasta los huesos, gritando su nombre hasta que la garganta me ardió.
Entonces, ocurrió.
No hubo un estruendo cinematográfico. Solo un crujido seco, el sonido de la porcelana rota multiplicado por mil. Y luego, un silencio tan denso que podías masticarlo.
Corrí hacia la curva. La moto era un amasijo de hierro humeante. Y ahí estaba él, tendido sobre el asfalto mojado, como una nota musical interrumpida a mitad de una sinfonía. Me desplomé a su lado, ignorando los cristales que se clavaban en mis rodillas.
—¡John! ¡No, no, no! —lo levanté, acunando su cabeza contra mi pecho.
Su sangre estaba caliente, un contraste terrorífico con la lluvia gélida. Me manchó las manos, la camisa, la vida entera. Él abrió los ojos, empañados por la neblina de la muerte, y buscó mi mano con una debilidad que me desgarró el alma.
—Mick… —su aliento era un hilo rojo—. Cuídala… por favor… no dejes que se apague…
—No te vayas, hermano. ¡Pelea, maldita sea! ¡No me dejes con esto! —sollocé, apretándolo contra mí, tratando de pasarle mi propio calor, mi propia vida.
Pero sentí el momento exacto en que la luz se fue. Sus dedos perdieron fuerza sobre los míos. El peso de su cabeza se volvió inerte. El silencio regresó, pero esta vez era definitivo. John se había ido, y se había ido pensando que su mejor amigo era su enemigo.
A los pocos meses, el horror se repitió. Entré en el baño de Jane y la encontré rodeada de frascos vacíos, con los ojos vueltos hacia atrás, intentando alcanzar a su hermano en la oscuridad. La salvé del abismo, pero sus riñones se rindieron bajo el peso del veneno.
Desde esa noche, dejé de cantar. ¿Cómo iba a emitir belleza una garganta que solo quería gritar de culpa? Me convertí en un asceta del dolor. Moldeé mi cuerpo en el gimnasio, buscando que el agotamiento físico silenciara los gritos de mi mente. Me volví instructor para enseñar a otros a ser fuertes, mientras yo por dentro era polvo. Me alejé de todo rastro de amor, porque el amor, en mi mundo, siempre terminaba en sangre y asfalto.
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Editado: 01.03.2026