Mi vida por ser infiel

40: El caballete.

Mario se quedó plantado en la acera, en la parte exterior de la puerta abierta de los Estuardo. Su primo Lope sonrió con respeto y resignación a Manuel, que se sentó en el coche, a esperar.
—No le culpo. —Suspiró.
Mario observó a Marta con algo de preocupación, pues seguro que ella se estaba cuestionando el motivo de las palabras de Manuel.
Don Jota aún seguía observando la escena desde su coche cuando, al ver que salía a la puerta de la calle Mauro, resopló, arrancó y se fue de allí.
Pero detrás del guardaespaldas aparecía una mujer muy ajada y pesarosa, con los rasgos de una belleza inmensa pero el aspecto de llevar el peso de la vida a cuestas.
—Tía Margarita, ¡Cuanto tiempo sin verte!
—Querido Mario, ya sólo quedo yo, ¡Irene también falleció, ayer mismo!
Mario y Lope se miraron con incredulidad.
—¿Quién es Irene, mamá? —Preguntó Lope.
—Vuestro abuelo la desheredó cuando ella decidió ser madre soltera y por eso no os dijimos nada.
—¡Mario, se hace tarde! —le advirtió Manuel desde el coche.
La inercia de su vida recayó sobre Mario, que hizo el amago de obedecer y montar en el coche, pero el simbolismo de la marca que se hizo el lunes le ardía de repente en la piel, se paró en seco y volvió hacia sus parientes.
—Llamadme con más calma y lo hablamos más tranquilamente —Les entregó una tarjeta a cada uno—, me alegra poder veros.
Mario se dirigió al coche y tras sentarse y encender el motor, se mantuvo en silencio todo el trayecto hasta regresar a la vivienda que pronto dejaría de llamar hogar. Pudo ver cómo su querida Marta se había quedado observando el comportamiento de su padre y sólo se fue a su casa cuando él también lo hizo.
Tras aparcar y subir a casa, Manuel se quitó la chaqueta del traje y la dejó colgando de una silla del salón, se aflojó la corbata y se tiró al sofá. Mario, que se había mantenido en silencio todo el tiempo, rompió el silencio, irritado.
—¿Se puede saber que le prometiste a mamá?
—Que no volveríamos a esa casa nunca.
—¡No lo entiendo, papá, explícate!
Manuel se incorporó, molesto.
—¡No lo sé, Mario, no tengo ni idea del motivo de Marisa, pero salió horrorizada y me hizo jurarlo! ¿Vale?, ¡Jurarlo, joder!
El hombre tenía la cara roja de ira, se encontraba tan contrariado como su hijo, y que Mario le responsabilizara fue la gota que colmó el vaso.
El sonido de una burbuja cortó la intensidad, era un mensaje en el móvil del joven Ruiz.
Pudo ver que era Lope pidiendo perdón, pero también tenía uno de Marta, con un tono preocupado.
—¿Es tu novia? —Manuel miraba a su hijo con una cara indescifrable, pero bajo su tono seco, también había algo de alivio por cortar esa conversación.
—Ella también, pero éste era Lope disculpándose, quizás mi primo sí sepa por qué se distanciaron las hermanas. —Mario volvió a la puerta.
—¿A dónde vas ahora?
—A comprarme algo para mi casa, no voy a volver hasta el domingo, papá.
—¿Tu casa?
—Ya te dije el martes que me compré un pisito en un pueblo de la sierra, voy a quedarme ahí el fin de semana.
—¿Y no te preocupaste por saber mi opinión?
Mario notó a su padre dolido, y el pisito en La Cabrera no tenía nada que ver con la discusión, pero sabía que era algo que se solapaba.
Se acercó a su padre, que se sorprendió, y le besó en la frente.
—Quiero pensar que cuando has dicho que yo era libre de entrar o plantarme hace un rato, era porque me consideras lo suficientemente maduro para seguir adelante con mi vida; así que eso es lo que voy a hacer, seguir adelante.
Ambos sintieron que la pesadez ya no estaba, y mientras el hijo se acercó a la puerta para salir, el padre suspiró, intentando dar lástima.
—¿Por qué no llamas a Felisa?
—No tengo su… —Manuel se atropelló a si mismo intentando responder de manera inconsciente— ¿Por qué iba yo a tener el contacto de esa mujer?
—Pues entonces no sé de qué estuvisteis hablando tanto tiempo ayer en la sala de juntas, porque para ser el contacto internacional deberías tener su contacto. —Mario le dió la espalda a su padre mientras escondía sus verdaderas intenciones—. Quiero verla.
Se dirigió a su Mercedes dorado oscuro, para poder tumbarse y serenarse en su pisito de La Cabrera.
Antes de salir de Madrid, en la espera de un semáforo, reparó en un escaparate de una tienda de manualidades, donde habían un gran caballete con un lienzo en blanco y negro de una puesta de sol.
Dirigió instintivamente su vista hacia el cielo occidental y un impulso de rebeldía le hizo buscar aparcamiento para entrar en esa tienda.
Salió de allí con un caballete tan alto como él y tres lienzos junto a un maletín de pinturas. Lo cargó todo en el coche y prosiguió su camino.
Ya había pasado de largo el embalse dónde se despidió de ella el domingo pasado sin saber aún que iba a compartir con ella algo más que la cama.
—Si tú aún no has podido olvidar a Sebastián, yo aún no puedo olvidarte. —pensó en voz alta, hablándole a una Marta inexistente.
Llegó en breve a la Calle Corcho de La Cabrera y aparcó al pie del portal, entre varios coches de apariencia similar.
Descargó el caballete y con las llaves intentó abrir la puerta, pero una bocina le asustó.
Cuando se giró hacia el estruendo se dio cuenta de que era Marta al volante de su Mercedes gris ceniza.
—¡Debemos hablar del error que he cometido! —le gritó desde su coche en marcha.
Mario quiso obviarla, pero su propia mano no se movía del bombín del portal; dándole tiempo a ella para aparcar y bajarse del coche.
Corrió hacia él y le sujetó esa mano de abrir la puerta.
—No tengas celos de Sebastián, hace más de quince años que quedó atrás.
Mario frunció aún más el ceño, y ni siquiera sabía que ya mostraba una leve frustración en su rostro.
—Exactamente, dieciocho años, dos meses y doce días. Lo dijiste bien clarito esta mañana.
—Y llevo veintinueve horas sin hacer esto.
Marta velozmente llevó sus manos a la cara de Mario para sujetarla y le besó con determinación.




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