Mario se esperó a masticar su pinchada de pasta para poder hablar.
—¿Qué te preocupa?
El amor con el que lo dijo la desarmó.
—¿Volvemos a tu piso? —Desvió el tema.
—¿Por qué no me lo quieres contar?
Suspiró con fuerza y se dejó vencer por la situación, aunque no por el miedo.
—No voy a tentar a la suerte, no pienso precipitar las cosas más de la cuenta.
Él soltó el cubierto en el plato.
—Me estás asustando.
—Puedo adelantarme e ir a la farmacia, pero estoy casi segura del resultado.
Mario se levantó con urgencia a abrazarla.
—Lo que sea, lo pasaremos juntos.
—No lo dudo, ¿confías en mí? —Levantó la vista para mirarle a la cara.
—¡Oye, reina, me ofendes! —Le besó la frente, que era lo único que llegaba—. ¡En eso tampoco dudes!
—Pasemos por la farmacia y vamos a tu piso a que estrenes el caballete; lo vamos viendo según el plan.
—¿No quieres decírmelo?
—No quiero entonarlo todavía. ¡Es que no es lo mismo! —Se mostró algo agobiada—, ¡por favor!
Mario se puso en cuclillas y la besó.
—Sabes que en la farmacia me voy a enterar. ¿Verdad?
—Y es el tiempo que tengo para hacerme a la idea.
La comida terminó en silencio; recogieron, limpiaron y se disponían a salir cuando él cogió sus camisas: la negra de la semana pasada y la granate del día anterior.
—¿Qué haces? —se quejó.
—Me las llevo a casa, están usadas.
—Huelen a chocolate, déjalas.
El comentario le desarmó, soltó las camisas sobre el culo de la silla y embistió para abrazarla.
Cuando se separaron para tomar aliento, Marta parpadeaba atónita.
—¿Y esto?
—Me vuelves loco, reina.
Ella respondió con una tenue risa traviesa y salieron de la casa hacia el norte, donde estaba la casa de Mario.
Un portal más allá de la tienda de ultramarinos; había una pequeña botica que compartía el local con una óptica. Entraron y Marta se dirigió al mostrador.
—¿Tienen tests?
Ni el farmacéutico ni la auxiliar levantaron la vista. Pero fue una voz de varón la que sonó.
—¿Covid o embarazo?
Mario la tomó de la cintura, para que le sintiera junto a ella. Le besó en la sien.
—Lo segundo. —Contestó Marta al farmacéutico con un nudo en la garganta.
Mientras el hombre entraba al dispensario y la auxiliar levantó un momento para verles, volviendo inmediatamente a sus deberes, Mario terminó el abrazo por la espalda y, no contento con eso, le hundió la nariz en el pelo.
—Piñas con chocolate. —Susurró.
—No es el momento, Mario. —Contestó ella de vuelta con el mismo volumen de voz, forzando una sonrisa.
El farmacéutico salió con una cajita alargada.
—¿Sabes cómo funciona?
Marta pagó los más de quince euros que valía su tranquilidad y afirmó sin decir nada.
El hombre se preocupó al ver su cara y la de Mario, medio escondida.
—¿Le doy una mascarilla violeta? —preguntó llevando una mano debajo del mostrador.
Marta entendió todo el protocolo. Se asustó y tuvo que aclararlo ante el dependiente.
—Tengo cuarenta y nueve años, y me asusta cualquier respuesta. ¡No llamé a la policía, no es nada de eso!
El hombre quitó enseguida la mano de debajo del mostrador, y miró a Mario de inmediato.
—¿Y tú?
Iba a responder cuando Marta contestó por él.
—¿Acaso eso importa, señor?
El farmacéutico suspiró, levantando las manos en rendición.
Salieron de la farmacia con el test quemándoles en el bolsillo. Caminaban de vuelta al portal de Mario y Marta temblaba bajo su abrazo.
—¿A santo de qué ha venido lo de los olores?
No se pensó mucho la respuesta.
—La mezcla suena a postre, ¿no?
—¡No bromees con eso!
—No es ninguna broma, Marta; me gusta la idea, y mucho.
—¡Pues a mí me aterra cualquier opción!
—Y lo entiendo... —Se detuvo—, espera, ¿ambas?
—¡Obvio, Mario! —Se llevó las manos a la cara—. O soy menopáusica, o voy a traer al mundo a alguien que, para cuando acabe el instituto, le iré a ver con graves problemas de movilidad.
—Te olvidas de mí, mi reina. —Le acarició dulcemente con las palabras más tiernas que le vinieron a la mente.
—No, no me olvido de ti —Resopló con cansancio—. Tienes una vida por delante y solo una opción te conviene.
Mario la soltó y se adelantó para colocarse frente a ella.
—Marta, yo no estoy contigo según venga la vida. —Le tomó de las manos, juntándolas—. Yo no voy a escoger un camino u otro. Yo te elijo a ti. —Mostró una gran sonrisa de complicidad, esperando una respuesta—. Porque para mí eres un Pikachu.
—¿Cómo dices? —Marta estaba tan perpleja con la frase, que sus lágrimas parecieron retornar—. ¿Pikachu?
—En la línea de los videojuegos de Pokémon, cuando el protagonista no escoge a uno de los bichos iniciales, el maestro le ofrece el ratón eléctrico. —Desvirtualizó el guion a su conveniencia—. Pues para mí tú eres mi única elección, ¿vale?
El corazón le empezó a latir con fuerza, echó un paso a un lado y le esquivó, adelantándose y dándole la espalda.
—¿También pensabas tirarme una bola roja y blanca a la cabeza para atraparme?
Mario la alcanzó en el portal. Hinchó el pecho y soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.
—¡Cásate conmigo!
Marta suspiró, levantando la mano derecha.
—Ya lo estoy, con tu padre; ¿te acuerdas? —Extendió la mano hacia la puerta—. ¿Abres, por favor?
Así hizo, y subieron los tres pisos hasta llegar al que albergaba su casa.
—¿Necesitas ayuda?
—¿Para orinar sobre un palito? —sonrió—, creo que todavía me valgo sola, gracias.
Pidió perdón con inocencia al verla entrar en el baño. Fueron los dos minutos más largos de su vida y golpeó la puerta.
—¿Cuál es la respuesta?
Ella abrió la puerta.
—No lo sé. —Tragó saliva.
—¿Qué tiene que salir?
—Una raya significa negativo y dos son...
—Positivo, lo entiendo. ¿Y qué ha salido?
—¿Es un positivo o un negativo? —Se lo mostró.
Mario miró directamente la segunda raya; era muy leve, y no era tan fuerte como la de prueba.
—¡Maldito palito!
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Editado: 20.03.2026