Mi vida por ser infiel

34: Madrid Skyline.

A Manuel no le pareció que tuviera remilgos a la hora de dar las cosas por hecho.
—Me parece buena idea, al menos queda en la familia.
—No quiero trato de favor por ser sobrino de la jefa, solo os he sugerido la mejor opción.
—Hugo, ¿qué insinúas? —le preguntó su madre.
—Creo que está diciendo que nos hace falta, no que quiera ser él. —comentó su tía al verle— ¿o me equivoco?
—Estoy muy cómodo con mi cartera de clientes, por eso soy autónomo. —Hugo ladeó la cabeza—. Algo de razón tienes.
—A ver, hijo, ¡pues no deberías haberte ofrecido! —Felisa rodó la vista—. Te vendes muy mal.
Manuel le tocó en el hombro, miró a la madre y, con una sonrisa, se dirigió a Hugo de nuevo.
—Si te sientes más cómodo con un periodo de prueba, dilo, muchacho.
El hombre mostró una tímida sonrisa como aprobación y eso le bastó al empresario.
—Felisa, me interesaba eso que me habías comentado de clientes en el extranjero. ¿Te importa explicármelo? —Manuel le ofreció a Felisa un asiento de la mesa de juntas y se sentó al lado.
—Tía, ¿me enseñas las vistas? —Hugo apartó a Marta y la llevó hacia la ventana.
En una sala llena de gente, había pocas formas de pedir con formalidad el hecho de hablar a solas, y Hugo escogió la que creyó más oportuna.
Cuando ya estaban junto al cristal, Marta rompió el silencio.
—Es bonita la silueta de Madrid con el sol cortando las cuatro torres.
—Sí, el skyline de Madrid es muy bonito en el crepúsculo, tía Marta.
No se llegaba a ver tan limpio como la conversación insinuaba.
—¿Me has apartado por algo?
—No soy muy bueno tratando con personas, pero me ha parecido que estás más cómoda con Mario que con Manuel.
Marta se enrojeció; creía tener todo bajo control. Si alguien como su sobrino, tan introspectivo, se había dado cuenta, sería porque ella era más obvia de lo que pensaba. De todas formas, decidió no darle mucha importancia por el momento.
—¿Ah, sí? No me había dado cuenta. —Procuró sonar tan inocente como una niña pequeña—. Creí que los trataba igual, no tenía ni idea.
—¿Por qué te casaste con Manuel, si te gusta más Mario?
—Me lo presentó el día de la boda. —Al menos eso no era mentira. Aunque omitió que le conocía de antes.
—Pues ya es mala suerte, tía; porque yo no me entero, pero Manuel te admira, no le gustas en ese sentido.
Marta desvió la mirada hacia Manuel, hablando distendido con Felisa, y más cómodo de lo que seguramente admitirá.
—Es cierto que cuando ha intentado alguna maniobra de acercamiento, ha sido en esos momentos en los que la situación invitaba a hacerlo y se apartó muy conforme. —Su mirada se desvió a Mario—. Excepto hace un rato.
—Lo que no entiendo es la manera de cómo reaccionó su hijo, como un defensor de antaño.
Marta volvió a mirar a Hugo a la cara, con preocupación.
—¿Cómo crees que lo ha hecho? —tentó con precaución.
—Como un justiciero.
Marta sonrió con tranquilidad, pues Hugo no dijo nada más allá de las intenciones de Mario y ella sabía que su sobrino era un osito gigante de peluche por su inocencia, aunque le sorprendió lo precavido de su acercamiento.
—¿Sabes qué, Hugo? Intentaré ser más precavida con mi comportamiento, así no hay problemas.
—¿Qué problema hay? —Para los treinta y ocho años que tenía, ese grandullón era pura inocencia—, divórciate.
—¡Ojalá no lo hubiésemos usado como trámite para fusionar las empresas, pero así lo hicimos!
—¿Y qué le pasaría a GODANE si os divorciárais?
—Pues creo que la Agencia Tributaria nos abriría un expediente sancionador por fraude fiscal, pero tu primo Julián es quien más entiende de eso, no yo.
Hugo, con la empatía de un amigo y el cariño de un familiar, abrazó a Marta con lástima.
—Me pensaré lo de quedarme. Así puedes contarme tus penas; aunque no las entienda del todo, sé escuchar y eso siempre ayuda.
—Gracias, Hugo, te lo agradezco.
Su sobrino se alejó para incorporarse a la conversación de su madre con Manuel.
Marta se quedó sola ante la ventana que mostraba un cielo rosa violáceo y nubes como los últimos brochazos de un pincel.
—¿Descorchamos las botellas o no? —alzó Mario la voz sobre todos los presentes; miraba directamente a Marta, que le sonrió de manera casi inconsciente.
—¡Bien, ya era hora de que quitáramos esos corchos para brindar! —respondió Marta, aproximándose mientras daba un par de palmadas al aire.
Todos se levantaron o se acercaron a la mesa, tomaron alguna de las copas de plástico vacías que había en el centro; y que alguien había puesto mientras la pareja clandestina salió a buscar las botellas.
—¡Por GODANE y un rotundo éxito! —exclamó Manuel el primero.
—¡Por el éxito de GODANE! —replicaron Lucas, Mateo, Marcos, Ana y Eva.
—¡Perdón! Una puntualización, sin importancia. —Interrumpió Julián—. ¡Por GODANE S.L.!
—¡Pues por GODANE S.L.! —contestaron los demás.
El brindis se quedó en conversaciones independientes sobre temas aleatorios.
Julián buscó a su madre y se acercó.
—No es lo mismo crear una empresa desde cero que la sociedad de dos empresas bajo un nombre común, ¿no crees, mamá?
Marta frunció levemente el ceño. Conocía bien a su hijo para saber que esa frase iba con intención oculta.
—¿Por qué lo dices, Julián?
—Como sospechaba de la velocidad de la boda como excusa para unir las empresas, he marcado el trámite como el más equitativo, sin más problemas. Una sociedad era la manera de protegeros el uno del otro.
Marta empezaba a sentir una esperanza desconocida bombeando su pecho.
—¿Una sociedad de dos empresas previas?
—Era una sociedad limitada o una sociedad autónoma, y como no sé con cuántos activos reales se presentaba ADAN, he preferido usar la más modesta.
—¡Me das la vida, hijo, no sabes cuánto!
Julián se sorprendió, pero respondió con una sonrisa.
—¿Gracias?
—Voy a irme este fin de semana de nuevo al balneario —mintió con su habitual excusa, ya tan usada—, quiero celebrarlo en el mejor jacuzzi que conozco.
—Me gustaría ir algún día, mamá, solo para ver.
—Quizás algún día, hijo, no lo descartes.




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