Mi vecino infernal

39.

CAPÍTULO 39 — DESAYUNOS, PERROS ENFADADOS Y UNA HUIDA ÉPICA

POV SIENNA

Me despierto con la sensación de que el mundo es un lugar mullido y perfecto. No hay fajas. No hay críticas. Solo hay piel. La luz del sol de Hawái se cuela por las cortinas, iluminando la red de extremidades en la que nos hemos convertido. Estoy enredada con Mick de una forma que desafía las leyes de la física y la anatomía.

«Dios mío. Lo hemos hecho. Y no solo lo hemos hecho... ha sido... apoteósico. ¿Seré una demente si le digo que quiero repetirlo ahora mismo? ¿Se espantará? "Hola, Mick, gracias por las estrellas, ¿podemos volver al espacio exterior antes del café?". No, Sienna, contrólate. Mantén la dignidad. Aunque, técnicamente, la dignidad se fue por la ventana cuando grité su nombre anoche.»

Me quedo un momento observándolo. Es insultante. Es ilegal. Nadie debería tener derecho a despertarse con ese aspecto. Su pelo está alborotado, tiene la sombra de la barba marcando su mandíbula y esa expresión de paz que solo tiene cuando duerme.

«Míralo. Es perfecto. Deberían arrestarlo por publicidad engañosa: parece un chico malo, pero te trata como si fueras de cristal. ¿Lo suelto? ¿Le digo que es el mejor desayuno que he visualizado en mi vida? No, respira. No parezcas una psicópata.»

Mick suelta un gruñido bajo y empieza a desperezarse. Sus ojos se abren lentamente, encontrándose con los míos. Me entra un pánico repentino de "intimidad post-coital" y, al intentar separarme rápido para que no vea mis legañas matutinas, calculo mal la distancia.

—¡Mierda! —el borde de la cama desaparece y aterrizo en el suelo con un golpe seco.

—¿Joder? ¡Sienna! ¿Estás bien? —Mick se incorpora de un salto, visiblemente alarmado.

Se levanta de la cama con la agilidad de un atleta y se acerca a mí, extendiéndome la mano para ayudarme.

«Oh, por todos los santos... Está desnudo. Totalmente desnudo. Frente a mí. Con la luz del sol dándole de lleno.»

Me quedo paralizada en el suelo, con la boca abierta, agarrando la sábana que me he traído en la caída para cubrirme como si fuera un escudo sagrado.

«Céntrate, Sienna. El hombre te está dando la mano y tú estás analizando sus abdominales como si fueran un mapa del tesoro. Mi cerebro acaba de entrar en modo "pensamientos cochinos nivel experto". Esa espalda... esas piernas... Dios, la genética fue muy generosa con los Lennon.»

Mick nota mi mirada fija en su... bueno, en todo él. Se mira a sí mismo, se da cuenta de su falta de vestuario y suelta una carcajada ronca, rascándose la nuca.

—Vale, vale... me visto enseguida. Perdona, Bitters.

—¡Que va! No te vistas —suelto, antes de que mi filtro social pueda intervenir—. Que uses ropa debería ser ilegal. En serio. El mundo pierde patrimonio cultural cada vez que te pones una camiseta.

Me levanto del suelo, aún envuelta en la sábana como una toga romana mal puesta, y lo rodeo por el cuello. Lo beso con una intensidad que lo deja sin palabras. Él me devuelve el beso, me levanta en vilo y me empuja suavemente de vuelta a la cama, posicionándose sobre mí.

—Qué buen desayuno, Bitters —murmura contra mi cuello, su voz vibrando en mi pecho.

—Concuerdo plenamente —respondo, cerrando los ojos.

¡BIP-BIP-BIP-BIP!

La alarma de mi móvil rompe la burbuja de romanticismo con la sutileza de una motosierra. La miro de reojo sobre la mesita de noche.

—¡Mierda! —gritamos los dos al unísono.

—El vuelo sale en tres horas —dice Mick, saltando de la cama (esta vez con mucha más prisa)—. Y el aeropuerto de Lihue es un caos.

Nos vestimos a una velocidad récord. Yo me pongo lo primero que encuentro, que resulta ser una camiseta de Mick que me queda por las rodillas y unos jeans Corremos al cuarto de Mick para recoger su ropa y a la verdadera jefa de esta relación.

Al abrir la puerta, Burbuja nos recibe con un concierto de ladridos indignados. Está sentada sobre la almohada, con sus ojos de canica negra fijos en nosotros. Su lenguaje corporal de pomerania dice claramente: "Me habéis dejado sola en esta celda de lujo mientras vosotros estabais de fiesta. Rodarán cabezas".

—Lo siento, pequeña fiera, nos vamos —Mick la mete en el transportín mientras ella intenta morderle un dedo de forma poco amistosa.

Bajamos al lobby casi derrapando, con las maletas golpeando los talones. Y ahí, junto a las palmeras de la entrada, aparece el jefe final de este videojuego: Elizabeth Blake.

—¿A dónde van con esas trazas? —pregunta mi madre, cruzándose de brazos—. Tenemos el desayuno familiar en la terraza norte. Sara va a abrir los regalos y el Senador quiere hacer un brindis por la "unidad familiar".

Miro a Mick. Miro a mi madre. Siento el peso del anillo de compromiso imaginario (y el real de mi corazón).

—Nos vamos a casa, mamá —digo, sin detenerme—. No hay tiempo para brindis. Perdemos el vuelo y, sinceramente, ya he tenido suficiente unidad familiar para toda una década.

—¡Sienna, vuelve aquí! ¡Es una falta de respeto! —grita ella mientras nos alejamos.

—¡Dile a Sara que el vestido beige está en la basura! —le grito por encima del hombro mientras Mick me abre la puerta del taxi.

Subimos al coche. Mick me mira, jadeando por la carrera, con Burbuja aún gruñendo en su regazo, y me toma la mano.

—¿Londres? —pregunta.

—Londres —respondo con una sonrisa—. Donde nadie nos obliga a desayunar con senadores.

El taxi arranca, dejando atrás el Grand Hyatt y la sombra de los Blake. Por fin, somos libres.

(...)

El vuelo de regreso desde Hawái dura una eternidad, pero por primera vez en mi vida, desearía que el avión no aterrizara nunca. Estamos en modo "chicle" total. No hay ni un centímetro de aire entre el brazo de Mick y el mío. Tengo la cabeza apoyada en su hombro, su mano entrelazada con la mía y nuestras piernas formando un nudo que haría llorar a un fisioterapeuta.




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