Mi vida por ser infiel

36: El contrato.

Ana y Eva ya empezaban a incomodarse de manera exagerada. Mario las observaba como si fueran algún tipo de arlequines de circo en los que solo tenía sentido reír al final de la actuación.
—Si creen que deberían irse, háganlo. —Les sugirió.
Su afán de competir entre ellas, les hizo pelearse con comicidad; prefirió dejarlas como último recurso.
Su hermanastra Melisa se le acercó.
—He visto cómo miras a mi madre.
Procuró que no se le viera alarmado, pero puso sus radares alerta.
—Según tú, ¿cómo miro a Marta?
—Cómo se miran los actores que son pareja en la vida real.
—Exageras.
—Como Blancanieves y Encantador en Once. O Rafa y Amaia en Ocho apellidos. Así la miras.
—Melisa, ¿me estás comparando con Josh Dallas o Dani Rovira? —Intentó dar un paso atrás, fingiendo indignación; aunque la sonrisa de ironía no la pudo esconder.
Ella rodó la vista y volvió a caer en él.
—¡Obvio!
Él se cruzó de brazos, con sarcasmo.
—¿Tan malo es, que admire a tu madre?
—La admira tu padre, que cree que solo será feliz si mi madre le acepta. —Melisa se puso las manos en las sienes, replicando el gesto de una explosión—. Tú la miras como si solo ella te diera razones para vivir.
Por un microsegundo, Mario se sintió descubierto por su hermanastra. Pero al momento, recordó la cláusula de infidelidad que él mismo había incorporado al contrato de matrimonio y todas las mentiras que él y Marta habían tejido para ocultar sus sentimientos.
—Tengo novia, ¿recuerdas?
—Y a la que ignoras por estar más tiempo en GODANE, Mario. —Melisa se cruzó de brazos.
—¿Dónde está la mujer que llamaba insegura a mi chica, acariciando mi brazo como si yo fuera el gato del Doctor No?
—¿El gato de quién?
—Olvídalo, que no lo entenderías. —Mario se cruzó de brazos, igual que ella—. ¿Ya no intentas seducirme?
—¿Cómo podría competir contra mi madre?
—Yo no… —Intentó excusarse y se apagó antes de salir.
—Te pediría que no le hicieras a esa chica más daño y la dejaras.
—No pareces la misma Melisa del martes.
—¡Échale la culpa al zodiaco!; como soy géminis…
Observó a su hermanastra acercarse a sus tres accionistas de GOZZE con nombres de evangelistas, y los hombres afirmaron y se dirigieron a la puerta con cara cansada. Irónicamente, Ana y Eva, las accionistas de ADAN, replicaron el mismo gesto.
Cuando Mario reparó en Manuel, se dio cuenta de que Felisa le acarició el hombro de manera sutil y que su padre reía con confianza.
Quizás se estaban ordenando las piezas sin necesidad de moverlas.
Hugo levantó la vista y, con un gesto de la mano, llamó a Mario y su prima Melisa junto a él.
—Me he ofrecido como diseñador de vuestra web.
—¡Eso es genial, Hugo! —Melisa sonreía mientras se sentaba junto a él.
—Eso me parece muy buena idea, yo diría que es la mejor noticia para la empresa. —Mario se relajó metiendo las manos en los bolsillos.
—¿Sabéis con quién tendría que hablar para incluirle un acceso directo para los contactos de clientes y proveedores? —Hugo fue directo al grano con el tema de la página web.
—Yo soy la jefa de ventas de GOZZE y Mario —Melissa le señaló— lo es de ADAN.
—También soy el enlace de Recursos Humanos, aparte del Relaciones Públicas. —Informó.
—¡Y el heredero de las acciones de tu padre, que para eso eres hijo único! —Rio Melisa.
—¿Entonces seguís estando ambos compartiendo el departamento?
Melisa y Mario se miraron; justo ese tema estaba pendiente.
—Mi padre me sugirió separar a los clientes de los proveedores. ¿Qué opinas?
Melisa miró a su primo, que esperaba expectante, y tras revisar a su tía reírse de un mal chiste de Manuel, se dirigió a Mario.
—Como tienes más responsabilidades en tus otros cargos, creo consecuente que te quedes con la parte de los clientes, ya que la empresa se podrá prácticamente vender sola gracias al trabajo de Hugo. —Melisa sonrió a su primo con confianza.
El grandullón dio un pequeño salto sobre sus pies, intentando emular el paso marcial de instrucción.
—¡Espero estar a la altura, jefa!
—Ay, no, por favor, la jefa es mi madre. —Ella hizo un además con la mano, restándose importancia.
—¡O mi padre! —Mario levantó la mano, incorporándose a la ecuación.
—Yo creo que ya va siendo hora de regresar al sobre, ¿verdad? —sugirió Melisa—, los accionistas se han ido sin decir adiós, ¡leche!
Recogió el bolso de su silla y la cazadora del perchero. Se despidió con un gesto de la mano y salió por la puerta.
Mario y Hugo observaban orgullosos a sus padres. Manuel y Felisa hablaban y reían ajenos a los movimientos de todos a su alrededor.
—¿Cuándo se darán cuenta? —preguntó Mario.
—¿De qué?
—De que están solos.
—Estamos nosotros también. —Hugo era realmente inocente.
—¿Se darán cuenta si nos vamos?
—Supongo. —Se acercó a su chaqueta de cuero y se la puso—. O puede que no.
Mario salió por la puerta y Hugo le siguió; desde fuera, se habían cerciorado de mirar la hora, las nueve menos cuarto de la noche.
—Tendré que hacer una foto o mi madre no me va a creer cuando se lo diga.
El informático sacó su móvil y, con su reloj de pulsera dentro del encuadre, fotografió a Manuel y Felisa en plena conversación casi íntima.
—¿Mi padre seguirá alegando que está enamorado de Marta si se la muestro? —rio Mario.
—¿No sería más sencillo si la gente admitiera lo que siente? —Hugo se guardó el móvil en el bolsillo—, mi tía está enamorada de ti, pero no lo quiere admitir tampoco.
—¿En serio? —se hizo el curioso.
—¿No te habías dado cuenta de que eres correspondido? —respondió con una pregunta.
—De todas maneras, hay una cláusula que le otorga todo el poder al perdedor si uno de los dos es infiel. —Mario consideró a Hugo un buen confidente.
—¿Por eso no se pueden divorciar mi tía y tu padre?
—No, por eso no pueden enamorarse de otra persona. —Se lo intentó explicar—. Marta no puede enamorarse de nadie más que él y Manuel de nadie más que ella.




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