Mi vida por ser infiel

48: Piñas con chocolate.

Marta sintió que aquella situación se descontrolaba y alzó las manos hacia delante.
—No os pido consejo, solo os estamos dando la noticia porque sois nuestra familia. —Su mirada imponía respeto y cariño, callándoles.
Una camarera trajo un carro con los postres, en el que había dos contenedores negros en la parte baja. Fue cambiando los platos vacíos por los postres, y uno a uno colocándolos delante de cada comensal.
Ya estaban solos en el restaurante del hotel.
—¡Yo quiero un nieto que herede GODANE!
—Y yo quiero a esta mujer; con o sin embarazo, y aunque esta realidad no pueda salir de esta mesa.
Melisa, que había estado prácticamente observando todo como en una tribuna, se incorporó algo molesta por el cambio repentino de registro.
—Mario, ¿de qué realidad hablas?
Todos se giraron hacia ella.
—Pues de que con quien está casada Marta es con mi padre y no conmigo —respondió.
—¡Pues que se divorcien, ya ves tú qué problema más grande! —para ella era bastante sencillo—, no creo que tu padre se niegue a estas alturas.
—Pero no es tan fácil con la cláusula que incorporé.
Marta se sentó y todos los demás miraban a Mario con expectación. Aunque Manuel fue quien preguntó.
—¿Es que crees que incorporaría algo tan injusto, sabiendo que cualquiera de los dos, en un desliz, podríamos perder el trabajo de toda nuestra vida?
Mario se derrumbó sobre la silla. Era observado por todos. Incluso la chef del restaurante, que se acercaba para preguntar; y el director del hotel y su guardaespaldas, por afinidad familiar, tuvieron que pararse a mitad de camino.
—Me hiciste creer que la incorporaste.
—Me hizo ilusión que me protegieras de esa manera tan visceral, Mario, ¡no quería desilusionarte!
El joven se mostró enfadado al momento; le dio la mano a Marta.
—¿Y ella?
—¿Qué pasa con ella?
Marta tiró de la mano que le tenía dada.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿No pensaste que se lo diría?
—Siempre me podría preguntar; a fin de cuentas, se casó conmigo. —Manuel se encogió de hombros.
—Eres muy buen hombre, Manuel —intervino Marta, también besándole la mano a su alcornoque, tranquilizándolo—, deseo que seas feliz con Felisa.
—¡Alto ahí, mamá! —Julián golpeó la mesa al apoyar los codos—. ¡GODANE es una sociedad limitada! ¿Por qué te estás dando por despedida? ¡Se inicia un divorcio amistoso y aún seguiríais teniendo la empresa a medias!
Esa aclaración relajó a los jefes, que se sentían felices.
Los empleados del hotel, con su séquito, pudieron acercarse al fin. Cuando todo se aclaró.
Lope reparó en el “palito” sobre la mesa y le dio la enhorabuena a su primo.
—Ya que he podido encontrarme contigo después de tanto tiempo separados —comenzó Mario mientras abrazaba a Lope—, me gustaría celebrarlo también con Bruno.
—Lo intentaremos juntos, primo, felicidades por la noticia.
—Gracias.
Melisa se levantó, casi chocándose con la chef, para acercarse al guardaespaldas. Calculó la diferencia de altura y volvió a su asiento.
—Disculpe, señorita —replicó ese muro, totalmente sonrojado—, en vez de invadir el espacio personal de una persona de esa manera, ¿por qué no lo hace como los demás y me da su teléfono o me pide el mío?
Melisa se levantó de la mesa en mutismo absoluto y se acercó a él de nuevo. Se apartaron a un lado para intercambiar los contactos.
—¿Les ha gustado la cena?
La voz de la chef, suave, pero aún más firme, casi como un suelo resbaladizo, les hizo girarse.
—Muy rico todo, Chef Libertad; ¿el postre tiene piña de verdad? —Dejó la cucharilla sobre los restos de chocolate del plato.
—¡Y piñones! —le observó las manos y reparó en el test sobre la mesa— ¡Enhorabuena, papás!
Libertad, según había acudido, se fue.
Mario se fijó en que Manuel se sentía incómodo y, al ver a la chef caminar de espaldas, le volvió a asediar el déjà vu. Corrió tras ella y le llamó la atención.
—Gracias, Lili, por demostrarnos a mí y a Lope, hace dieciocho años, que la madurez no tiene que ver con la edad.
—¡No me llamo Lili, me llamo Libertad! —Se sintió ofendida, pese a sonrojarse—. ¡Joder con el diminutivo de las narices!
Se fue hacia la cocina, casi echando humo por las orejas, como en una caricatura.
Cuando Mario volvió a la mesa, pudo ver en su primo un atisbo de duda, que enseguida escondió bajo una sonrisa.
Lope, con un gesto de la mano, llamó al sommelier. El hombre, menudo, se acercó con la carta de vinos.
—Os voy a invitar al mejor vino de mi bodega particular. —Lope se giró hacia Marta y la sonrió—. ¡Y a la feliz mamá, el mejor mosto de toda la carta!
Lope se unió a la celebración, que se postergó hasta casi las dos de la madrugada. Todos los empleados del restaurante fueron delegados a descansar, menos la chef, que quiso quedarse a observar sentada desde la puerta de cocinas.
Lope pidió permiso a Mario para incorporarla a la invitación, que aceptó de buen grado, pero que la propia Libertad denegó.
No fue hasta que el guardaespaldas se acercó a ella para convencerla que la mujer se acercó.
Ese gesto hizo que Melisa, lejos de sentir celos, se interesara de manera genuina en la complicidad que había entre los empleados de un Lope que sí que mostraba unos celos que no quería admitir.
Cuando ya habían pasado las dos de largo y casi eran las tres, la celebración de notificar una nueva vida ya pedía descansar.
Se fueron dispersando hacia sus coches. Felisa iba cogida del brazo de Manuel, contándole algún chiste al oído. Julián discrepaba con Liliana algo relacionado con invitarla a cenar comida asiática. Lorena, con su particular seriedad, había esbozado una leve sonrisa cuando Hugo se ofreció a llevarla a su casa.
Melisa se quedó mirando a las cinco personas que se quedaban en la puerta exterior del restaurante.
—Mamá, creo que a papá le gustaría Mario.
Marta se sorprendió. Mario la apretó hacia él, y desvió la mirada con vergonzosa resignación.
—Pues vale. —Soltó con la boca pequeña.
—¡Eso es bueno! —Marta le tomó de la cara y le besó—. ¡Me encanta tu ternura, aunque nunca te lo haya dicho!
Marta le volvió a besar; a lo que Melisa, desde su postura con un pie dentro y otro fuera de su coche, aplaudió.
—¡He sido testigo del primer beso de mamá y su novio, y Julián no me va a quitar ese puesto! —Se metió en su coche eléctrico y arrancó— ¡Toma ya!
Se fue hacia el Paseo de la Castellana rumbo al sur.
Marta no pudo evitar reír, con esa risa contagiosa que tanto temía mostrar y que él le mostró que no debía cohibir.
Lope y Mauro rieron a continuación, en consecuencia de la suya. Libertad, con gesto irónico, se cruzó de brazos y entró de nuevo al restaurante.
Mario reía levemente y todos acudieron al aparcamiento que había bajo el hotel.
—Libertad, ¿vienes? —dijo Lope con genuina cortesía.
Aceptó sin mediar palabra y se montó con Lope y Mauro en su coche.
Marta y Mario se montaban cada uno en el suyo, rumbo al norte, con ganas de proseguir su vida, su arte y su, ya expuesta, relación.




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