Marta resopló; sentía que el mundo se le venía encima. Mario, por su parte, había sopesado ambas opciones y la imagen vívida de un bebé recién nacido recibiendo un coscorrón apareció en su mente.
—¿Le habré provocado una conmoción cerebral?
Marta le miró incrédula, y sus dudas quedaron a un lado ante la espontánea inocencia de Mario.
—¿A un cigoto de no más de diez días? No creo.
—¡Córcholis, diez días, cierto! —Suspiró aliviado—, ha sido una sensación extraña, como si te conociera desde siempre. —empezó a ponerse nervioso— Bueno, es cierto que puede ser del primer día, pero es que sería el total, ¿me entiendes?
—¿Ahora soy yo quien te tiene que tranquilizar a ti? —Ladeó la cabeza mientras le tomaba la cara con las manos—. Mario, ¿cómo me has llamado antes, picacho?
—¿Pikachu? —Parpadeó, y estaba empezando a mirar a todos lados, como si siguiera con la vista una pelota saltarina al rebotar.
—Vale, mírame y no divagues. ¿Nos tranquilizamos? —Le robó un beso.
Le pilló desprevenido y se quedó quieto.
—Más. —Esta vez fue él quien la besó; con un brazo por la espalda y la otra mano en su nuca, se entregó una vez más.
—Mario, no quiero sentirme mayor si ha sido un falso positivo, pero no quiero sentirme culpable cuando tengas que lidiar con un hijo adolescente y su madre senil. Ahora mismo, te necesito más tranquilo, ¿sí?
Levantó la vista directamente a sus ojos; la mirada estaba enturbiada por las lágrimas, pero podía distinguir la súplica en sus ojos de color avellano. Su escueta sonrisa fue suficiente para sofocarle y centrarse.
—No te quiero perder. —Lloró.
—¿Por qué habrías de perderme? —frunció levemente el ceño—, no te entiendo.
—Porque escoja lo que escoja, estaré tomando partido y no quiero hacerte elegir. En esto no.
—Creo que estaremos más tranquilos si hacemos otro test, ¿verdad? —sugirió ella.
—Voy yo solo, tú quédate aquí y descansa, y bebe agua, o lo que sea, que vuelvo enseguida.
Mario se enderezó, besó fugazmente a Marta y se dirigió hacia la puerta.
—No tardo. —dijo justo antes de cerrar la puerta.
Marta se puso a dar vueltas por el comedor del piso de Mario. Bebió agua y se entretuvo montando el caballete. Se acordó de verlo tirado en la calle por la mañana, cuando hizo las paces con él y esbozó apenas media sonrisa que se apagó cuando recordó a la yegua acercarse hacia ella.
—Estar sola no me ayuda.
Se giró hacia el caballete y pensó en su amiga y cuñada. Quizás ya no debería llamarla así, pues Sebastián llevaba ya dieciocho años bajo tierra y, si su corazón ya pertenecía a otro, ya no venía a colación usar ese término. La llamó.
Tardó en contestar y cuando lo hizo, se la oía extraña y con un tono distinto.
—¿Pasa algo?
—Felisa, me ha pasado algo rarísimo hoy, ¿puedes hablar o estás con Manuel?
—Sí, a las dos cosas. —Rio.
—¿Lo tienes en altavoz?
—¿Eh? No, ¿lo pongo?
Dudó.
—Mejor pásamelo.
Se oyó una palmada al otro lado del teléfono.
—¡Jefa, dime!
—En un hipotético caso de ampliar la familia, ¿tú cómo llevarías lo de ser abuelo?
Manuel se esperó un par de segundos para responder.
—¡Me encantaría darle todos los caprichos que quisiera a esa tercera generación que será la heredera de GODANE! —frenó el entusiasmo para poner la guinda—, ¿A ti no?
—¿Caprichos?
—Claro, Marta, ¡me estás diciendo que puede ser que Mario me haga abuelo! —se le oyó reír, y a Felisa también—. ¡Eso es maravilloso!
Marta rodó la vista.
—Es solo una hipótesis, Manuel.
—Ya me lo suponía, Marta; pero eso significa que Mario es un hombre y no un ladrillo como le pintó tu hija el otro día, ¿no crees?
Ella arrugó la frente al alzar las cejas.
—No me acordaba de eso, Manuel, gracias. —Se tomó un segundo—. Pero deja que sea Mario quien te lo diga, ¿vale?
—¡Oído, jefa! —Manuel volvió a soltar una carcajada al otro lado del teléfono y después colgó.
En ese momento, entraba Mario con una pequeña bolsa de farmacia y una bolsa más grande con pequeñeces pesadas.
—¿Estoy viendo que son varios? —Marta miraba directamente la bolsa pequeña que parecía tener varias cajitas y algo redondo.
—Sí, y un tarro de hospital para que se pueda hacer. —Se la entregó.
—¿Y la bolsa grande qué tiene?
—El material de pintura, reina. —Sonrió.
—Estás más sereno.
—La chica de la farmacia me ha dicho que la segunda rayita es tan oscura como la concentración de la hormona del embarazo, así que directamente debe ser un positivo. Eso es lo que me ha tranquilizado.
—He llamado a Felisa para contarle mis dudas y estaba con tu padre. —Se encogió de hombros mientras se levantaba del sofá—. Estaban riendo y eran esas risas nerviosas que sueltas cuando te hacen cosquillas.
Una cara de grata sorpresa apareció en Mario. Después bajó una ceja por la expectación y a continuación frunció el ceño de preocupación.
—No vas a quitarle la empresa, ¿verdad?
Marta llegó a él y le quitó las bolsas de las manos para que la abrazara cuando ella elevó sus brazos sobre sus hombros.
—¿De qué me hablas, guapo?
—Si mi padre te es infiel, le puedes reclamar su parte de la empresa.
Marta entrecerró los ojos con picardía.
—Creo que no sería la más indicada para reclamar nada, ¿no crees? —Le dio un beso fugaz.
Mario se quedó mirándola los labios con ganas de proseguir. Levantó un lado de su sonrisa por encima del otro con la mirada traviesa que ella le había contagiado.
—Cierto. —Admitió mientras la rodeaba con sus brazos—. ¿Nos hacemos otro? He traído uno que muestra las palabras.
—¡Vale! —Marta estiró el brazo para abrir la bolsa como pudo—. ¿Cuál es?
Él la aferró con una sola mano para sacar una cajita alargada blanca con franjas celestes y letras fucsia.
—Esta.
—Tienes que estar preparado para ambos resultados, porque vamos a tener que preparar cosas para un bebé, o si no, vas a tener que aguantar a una novia hormonalmente inestable por la menopausia.
—¿Novia? ¿Así te llamo a partir de ahora?
Y ella le cerró la boca con un beso.
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Editado: 20.03.2026