Mi vida por ser infiel

35: Unas llaves.

Melisa, que se había despistado con su móvil un momento, se acercó con determinación.
—Creo que ya sé lo que pasa, mamá.
Marta miró su reloj.
—Son las ocho de la tarde, hija, date prisa.
—He observado a Mario y te mira de manera distinta.
Marta se llevó la mano a la cara, con cansancio de escuchar hipótesis dispares sobre el pobre chico.
Julián, que vio el ademán de hastío en ella, miró a Melisa y sonrió.
—¿Sigues sin creer que esa novia que vio mamá exista?
—Mira, ya me da igual si existe o solo es una amiga, ¡como si es su prima de Valencia!
—¡Qué borde, hermanita!
—Sí, claro, tú ríete. —Miró a su madre—. Se comporta como si estuviera enamorado de ti, mamá.
—¡No será para tanto! —Intentó restarle importancia; aunque no pudo evitar que su mirada escapara hacia Mario durante una fracción de segundo.
—¿No te alarmas? —Melisa ahora había acertado más, pero aún no del todo.
—¿Alarmarme? ¡Para nada! —Marta desvió las sospechas como pudo—. ¿Debería?
La cara de asombro de Melisa se congeló.
—No sé, ¿estás casada con su padre?
—Bueno es saberlo. —Se cruzó de brazos, con ironía.
Julián se llevó la mano a la boca; le resultó muy divertido el contraste de opiniones entre su madre y su hermana.
—Mamá es una mujer bonita —dijo—, y ha conquistado al padre y al hijo, ¿tan raro te parece que les parezca atractiva?
—Me da mucha grima que te conviertas en una MILF. —Melisa estaba muy incómoda.
—¿Qué es eso? —su hermano avanzó la cabeza, mirándola con curiosidad.
—¡Joder contigo, Julián, pareces tonto!
El chico tecleó las siglas de esa expresión en inglés. Su cara parecía un crisol de emociones. Ella creyó ganar y prefirió irse triunfante.
—¿Y bien, de qué se trata?
—Me descuadra totalmente contigo, mamá; son unas siglas horribles para decir que una mujer madura es guapa y atractiva, dejando de lado si esa persona te parece interesante o divertida.
Marta sonrió orgullosa.
—No sé si es cierto lo que dice Melisa —mintió de manera descarada, aunque Julián no lo supiera—, pero me halaga pensar que alguien así aún me vea interesante.
—Eres lista, astuta, inteligente y a otros chicos les pareces una belleza. —Julián sonreía sin temor—. Melisa ya se dará cuenta de que eso no es malo.
—¿Tú dirías lo mismo? —quiso tantear.
—Ya he dado mi opinión, mamá.
—Digo la percepción, Julián, ¿A ti también te parece que Mario piense eso? —Marta intentó mostrar curiosidad, pero nada más lejos de la realidad; estaba intentando averiguar cuánto intuían las personas de su círculo.
—Creo que se preocupa por ti de manera genuina y de una manera más sana que Manuel. ¿Es eso lo que preguntabas?
Entrecerró los ojos; lo referente al padre ya lo había dicho Hugo.
—Manuel ha intentado acercarse más de una vez y no le he dejado.
—¿Ah, no?
—¡Por supuesto!
La cara de Julián se ensombreció, su mirada se dirigió a Mario, como si hubiera recibido un jarro de agua fría.
—No quieres nada con Manuel, pero te halaga que Mario se sienta atraído por ti; creo que ya has dicho más de lo que quieres, mamá.
Marta se sorprendió de la maniobra de argumentación de su hijo y borró la sonrisa de su cara para mostrar la expectación. Él, por su parte, elevó los brazos para abrazar a su madre en vez de que ella lo hiciera.
—Ahora sé que mi intuición con la empresa era acertada —mostró una sonrisa muy suave—, pero no quiero que te ilusiones en vano, queriendo convivir con el padre para poder ver al hijo.
Marta se sacudió con asco.
—No digas tonterías, Julián.
—Es cierto que ese tipo de conductas no cuadra contigo; es más de Melisa.
—Yo creo que ya va siendo hora de ir a descansar, ¿tú qué opinas, hijo? —sonrió con suspicacia.
—Pues que mañana hay que madrugar.
Marta metió la mano en su bolso de mano y Julián se llegó a asomar un poco. Vio un llavero con un corcho y levantó una ceja.
—Un corcho de sidra es muy… rústico para tu carácter, mamá.
Se asustó y cerró el bolso con velocidad, por vergüenza.
—¡Fue un regalo! —se excusó.
—Ya me puedo imaginar de quién.
Marta miró a Julián de lado, como si intentara descifrar a su hijo.
—No seas malpensado.
—No lo soy, mamá, solo soy analítico.
Julián se acercó a los distintos grupos para decirles a los demás que estaban cansados y que iban a descansar.
Marta se acercó al grupo de Manuel, Felisa y Hugo.
—Yo me retiro a descansar, socio, que estoy molida.
—¿Tan pronto os vais? —preguntó, mirando a Felisa.
—No te preocupes —Marta negó con la cabeza—. A Felisa la puede llevar Hugo cuando ella quiera; yo voy a mi casa a descansar para que mañana veamos esa casa que nos queda por mirar, ¿recuerdas?
Manuel se echó la mano a la frente.
—¡Es verdad, caray! —se encogió de hombros—. No creo que tardemos mucho en irnos nosotros tampoco.
—Nos vemos mañana. —Marta levantó la cabeza y alzó la voz para decírselo a todos—. Ha sido un placer poder conocer a todos los accionistas, ¡hasta mañana!
—¡Córcholis! —se le oyó entre la gente—. ¿Tan pronto?
Julián y Marta se giraron hacia esa voz; ella sonrió con una ilusión difícil de ocultar.
—Apenas he bebido nada después de haber descorchado las botellas, pero aún nos quedan muchas celebraciones para disparar los corchos al techo si hace falta.
Julián observaba a su madre con los ojos entreabiertos; sonreía por compromiso. Mario se dio cuenta y miró a Marta con una mezcla entre agradecimiento y lástima, pero con una sonrisa deslumbrante.
Él se quedó en la reunión y ella se fue a descansar, con la sensación de que la sociedad era menos opresiva y de que los prejuicios que creía tener solo eran de los ojos que la miran. Y Melisa se había delatado como lo que Mario ya había demostrado, que su mente no veía más allá del ego herido.




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